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Madre sólo hay una

Las telenovelas mexicanas han consignado los arquetipos femeninos vigentes en la sociedad a lo largo de las décadas

En Mirada de Mujer, Angélica Aragón interpretó a la matriarca más compleja y realista que ha aparecido en las pantallas, pero al final no rompe con los roles establecidos en un país tradicionalista como México.. (Foto: Especial )

Ciudad de México | Lunes 05 de marzo de 2007 Julio Alejandro Quijano | El Universal13:10

“Si agarran al Memo, a mí me culparán de cómplice. Y tú no quieres que tu hijo vaya a dar a la cárcel ¿verdad?”. “El Chato”, personaje de la exitosa telenovela Quinceañera, le habla así a doña Gertrudis, su madre, para convencerla de que no llame a la policía. El delito fue el robo de un automóvil que provocó una pelea entre bandas donde “El Memo” es herido con un navajazo. Para evitar indagaciones ministeriales, “El Chato” (Armando Araiza) quiere que su mamá consiga una enfermera que cure al “Memo” clandestinamente.

Gertrudis (Martha Aura) se niega hasta que escucha el chantaje del hijo; entonces su cara se llena de angustia: se imagina a “El Chato” tras las rejas y, para colmo, la escena tiene una música de fondo tenebrosa; entonces cede a la petición. Éste es el retrato típico de la madre abnegada, que todo lo da por “el fruto de sus entrañas”.

No puede ser de otra manera. Hasta hoy, las madres de telenovela sólo pueden ser felices por siempre si cumplen con los tradicionales roles de abnegación, sufrimiento, amor incondicional y sobre todo, moralidad estricta.

Olga Bustos Romero, investigadora del Departamento de Sociología de la UNAM, explica en el libro Serial Fiction in TV: “Los finales felices implican que los personajes femeninos rechacen cualquier idea que reivindique su condición de mujer y en cambio, acepten los roles de género tradicionales”.

TODO POR AMOR

Eso explica que en Mirada de Mujer, María Inés, la matriarca más compleja y realista que ha aparecido en las pantallas, al final renuncia al amor de su joven pretendiente y se decide por dedicar su futuro a la familia. Lo contrario hubiera significado romper con los roles establecidos en un país donde, por ejemplo, la máxima veneración religiosa es la virgen de Guadalupe.

En caso de que María Inés, hubiera asumido la libertad de amar sin prejuicios, entonces su final hubiera tenido que ser muy parecido al de Catalina Creel. Este personaje fue otra matriarca que marcó al género por la complejidad que le otorgó el dramaturgo Carlos Olmos: asesina de mente fría, en cierto sentido también es una madre abnegada, cuya devoción por su hijo Alejandro la lleva a la ejecución de las ideas más siniestras. Su final irremediable es la muerte.

¡AY, MAMACITA!

Hace medio siglo se produjo el primer melodrama televisivo, Senda prohibida, donde un abogado rico tiene una familia feliz pero se enamora de una muchacha joven. La escritora, Fernanda Villeli dice: “Quise tocar el tema de la casa chica (el segundo hogar de un hombre casado). Presentarlo en televisión fue más fuerte de lo que imaginábamos; a Silvia Derbez, intérprete de la amante, la esperaba el público en la calle para recriminarla”.

Desde entonces, las mujeres buenas son felices para siempre, mientras que las malas sufren por un lado el linchamiento social al tiempo que en pantalla viven un descenlace que va del manicomio a la tumba. Y cada telenovela tiene su propia colección de madres: la abnegada, la desalmada, la villana, la sobreprotectora.

En 1963, Valentín Pimstein produjo Madres Egoístas, donde una mujer es acusada injustamente de abandonar a su hija, una niña que era víctima del rencor de su nana. Dos años después, el mismo productor volvió sobre el tema con una verdadera joya del estoicismo maternal: Corona de lágrimas. Prudencia Grifell actuaba como la típica madrecita mexicana que lloraba y lloraba ante el interminable desfile de sufrimientos causados por sus hijos que se perdían en la violencia y la corrupción.

En las antípodas de esta mujer sufridora, en 1973 Ernesto Alonso produjo y dirigió La hiena, en la que Amparo Rivelles interpretó a la primera madre desalmada y controladora que reprimía el futuro sentimental de la familia. Su final, inevitablemente trágico, marcaría también el destino de las sucesivas madres villanas. En cambio, Mamá campanita era la historia de la mujer que sacrificaba cualquier cosa con tal de recuperar a su hija, mandarla a estudiar al extranjero con un premio de lotería y ocultarle su origen humilde de pobreza.

PARA NO OLVIDARLAS

Por lo general, todas estas madres de telenovela son matizadas con exceso de sentimentalismo o maldad que poco tienen que ver con la realidad; ya lo había dicho Fernada Villeli desde los años 80: “En la telenovela hay estereotipos; a una vida no le pueden pasar tantas cosas, pero las personas felices no tienen historia, entonces hay que inventarles muchos conflictos”.

Esta identificación del público con “sus” telenovelas fue investigada por Ana Uribe Alvarado, investigadora de la Universidad de Colima, cuya conclusión es que la familia y la televisión son hoy, inseparables y que los melodramas educan sentimentalmente. Una de sus encuestadas, madre de familia, dijo: “Lo que más me gusta de las telenovelas es que a veces uno hasta toma los consejos que ahí se dan”. La sicóloga Olga Bustos también tiene una conclusión de campo: 93% de las personas de clase baja creen en las telenovelas: si una madre en pantalla sólo puede ser feliz siendo abnegada, así será también en la vida real; si una madre tiene que renunciar a su felicidad en pos de la familia, también debe ser así en la cotidianidad.

Esta tendencia continúa en forma consistente en los años 80, década que abrió con Colorina, la cabaretera que tiene un hijo por dinero y cuyos engaños eran tan fuertes que merecieron no sólo el desprecio de la audiencia, sino la clasificación de “sólo adultos”.

A mitad de los 80 apareció Angélica Aragón como la madre que tras 15 años de prisión regresa a México para recuperar el amor de sus vástagos, quienes piensan que es una asesina. Y para cerrar la década aparece no sólo la matriarca Catalina Creel en Cuna de Lobos, sino también Quinceañera, que tuvo un muestrario de madres: Gertrudis, madre abnegada, Carmen (Julieta Egurrola) madre sobreprotectora, Ana María (Blanca Sánchez) madre y mujer reprimida, Elvira (Inés Morales) madre controladora.

En 1997, la bondad maternal fue exaltada con María Isabel, en versión de la productora Carla Estrada. El personaje principal, interpretado por Adela Noriega se sacrifica a sí misma para sacar adelante un hijo que ni siquiera es suyo, sino de una amiga. Su final es feliz con boda y futuro económico asegurado a manos del millonario Ricardo.

Así, 50 años después del nacimiento de las telenovelas el dilema de las madres sigue siendo el mismo: para ser felices tienen que ser “buenas”, de lo contrario su único destino es la fatalidad.

Una excepción loable fue el proyecto de “telenovela educativa” que encabezó Miguel Sabido. En 1977, produjo Acompañame, protagonizada por una madre que defendía su derecho a planificar su familia y se enfrentaba a las exigencias machistas de su marido.

Pero fue un esfuerzo aislado. Para 2006, el mayor éxito telenovelero fue Rebelde, vendido como la irreverente historia de chavos que “no siguen a los demás”. Las madres de estos rebeldes, sin embargo, reproducen los estereotipos de los que hablaba Villeli desde hace medio siglo. Alma Rey (Ninel Conde) es una vedette que sacrifica cualquier cosa con tal de que su hija Roberta Pardo (Dulce María) estudie en un colegio elitista y así evitar las penas de su origen humilde.

Marina Cáceres es la madre de Mia Colucci (Anahí) a quien abandonó cuando era niña, pero luego regresa arrepentida para recuperarla. Cualquier parecido con Mamá Campanita, Vivir un poco, o Madres Egoístas, no es coincidencia sino señal de que a pesar de rebeldías mercadológicas, las madres de telenovela repiten los mismos estereotipos desde 1957, a pesar de que actualmente en la vida real dos de cada cinco mujeres son jefes de familia en México.



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