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La policía no existe, las noches se vuelven un espacio oscuro, lleno de desasosiego y de rencor. Cualquiera puede caer de pronto en la pesadilla de estar “en el lugar equivocado, en el momento equivocado”.
Los cohetones retumban en la bóveda nocturna, como aviso de una detención, una balacera, un desaguisado. Entonces impera eso que llaman “la ley de la selva”. No hay autoridad establecida, todo es desconcierto e ingobernabilidad.
Por los suburbios de la ciudad proliferan las fogatas, de guardias vecinales que hacen la justicia a su manera, de la forma más brutal y terrorífica, como colgar de un puente a cuatro presuntos asaltantes, para exhibirlos y luego entregarlos a la APPO.
Es entonces cuando la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca se ve constituida en poder de facto, porque hasta ahí les llegan –hasta ese zócalo tomado- todo el recuento de detenciones, para aplicar una justicia tumultuaria que los obliga a juzgar hasta a los suyos.
Es la medianoche, primeros minutos del viernes 8 de septiembre. Corre el “pitazo” de que cuatro asaltantes han sido detenidos en la Colonia Miguel Alemán, en la calle Bustamente, justo debajo del puente vehicular.
Los cuatro hombres llegan al Zócalo, tundidos a palos, verdugones en la espalda, como Cristos sacrificados. El delito: haber asaltado a un matrimonio que iba rumbo a San Pablo Huixtepec, y a otro hombre que prefiere no hacer acusación alguna.
Los vecinos de la Colonia Alemán implementaron su propio operativo. Los buscaron, creen haberlos encontrado, y les aplican un evidente castigo corporal. Ahí descargan todos los miedos, por la ola de asaltos que han vivido durante los días previos.
Uno de los detenidos, en medio de la golpiza, todavía les advierte: “Mañana va a haber un muertito en la colonia”. Lejos de amilanarse, al llegar al Zócalo les advierte: “Se pasaron de lanza, mi papá es judicial. Yo si soy vengativo y ya reconocí a uno”.
- ¡Ya cállate hijo! Calladito te vez más bonito -le implora su madre, que ha ido a negociar con la APPO su liberación. Pero el fornido joven está furioso, insiste no haber hecho absolutamente nada.
- ¡Por qué me voy a callar! Se pasan de lanza. Nosotros no hicimos nada. ¡Es más, ya diles tú, quién es tu tío -le dice a su compañero, junto con el que fue detenido. Este otro dice ser sobrino de Flavio Sosa, uno de los principales líderes de la APPO.
La revelación cae como plomo sobre los encargados del plantón en el Zócalo. Uno de ellos hace una llamada por celular. “Flavio, aquí hay uno que dice que es tu sobrino”. Se abre un silencio. ¿Cómo te llamas? Dice que se llama Oscar Gómez Pedro.
Al otro lado de la línea, Flavio pregunta si es su sobrino “el músico”. El muchacho confirma “¡Si, si. Yo me dedico a la música! Yo soy padre de familia, tengo hijos. Yo los apoyo a ustedes, porque mi tío es Flavio Sosa”.
Se abre un silencio... “es que lo confundieron”, le informan a Flavio. Termina la llamada. El joven pide que le devuelvan su dinero. Pero el otro, que dice ser su cuñado, se pone más furioso
-¡Se pasaron de lanza. Yo sí los voy a demandar. Mira como tengo la espalda! -Y enseña al reportero las marcas sanguinolentas de los palazos recibidos- ¡Desde cuándo he andado en puro pie, por qué voy a estar descalzo. ¡Se pasaron!