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Un amor de Aviso Oportuno

Alma tenía 24 años, Carlos 56; ella quería anunciar la venta de un artículo en el periódico, él tenía una agencia de EL UNIVERSAL. Así fue como comenzó este idilio que los llevó al altar hace 37 años
Alma y Carlos tienen dos hijos y aún recuerdan con emoción cómo intervino EL UNIVERSAL en su relación(Foto: Miguel Espinosa / EL UNIVERSAL)
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    El Universal

    Viernes 29 de septiembre de 2006

      " Mi boda fue un acontecimiento muy grande para mi familia, y es que no daban crédito a lo que veían y. leían", recuerda Alma del Carmen Mendoza, quien conoció a Carlos Mota Aburto, su esposo, en la agencia número 2 del Aviso Oportuno.

    Hoy tienen 37 años de casados. En aquel entonces, ella tenía 24 años y él 56. "Un día decidí vender una luna francesa que me heredó mi padre. Así que fui a una papelería que contaba con una agencia de EL UNIVERSAL, ubicada en Donceles 83 y me encontré con Carlos. Él me tomó los datos y regresé a mi casa con la esperanza de venderla", recuerda Alma.

    Sin embargo, no sucedió. Al día siguiente no se publicó el anuncio. Enfurecida, regresó para reclamarle, lo cual le dio oportunidad a Carlos Mota de volverla a ver.

    El anuncio apareció, pero los días pasaron y nadie llamó. La luna virreinal hecha en Francia, que ahora tiene 130 años de antigüedad, no se vendía.

    Alma del Carmen regresó a la papelería. Lo hizo una, dos, tres y cuatro veces para poner otros anuncios, pero no había respuesta.

    Fue entonces cuando Carlos Mota aprovechó la oportunidad: "Yo tengo una hermana que le gustan mucho las antigüedades. Si usted quiere, yo le digo a ella. ¿Puedo ir a su casa para ver la luna?", le preguntó y, ella sin pensarlo, le contestó: "Sí, como no".

    Llegó ese día. Don Carlos, quien era dueño de la papelería y de la agencia número 2 del Aviso Oportuno, visitó la casa de su ahora esposa. "Él aprovechó cualquier excusa, y mientras preguntaba por la antigüedad de mi luna, también se enteró con quién vivía, a qué me dedicaba y me dejó un recado de que pasara a la papelería a ver que noticias me tenía.

    "Yo le creí, regresé a la papelería otra vez y me dijo que su hermana estaba en París. Pero, ella viajaba mucho. Así que esperé y esperé", rememora doña Alma del Carmen Mendoza.

    Muy preocupado porque se vendiera la luna francesa, don Carlos visitó por segunda ocasión la casa de su amiga para informarle que su hermana se interesaba por la antigüedad.

    Pasaron los días y él aprovechó para hablar con el hermano de ella: "Me interesa salir con la señorita Mendoza y quiero entablar una relación con ella", le dijo.

    Ella tenía 24 y él 56. Por la diferencia de edades, la familia de Alma del Carmen se opuso a la relación, al grado que su hermano Héctor Luis contrató un investigador profesional y publicó en el periódico EL UNIVERSAL la foto de Carlos Mota, con el fin de conocer "si era casado o abuelo".

    Otra vez este diario aparecía en sus vidas.

    Doña Alma recuerda ese capítulo: "Todavía anda por ahí el recorte que mi hermano puso. Esto sucedió en 1969, meses antes de casarme", señala aún divertida por la escena. "Nadie reclamó ni dijo nada", dice convencida.

    Ella vivía con su hermano Héctor, su cuñada y su mamá, a quien le dedicaba todo el tiempo. "Mi hermano no quería que yo me casara. Mi mamá me decía: ´lo que tú quieras, pero no estoy de acuerdo con este matrimonio´".

    Unos días antes de la boda, apareció la foto de doña Alma del Carmen en la página de sociales de EL UNIVERSAL, en la que anunciaba su matrimonio.

    Llegó el gran día. Se casaron y su foto apareció nuevamente en las páginas de este diario. Carlos Mota recuerda: "Me casé con ella porque era una muchacha decente y guapa".

    A 37 años de distancia, retirado, con dos hijos (Varenka y Carlos), y después de trabajar más de 65 años con su papelería y su agencia del Aviso Oportuno, don Carlos Mota asegura que gracias a Dios y a EL UNIVERSAL "he tenido la dicha de tener la felicidad".

    Orgullosa, Alma del Carmen Mendoza muestra su álbum fotográfico y, a un costado de la sala de su casa, permanece todavía aquella luna francesa que nunca logró vender.



     
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