00:05 Apenas había desatado las agujetas de mis tenis cuando levanté la cabeza y vi que casi todos a mi alrededor ya estaban desnudos.
Spencer Tunick dio la orden que durante más de tres horas estuvimos esperando: “¡Desnúdense ya!” Entonces, con la velocidad que provoca la adrenalina, me despojé de los tenis, luego la playera, bajé mis calzones al mismo tiempo que me quité el pantalón y como uno de los miles de Evas y Adanes corrí hacia la plancha del Zócalo a buscar un lugar en la instalación.
El hormigueo que mi estómago experimentó durante las 12 horas previas al desnudo masivo se transformó entonces en tranquilidad. En ese momento todos éramos iguales, éramos hombres y mujeres que nos mirábamos con respeto, éramos la especie humana. Colores, texturas, olores, tamaños, formas, contornos, todos fuimos parte de una inmensa masa estética y hasta sensual.
“¿Te cortaste las uñas? ¿Te rasuraste el púbis? ¿Te pusiste calzones? ¿No te has arrepentido?” Todas fueron preguntas pertinentes mientras estábamos en las filas para entrar al Zócalo y cuando permanecimos sentados sobre el asfalto de Plaza de la Constitución. No encontré a alguien que se hubiera arrepentido. Todos transpirábamos emoción que se combinaba en el aire con el suave perfume que usaban algunas mujeres.
“Ahora sí sólo traigo puesto Channel número 3”, me dijo la compañera que estaba a mi lado izquierdo. Algunos hacían comentarios con otras personas que estaban cerca quizá para eliminar la pena que aún tenían. “Y yo en estos momentos es cuando agradezco la protección 24 horas que me da mi desodorante”, le respondí.
Llegó la hora de adoptar la primera posición, la “A”, que consistía simplemente en estar de pie con los brazos pegados a los costados del cuerpo. Fue el momento adecuado para admirar los tatuajes que muchas chicas llevan en donde termina la espalda e inicia la cadera. El único inconveniente fue que hacía frío y Tunick tardó en lograr acomodar a toda la gente sobre la plancha del Zócalo que en ese momento estaba mirando hacia la calle de Madero.
Mientras el frío de la madrugada acariciaba nuestros cuerpos desnudos, escuché la voz de mi amigo Enedino que me decía “Ya experimenté una piloerección. O sea, se me pararon todos los vellitos del cuerpo”. Lo dijo luego de 20 minutos de estar sin ropa, cuando —muy bien me explicó su novia, Viridiana— salió del shock de estar encuerado entre miles de personas.
Cambiamos a la posición B —acostados mirando hacia el cielo—, con la cabeza apuntando hacia el asta bandera, según había ordenado el artista neoyorquino. Mi espalda sintió el suelo helado mientras mis ojos descubrieron a los cientos de cámaras fotográficas y de video que nos observaban desde las habitaciones, los balcones y las terrazas de los hoteles que están en la zona. Algunos hasta con binoculares.
“Alguien me sopló cuando estábamos en la posición ‘C’”, me dijo Enedino. Fue la más difícil de las posturas, pues asumimos la forma de una roca con las rodillas encogidas y la cabeza tocando el piso. Ahí comenzaron las molestias entre los participantes porque el tiempo en que permanecimos en esa forma se prolongó porque algunos tardaron en hacerla. En ese momento, los cantos de “Cielito Lindo” y las porras a México que se escucharon antes de iniciar la instalación, se transformaron en silbidos y mentadas de madre dedicadas a los indisciplinados.
Cuando teníamos casi una hora de permanecer desnudos, la idea de no encontrar mi ropa asaltó mi pensamiento. Todos la habíamos dejado en el arroyo vehicular de Plaza de la Constitución, el lugar en donde estuvimos esperando el inicio de las esculturas vivientes. Ya sé que dijeron que habría mucha seguridad, pero esto es México, recordé.
Así que en cuanto Tunick dio las gracias a los varones y pidió que se fueran a vestir para él quedarse a hacer una foto más con las mujeres, corrí a buscar mi ropa y atar nuevamente las agujetas con las que inició una experiencia que agradezco haber vivido, pero que al mismo tiempo me alegró que haya terminado.