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La muerte de Cantinflas

 
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HÉCTOR DE MAULEÓN
El Universal

Lunes 3 de julio de 2006

  ¡Y yo que sigo votando por Cantinflas!, dijo azorado un bolero frente a la casilla especial ubicada en Cuauhtémoc y Municipio Libre, en la delegación Benito Juárez. "No es para creerse", agregó.

Lo que el bolero Juan Martínez Hernández, de 69 años, no podía creer, era que más de mil personas estuvieran haciendo fila durante seis horas para poder votar. Habían estado esperando su turno sentadas en sillas portátiles y banquitos de madera, o simplemente aguardado de pie, bajo un cielo que se abría y se nublaba, en una fila que desde las nueve de la mañana corría por Cuauhtémoc y avanzaba a paso de hormiga: la búsqueda de personas en el padrón computarizado se estaba haciendo lenta, fatigosa. Y sin embargo, nadie se movía.

De pronto corrió la mala noticia: las 750 boletas reservadas para personas en tránsito se habían agotado. La gente que sobrepasaba esa cifra tendría que ir en busca de otra casilla. La calma electoral se rompió:

-¡Queremos votar! ¡Queremos votar! -gritaron unas mujeres con el puño levantado.

Creció tanto el barullo que la presidenta de casilla tuvo que salir a la puerta para calmar los ánimos:

Esto no es culpa nuestra. Sólo nos dieron 750 boletas.

Más allá parecía un domingo como cualquier otro. Seguía la vida en los tianguis, los cafés, las fondas, los centros comerciales. La Alameda estaba abarrotada de paseantes. Chapultepec, también.

Pero aquí la gente no pensaba en eso.

- ¡Queremos votar! ¡Queremos votar!

La frase se iba contagiando. Votar era el trámite que permitiría abrir las puertas del domingo.

Una mujer propuso ir en bloque a las oficinas del IFE. Otra pidió que trajeran a las televisoras. Un hombre apareció de pronto con un manojo de hojas blancas y empezó a hacer una lista:

- A ver, a ver, anoten aquí su nombre, su número de credencial y el nombre del candidato por el que quieran votar. No vamos a dejar que aquí se pierdan mil votos. ¡Vamos a llevar este documento al IFE!

Los nombres empezaron a cubrir las hojas. Aparecía gente de Michoacán, de Nuevo León, de Veracruz, del Estado de México, de Puebla, de Morelos, de Guerrero. Todos anotaban su nombre y su número de teléfono. El hombre logró reunir un directorio compuesto por cerca de 300 firmas.

- ¡Qué frustración, caramba! ¡Con tantísimo dinero no pudieron hacer boletas suficientes! -gritó una anciana envuelta en un suéter de estambre.

La presidenta de casilla dio un paso atrás:

- Lo que les recomiendo es que busquen otra casilla, o que llamen al IFE.

Un hombre calvo se le encaró:

- ¡Ahí no nos pelan, hombre! Ni que nos fueran a contestar. Se han de estar riendo de nosotros.

Comenzó a llover. Eran gotas finas. Estaban amenazando con engrosar. Pero nadie se movió. Milene Márquez Fernández, de Hermosillo, Sonora, apareció con otra queja:

- Ya recorrí tres casillas especiales y en ninguna hay boletas. Así que no tiene caso que se vayan a buscar dónde votar. En ningún lado hay boletas.

En la casilla especial de avenida Revolución y Doctor Gálvez, la gente había cerrado la calle para protestar. También ahí se reportaba un déficit de boletas. Las escenas de rabia se repitieron. El chofer de un camión materialista, que pretendía el paso, bajó del vehículo y jaloneó a uno de los manifestantes.

- No quiero alegar. Sólo quiero que me digan dónde puedo votar -precisaba Rafael Rodríguez.

- ¡Están muele y muele que salgamos a votar y ahora nos salen con esto! -añadía una mujer que, segun sus palabras, estaba a 150 kilómetros de su casilla, en el Edomex.

Atrás, los que volvían de las urnas lo hacían sonrientes, jubilosos. Respiraban con alivio y le enseñaban a los de la fila un dedo pulgar manchado de tinta:

- ¡Ya estuvo! ¡ Ái se ven...!

En la casilla del Zócalo, una de las más concurridas, la gente esperaba bajo la lluvia, protegida con periódicos, paraguas e impermeables.

- No me hagan pegar un coraje. Mi nombre está en el padrón. Solamente perdí la credencial. Pero ahí estoy, ustedes me conocen, vivo aquí a la vuelta -les decía otra anciana a los representantes de casilla en Francisco Montes de Oca y Amatlán, en la colonia Condesa.

- No me voy de aquí hasta que me dejen votar. ¡Yo quiero votar! -amenazaba la mujer dando golpes con su bolso en el escritorio.

Llovía ya en la capital. El agua mojaba los rostros de los candidatos en los carteles colgados de árboles, postes de luz y semáforos. La tarde corría hacia el cierre de casillas. En algunos sitios, la fila aún estaba formada por decenas de personas. Acaso desde las elecciones de 1952, en que compitieron el general Henríquez Guzmán y Adolfo Ruiz Cortines, la ciudad no había vivido una jornada de participación semejante. Granizó en el oriente y la oscuridad se extendió. Las calles quedaron vacías. El DF terminaba de vivir un domingo que en mucho se parecía a cualquiera.

Pero en el ánimo cívico de la gente, había muerto Cantinflas.

 
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