No hay nada que celebrar... el luto continúa

Juchitán sufre por réplicas y los pobladores viven en las calles
En muchos hogares de Juchitán se llevaron a cabo novenarios por algún fallecimiento, consecuencia del sismo de 8.2 grados. (MARIO MARTINEZ. EL UNIVERSAL)
16/09/2017
02:07
Juchitán, Oax.
Dennis García y Alberto López / Reportero y Corresponsal
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En esta localidad no hay nada que festejar en la noche de la conmemoración de El Grito de Independencia. Están de luto por los 78 fallecidos que dejó el temblor del 7 de septiembre, la mayoría en ese municipio.

Los escombros del Palacio Municipal que aplastaron al policía Juan Jiménez han sido removidos, no así el dolor que invade a los juchitecos.

Por el día, las madres de familia y niños permanecen afuera de su casa para cuidar sus cosas. Ahí desayunan, preparan el comal para hacer tortillas, los niños juegan y los hombres mueven los escombros, otros van a trabajar para reactivar la economía.

Los perros deambulan entre las calles, mientras las autoridades federales y estatales comienzan desde temprano a repartir despensas o artículos de limpieza, consultas médicas y entregan agua. Van a marchas forzadas.

A quienes se les derrumbó su casa, pasan el día a la intemperie, a una temperatura que supera los 30 grados centígrados. Apenas los cubren unas lonas que dan más calor. En los albergues también esperan a que pasen las horas, acostados en colchonetas.

Poco a poco, los juchitecos intentan recuperarse, aunque es difícil vivir con el miedo con las más de 2 mil réplicas del sismo. En cualquier momento sienten que podría ocurrir otro temblor de la misma magnitud o peor. 

Los días se les hacen eternos, no saben hasta cuándo estarán viviendo en la calle o en un albergue.

Por el momento no hay clases. Las escuelas que fueron severamente dañadas serán derrumbadas, como la Escuela Juchitán, un referente en el Istmo de Tehuantepec. 

Los gobiernos federal y estatal trabajan a marchas forzadas, algunos pobladores se quejan porque no les llega ningún tipo de ayuda.

El día y la noche pasan, se hacen eternas. Y los juchitecos ya quieren regresar a una vida normal.

Las cifras son inciertas para los pobladores, no las creen y exigen más ayuda para zonas alejadas, ahí donde, dicen, “no llega la mano de Dios”.

El censo. En Juchitán, la gente aún no se acostumbra al sonido de las enormes libélulas y de las sirenas de las ambulancias que transportan personas que necesitan el servicio médico. En las calles, la caótica vialidad es zona de riesgo.

Los brigadistas de Sedatu caminan sin pegarse a las aceras, en donde están los edificios inclinados. Son ellos los que levantan el censo para determinar cuántas viviendas sufrieron afectaciones.

Doña Guadalupe y dos de sus vecinas que viven en la colonia Gustavo Pineda de la Cruz, lloran. El dictamen de los trabajadores de la unidad de Protección Civil dice que sus viviendas tienen daños totales y deben ser demolidas.

“No sé qué decirle, sólo que mi casa la van a tirar. Eso me dijeron los de Protección Civil, pero también llegaron a censar y me dieron un papel. Dijeron que el gobierno nos ayudará a reconstruir”, dice doña Guadalupe, quien desde el sismo duerme en el patio de su casa, bajo la sombra de dos grandes árboles de mango.

En estos días, donde no para de temblar, los brigadistas de la Sedatu enfrentan reclamos y se aguantan. “¿Cómo nos van ayudar? ¿Qué tipo de ayuda será? ¡Mire mi casa, está inservible¡”, les dicen en la desesperación.

Los pobladores de las secciones Cuarta, Quinta, Sexta, Séptima, Octava y Cheguigo Saltillo, de la ciudad juchiteca están desesperados. Comen en cocinas comunitarias, viven en las calles después del sismo. Todos quieren que censen sus viviendas.

“¿Dónde están los que censan?”, preguntaba airada doña Lourdes, quien se ve más calmada luego de que los brigadistas de Sedatu revisaron los daños en su vivienda. “Ahora voy a vender algo de pepinos, jícamas y palomitas de maíz”, suelta resignada.

Pero no sólo en Juchitán los brigadistas se esfuerzan por contar las casas que la fuerza del sismo convirtió en enormes montículos de escombro. En Santa María Xadani, un pueblo donde la desgracia tocó fondo, el censo avanza lento. Sus calles las recorren jóvenes con gesto agotado de tanto caminar en un día caluroso, su misión es ponerle cifras a la tragedia colectiva.

Doña Wulvia muestra la cédula o folio que le correspondió en el censo realizado en Xadani. El documento muestra tres criterios: daño parcial habitable, daño parcial no habitable y pérdida total. Cualquiera que sea el veredicto del brigadista no será bien recibido por los afectados y sus familias. Para nadie es fácil enterarse que el privilegio de poseer una casa reside en lo que escriba en su libreta. “Me lastima la respuesta de la gente”, dice uno de los encargados del censo que pide reservar su identidad.

Con mochilas en la espalda algunos, otros en la mano y todos con el miedo por el reclamo de la gente que pide víveres, los brigadistas recorren trazo a trazo las comunidades plagadas de construcciones a punto de caerse.

En algunos casos nadie sale a recibirlos. Las familias afectadas siguen en albergues. Ellos anotan un número en la casa y siguen en su trabajo. Metros adelante, son alcanzados. Les piden que censen otras viviendas. “No podemos, hasta aquí llegamos. Mañana llegará otra brigada”, prometen.

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