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Regresando al trabajo

La dramaturga mexicana reflexiona en torno a la evolución del feminismo en los tiempos actuales y sus consecuencias en el ámbito social
Regresando al trabajo
Para Sabina Berman el feminismo es una revolución peculiar que ha ido sucediendo por olas con un ritmo amigable, muy al estilo de las mujeres(Foto: Especial)
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Sabina Berman
El Universal
Ciudad de México
Lunes 05 de marzo de 2007

10:08 ¿Ha muerto el feminismo? A veces una se pregunta cuando menciona la palabra y un coro de mujeres veinteañeras resopla. O para precisar: ¿Más bien el feminismo triunfó y por eso ya es irrelevante?

Hace dos años me encontré a mí misma hablando de feminismo en un aula universitaria y contando los resoplidos de mis alumnas. Los alumnos sencillamente tenían expresiones vacías, seguramente pensaban en algo distinto, jugueteaban con sus plumas, miraban a la ventana: esperaban que el tema de la clase volviera a ser universal.

Al sexto resoplido decidí afrontar el asunto y pregunté:

—¿Quiénes son feministas en esta clase? Un muchacho y una muchacha levantaron tímidamente las manos. Otra alumna murmuró: —Mi mamá era feminista.

Otra dijo: —Eso ya pasó, ¿no? Nosotras somos la prueba de que ya pasó y con éxito.

Pregunté:

—¿Quiénes son antifeministas? Ni pío: nadie dijo ni hizo nada. Estábamos después de todo en la Universidad de Berkeley, el bastión del liberalismo norteamerica- no. Ni más ni menos donde se forjó el Movimiento de los Derechos Civiles, la protesta contra la guerra de Vietnam y también el Feminismo, en la lejana década de los años 60 del siglo pasado.

Dije entonces:

—Esto va dirigido a las mujeres.

¿Quiénes de ustedes no quieren ganar menos dinero por el mismo trabajo que los varones? Se alzaron todas las manos femeninas con cierto desgano. Era obvia la respuesta. Pregunté:

—¿Quién no quiere que su género sexual le impida accesos al Poder político? Todas las manos, con aire rutinario.

—¿Quién no quiere ser discriminada en ningún sentido por su género sexual? Todas las manos.

—¿Quién quiere no ser golpeada, violada, amputada u obligada a la prostitución? Todas las manos, por supuesto. Y mis alumnas parecían estar despertando. Una dijo:

—Habría que ser feminista para defender a esas mujeres. Es decir, las golpeadas, violadas, amputadas, prostituidas: las mujeres de los estratos bajos económicamente del Primer Mundo, las mujeres de los países africanos y árabes y las mujeres de las maquiladoras del Tercer Mundo.

Seguí preguntando:

—¿Quiénes de ustedes están atormentadas por la opción de ser madres o tener éxito en el mundo? De pronto las manos femeninas se fueron alzando con brío. Varias alumnas se miraron entre sí e intercambiaron frases. “Te dije que es un tema feminista”, murmuró una a la otra. Otra más me dijo: “Tenemos un grupo para discutir el asunto cada viernes”.

Yo seguí atizando el fuego:

—¿Quiénes no encuentran en sus gobiernos el apoyo para ser madres y además trabajar y tener un gran éxito? Los rostros se habían llenado de espíritu aguerrido y las manos se alzaron a un tiempo.

—¿Quiénes quisieran condiciones de trabajo que les permitan ser madres y ciudadanas productivas?; ¿quiénes creen que debieran haber guarderías públicas de calidad?; ¿quiénes creen que los hombres debieran asumir la mitad del trabajo doméstico y del cuidado de los niños?; ¿quiénes creen que el trabajo doméstico debiera ser un tema de Estado?; ¿quiénes creen que el Estado se hace tonto cuando el tema es el bienestar de las mujeres?

Todas las manos de mujeres hasta arriba y por primera vez los hombres del aula despertaron, inquietos. No les gustaba para nada el ambiente bullicioso de sus compañeras y el tema empezaba a entrometerse en sus vidas masculinas.

—Dos cosas -dije.
-Una: les tengo una noticia, son todas ustedes feministas. Y la segunda: por fin de verdad siento que estoy en la Universidad de Berkeley.

Lo cierto es que el feminismo se ha dormido sobre los laureles de sus logros. Pero necesariamente está por despertar de nueva cuenta a saldar los asuntos pendientes para que de verdad exista equidad entre los géneros.

Los temas pendientes: a) erradicar la violencia contra las mujeres, b) replantear las responsabilidades en la crianza de los hijos, c) solucionar el trabajo doméstico y d) criminalizar definitivamente la discriminación.

Según cifras recientes, la violencia contra las mujeres en el mundo ha subido, no bajado, la última década. En contra de la creencia de mis alumnas de Berkeley, la violencia también ha escalado en el Primer Mundo, notablemente en países como España, Francia y Canadá.

También, aunque el nivel de escolaridad de las mujeres es equivalente al de los hombres, las mujeres siguen atoradas en un escalafón inferior: están ganando mucho menos dinero y ocupando mucho menos puestos de poder.

Resulta que entre la escuela donde las mujeres se preparan y los trabajos donde pueden ganar dinero y poder, se abren todavía dos trampas. La trampa del trabajo doméstico y el cuidado de los hijos, que siguen siendo responsabilidades exclusivamente femeninas. Y la trampa de la discriminación, que ahora opera silenciosa pero casi igualmente de efectiva que hace una década.

Nunca como ahora hubo tantos universitarios sin ejercer sus profesiones. La mayor parte de estos universitarios desempleados son mujeres que interrumpen sus ambiciones profesionales porque tienen hijos y no encuentran ayuda, ni de sus parejas ni del Estado, para que su cuidado no las encierre en las casas, otra vez como si fueran sus abuelas sin estudios.

El feminismo es una revolución peculiar. Ha ido sucediendo por olas. Con un ritmo despacioso y amigable muy del estilo de las mujeres.

La primera ola, la sufragista, luchó a principios del siglo XX para que las mujeres pudieran votar. La segunda ola, ocurrida en los años 40, sacó a las mujeres de sus casas, para que estudiaran y se incorporaran al trabajo. La tercera ola, iniciada en los años 70, intentó llevar a las mujeres al Poder, al poder político y social, en la misma medida que los hombres. Es una ola congelada, detenida, que no termina por cumplirse.

Para de verdad festejar que las mujeres somos ciudadanos de primer orden, nos falta una cuarta ola, un cuarto impulso feminista.

Nos falta otra vez organizarnos. Para empezar, nos urge abrir grupos de debate, como aquel donde cada viernes mis alumnas en Berkeley conversan (y que sólo después de nuestra plática se han animado a llamar “feminista”): grupos para imaginar nuevas formas de vivir.

¿Cómo solucionar la maternidad sin perder el mundo? ¿Qué quiere decir solucionar la maternidad? ¿Cómo unir las cuestiones domésticas con lo social y lo político? ¿Qué nuevo tipo de alianzas entre mujeres debemos establecer?

Apuntaba Gloria Steinem hace ya tantos años que parecen imposibles, 30 años: “La revolución de las mujeres es una verdadera revolución”.

En aquel entonces sonaba atractivo, pero improbable. Y sin embargo el tiempo le viene a dar la razón a la señora Steinem. Parece ser que para que las mujeres sean ciertos ciudadanos de primer nivel, hace falta terminar de cambiar la sociedad humana por completo. Desde sus estratos de Poder hasta sus humildes cimientos: la vida familiar en las casas y la maternidad, de la que cada ser humano proviene.

Bueno entonces, es tiempo de regresar al trabajo. Es tiempo de que todas esas universitarias enclaustradas en casas, salgan. Es tiempo de que las mujeres más jóvenes se enteren que todavía el mundo no está hecho para ellas. Es tiempo de despertar a la palabra feminismo. Y por fin, de una vez por todas, acabar el trabajo pendiente.

Sabina Berman (1956- )
Quienes la conocen aseguran que a los seis años ya gozaba el escribir poemas, aunque en su infancia su mayor sueño era ser pintora. Estudió sicología en la Universidad Iberoamericana y abrió horizontes de conocimiento con su entrada a la compañía de teatro del maestro Héctor Azar. Su participación en la dramaturgia también estuvo marcada por Hugo Argüelles y Abraham Oceransky. Ha obtenido en varias ocasiones el Premio Nacional de Literatura Dramática, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). De igual forma tiene publicados libros de poesía y obras infantiles. “Entre Villa y una mujer desnuda” es su obra más conocida que incluso saltó, con su apoyo en la dirección, al cine.



 

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