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El peluquero que regala cortes a víctimas de violencia

Además de cortar el cabello en el parque, Diego Sexto busca combatir la violencia y la discriminación, dirige las “Brigadas de belleza itinerante”, donde se ofrecen servicios de belleza gratuitos a personas en situación de vulnerabilidad.
16/09/2017
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Texto: Nayeli Reyes
Fotos: Yadin Xolalpa  

 

 

La belleza cabe en una maleta de piel que Diego lleva a donde se necesita. A veces sus pasos lo dirigen al parque, a cortar el cabello a un oficinista entre los árboles, otras tantas a lugares como el penal de Santa Marta Acatitla, para abrir caminos entre el cabello de las mujeres de libertad ausente, o bien, a cualquier espacio público donde reaviva las melenas de personas con enfermedades crónico-degenerativas o de mujeres poco reconocidas por su oficio, como las sexoservidoras.

Le llaman el peluquero itinerante. Hace años decidió hacerse nómada y recorrer México para conocer cómo las mujeres hacen de la belleza su día a día; sin embargo, él dice que es “un peluquero de paisaje”, como aquellos personajes que cortaban el cabello en la calle y formaban parte de la estampa de la Ciudad de México.

 

A pesar de su carácter gitano, se le puede ver con frecuencia en el Parque México, donde da cita a quienes lo buscan. Es sencillo reconocerlo, sobre su rostro se extienden unos anteojos plateados que parecen una continuación de su herramienta de trabajo, unas tijeras. Acomoda a su lado un banco plegable y su maleta, y se sienta a esperar al interesado frente a la fuente de los cántaros, a la que algunos llaman “la chichona” por la escultura de la mujer desnuda que sostiene dichos trastos.

 

Cuando tenía seis años Diego Sexto soñó que iba a trabajar con sus manos, pero nunca pensó que sería peluquero. En 1999, durante la huelga de la UNAM, sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras se vieron suspendidos, por lo que decidió aprender un oficio y la oportunidad se presentó: se hizo discípulo del peluquero catalán Antonio Bellver, quien con el tiempo se volvió un aliado de sus proyectos sociales.

 

“Por supuesto fui su peor alumno”, recuerda Diego y dice que el proceso de aprendizaje fue complicado, no siempre tenía claridad de lo que estaba haciendo, buscaba innovar tendencias. “Me convertí en el niño terrible de la peluquería”. Después de 17 años de trabajo, se considera un peluquero clásico y sólo busca que las personas se sientan cómodas.  

 

 

 

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foto_7_0.jpg A diferencia del estilista, el peluquero explota hasta el último momento el recurso del cabello, utiliza de forma más controlada recursos térmicos o tratamientos de coloración.  
 
Su maleta de trabajo llegó al Parque México en 2009, cuando la capital se blindó en una capa que no sólo era el smog usual, sino de miedo por la propagación del virus de la influenza porcina, “este momento que quebró la economía y que desaceleró el proceso de consumo, la gente estaba muy desesperada y yo comencé a dar citas aquí en el parque… recordé que era algo que ya traíamos en nuestro interior y que nada más era cosa de volverles a contar a las nuevas generaciones cómo podemos acceder a la belleza en un espacio abierto, sin traicionar nuestra identidad”, recuerda.  

 

Uno de sus andares imprecisos lo llevó a Tlacolula, Oaxaca, donde se celebraba una guelaguetza, un acto de solidaridad y sentido de comunidad realizado por pueblos originarios de la región oaxaqueña.  En el encuentro había médicos tradicionales, parteras y curanderos que se reunieron para compartir percepciones sobre salud, maternidad y estética, “cuando tocó el momento de mi participación lo que hice fue cortar el cabello y ellos interpretaron que lo que yo hago es curar, por eso me tomo tan en serio siempre trabajar cerca de los árboles”, afirma. 

 

Para el peluquero itinerante es muy importante escuchar las necesidades estéticas. En sus años de trabajar en el parque ha observado que a este espacio acuden personas que, por sus condiciones, les es complicado ir a otros sitios que les gustaría, por ejemplo, hay quienes utilizan silla de ruedas o muletas, la ciudad no siempre está adaptada a sus necesidades. Según la última Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (Enadis) realizada en el 2010, los tres problemas que más señalan las personas con discapacidad son el desempleo, la discriminación y el no ser autosuficientes.

 

Diego recuerda a una mujer como uno de los casos más especiales con los que se ha encontrado. Ella llegó a la Ciudad de México procedente de Morelos, tiene esclerodermia y fibromialgia, su hijo es una persona con autismo y sus padres son de la tercera edad, pero viajó desde Cuernavaca para asistir a la 33° edición de las “Brigadas de belleza itinerante”.
Se trata de jornadas comprensivas de belleza cuyo propósito, de acuerdo con Diego, es “compartir apapachos estéticos con personas diversas, vinculando al estilista con temas de derechos humanos”. A cada actividad asisten alrededor de 30 a 45 profesionales de la belleza voluntarios que se reúnen en espacios públicos para ofrecer sus servicios de forma gratuita a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad social o económica.

 

Al irse, esta mujer se animó a poner colores en su cabello para lucir más joven, “recuperó muchísimo de su paisaje facial y se lo tomó tan desde el corazón que ya me vinculó con una nueva asociación civil para trabajar con mujeres con fibromialgia”. No es fácil que una persona que no se ha visto en un espejo por muchos años se decida a desempolvarlos, afirma Diego. 
 

foto_9.jpgfoto_10_0.jpg Fotografías cortesía de Francisco Cano. Las brigadas requieren un trabajo en conjunto, pues a veces no sólo es necesario hacer un corte de cabello, además hay que mejorar la coloración de las personas o enseñarlas a maquillarse. 
 

 

En una de las primeras jornadas que se llevaron a cabo, se atendieron a personas con VIH, Diego se sorprendió al ver a familias completas con este padecimiento, había pocos hombres, muchos ellos habían fallecido por la enfermedad, por lo cual estaban ausentes de sus núcleos familiares. Las personas no siempre aceptan fácilmente asistir a estos eventos, por ello, las asociaciones civiles han jugado un papel muy importante, como puente de convencimiento. 
 

 

Los caminos de diversos expertos, asociaciones civiles y demás voluntarios se han ido trenzando con el tiempo, las brigadas tienen aliados como Francisco Cano, fotógrafo y diseñador gráfico que colabora con la difusión. Todo comenzó hace unos años, cuando Diego hizo un performance en apoyo a personas con padecimientos crónicos: “la primera radiografía sobre mujeres ausentes del mercado laboral en la Ciudad de México y desde el 2004 he asumido el compromiso, cada vez de manera más pública, en la medida que las políticas de esta ciudad reconocen y visibilizan las luchas, las identidades, los padecimientos crónicos y las maneras de vivir esta ciudad”, detalla.
 

 

Diego fundó las brigadas en el 2014, entre las personas que se benefician de éstas hay mujeres que realizan oficios no vistos y poco apreciados, como sexoservidoras, policías, taxistas, barrenderas, comerciantes; personas con enfermedades como VIH, esclerodermia, lupus, fibromialgia, problemas reumáticos, cáncer de mama; o bien, “que viven de manera intermitente, esporádica o definitiva su identidad de género que han decidido”, explica.  
 

 

Un segundo tipo de jornadas se organizan para compartir conocimientos con otros estilistas y peluqueros, donde se les enseña a utilizar los productos cosméticos con una perspectiva social. De acuerdo al fundador de estas actividades, uno de los principales obstáculos ha sido el incumplimiento y la falta de compromiso de instituciones y empresas, principalmente en la utilización de los espacios, los horarios y el apoyo en la difusión. 

 

foto_11_0.jpgfoto_12_0.jpg Fotografías cortesía de Francisco Cano. Diego piensa que es mayor reto de las brigadas es “conseguir que personas que no se han visto en un espejo en 13,14 años los vuelvan, los desempolven, les quiten las sábanas, las cobijas y vuelvan a brillar”. 
 
A su parecer, las instituciones públicas no suelen tomar en cuenta las consecuencias que tienen sobre la estética y las emociones algunos tratamientos y enfermedades, le gustaría una mayor apertura a la utilización de espacios públicos para el ocio y el esparcimiento o foros de debate especializados, pues justamente las brigadas tienen limitantes: “no estamos preparados como terapeutas, como psicólogos para enfrentarnos al mundo emocional al que están recluidas, al que son postradas las personas que tienen algún padecimiento crónico”, señala.

 

Los brigadistas también han pasado por momentos decisivos, por ejemplo, Diego recuerda a una estilista que asistió a una jornada en la Casa Xochiquetzal, la cual da albergue a mujeres de la tercera edad que en su momento fueron trabajadoras sexuales, durante las actividades ella vio cuestionada su participación voluntaria porque escuchó a una de las habitantes decir que si fuera necesario volvería a abandonar a sus hijos para llevar la vida que había tenido. 

Pelos en la lengua

 

El ritual de cortarse el cabello pocas veces es silencioso. Sobre la tierra desnuda del Parque México se observa una fina capa de cabellos sin edad, el recuerdo de infinitas historias trazadas por los peines de Diego.

 

El peluquero andariego acomoda a Coco González, una mujer que pidió un corte, después de envolverla en largas telas para evitar que se cubra de pelos muertos, Diego empequeñece sus ojos, los concentra en la cabellera que está en sus manos y trata de ganarle al viento el primer tijerazo. Tiene que agacharse, su estatura hace competencia a los árboles que lo rodean.  
 

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foto_6_0.jpgDiego es la única persona de su familia que se dedica a este oficio.   

 

Su cuerpo va haciendo muecas alrededor del banco plegable, entre vuelta y vuelta las palabras van saliendo. A su parecer, el profesional de la belleza puede ser capaz de reconocer y ofrecer ayuda a las personas que son víctimas de la violencia, o a quienes son discriminados por cualquier motivo.

 

“Mi jefe no me deja cortarme el cabello”, “mi jefe quiere que vayamos peinadas así”, “mi marido me quiere ver como su madre”, “mis hijos no quieren que me corte el pelo porque las madres que van a su colegio van con ciertas características”, son algunos rasgos de violencia que ha reconocido este nómada. No sólo son los golpes, afirma.
De acuerdo con la Enadis 2010, dos de cada diez personas consideran que el principal problema de las mujeres es la falta de empleo, seguido por la inseguridad, abuso, acoso, maltrato y violencia, así como discriminación; los problemas de salud aparecen en porcentajes menores.

 

“Estamos capacitando a los estilistas, a los barberos, a los peluqueros para que no abandonen sus centros de trabajo y se conviertan en promotores de sus derechos humanos desde sus salones mismos, por toda esta capacidad que tienen de abrazar a las familias completas, dominar temas como de salud reproductiva y salud sexual”, detalla.
Cuando detectan la violencia, los peluqueros y estilistas invitan a las personas a participar como voluntarios en los proyectos sociales, o, a su parecer, “a veces nuestro trabajo es contar alguna historia que espejee y permita a esa persona reconocer lo que le está sucediendo”.

 

Aunque Diego siempre ha querido ser un peluquero de mujeres, la mitad de sus clientes son hombres. Solicitan sus servicios muchas personas jóvenes, de entre 25 y 35 años, o bien, contemporáneos, de 45 a 60 años de edad. Las que van al parque se ven atraídas por la novedad de cortarse el cabello al aire libre, pueden ver caer sus mechones maltratados mientras se rodean de la fauna citadina, Coco es una de ellos, explica que prefiere al peluquero itinerante porque no le gusta estar encerrada.  

 

Adriana Pascual, de 32 años,  también es una clienta constante, conoció a Diego por “una amiga de una amiga” que acudía al Bazar Fusión, en Plaza Río de Janeiro. Comenzó a cortarse el cabello con él por su buena fama y su carácter viajero; “era muy locochón para hacer sus cortes, yo pensaba como que era muy punk, pero no nada más es punk, a mí lo que me gusta de Diego es que siempre como que te lee de algún modo, hace un estudio…con Diego la experiencia es siempre muy libre y lúdica también”, afirma. 
 

foto_8_0.jpgLos cortes de cabello se realizan bajo la mirada de pichones, roedores, felinos, reptiles, en ocasiones incluso hay huevos que los patos dejan por todos lados.  

 

En ese espacio abierto los espejos son inexistentes, así, las personas pueden estar más sensitivas al entorno y mostrar apertura al cambio, relata el peluquero itinerante, “eso no quiere decir que yo haga lo que yo quiera, evidentemente, con un respeto hacia la naturaleza, utilizando los cosméticos y los productos de estilizado que cuiden y que hablen más de todo este espíritu casual que estamos construyendo aquí.”

 

Diego trabaja todos los días, además del Parque México, también ofrece servicio a domicilio. En el parque realiza semanalmente entre seis y diez cortes, misma cifra parea las citas domiciliadas. Su clientela es asidua, proviene principalmente de sectores acomodados y pagan más de cien pesos por sus servicios: “ese pequeño sector viene con conciencia aquí al parque y, no sólo me paga bien, sino a veces dejan buenas propinas porque saben que no soy alguien que sale de fiesta, porque saben que no soy alguien que gasta en ropa, en tonterías, sino en toda esta formación”.

 

El oficio de los llamados “peluqueros de paisaje” siempre ha estado ligado a la atención de sectores populares de la ciudad, el peluquero itinerante retoma esta peculiaridad del oficio: la mayoría de las personas a quienes ofrece sus habilidades profesionales son los asistentes a las brigadas gratuitas.   
 

Desenredar identidades

 

Diego  toma una varita y comienza a barrer los pelos que se expanden sobre la tierra como si acabaran de brotar de ella. ¿Qué dice el cabello de una persona? No lo piensa mucho, quizá ha visto demasiadas cabelleras, opina que éste puede mostrar el grado del rezago social en el que está inmersa, habla de un momento histórico, expone el lugar en el que estamos situados y al que queremos llegar. 
 

foto_3_0.jpgLas autoridades permiten trabajar a Diego en un espacio específico del parque, en tanto mantenga limpio el lugar.
  
En sus viajes Diego encontró matices en el cabello de la población mexicana: “los usos y costumbres marcan de manera definitiva los cuidados y el uso que le damos al cabello. En algunas comunidades, entre más serranas son, la peluquería pierde sentido, las mujeres no están acostumbradas ni siquiera a que su cabello sea tocado y menos cortado y es una tarea que se realiza más entre las mujeres”. 
 
En las ciudades la peluquería adquiere una dimensión distinta, “somos los grandes asimiladores de las tendencias europeas… el gran sufrimiento de los estilistas es incorporar todas estas tendencias que muchas veces están pensadas para bases castañas o bases rubias claras”. 
 

 

 “Queremos ser rubios”, dice Diego. A través de su trabajo él busca desenmarañar la identidad nacional: “la belleza mexicana es toda esa diversidad de genes que nos acompañan, somos docenas y docenas de grupos étnicos mezclados y entre más hablar de nuestros genes españoles, más la negritud, así que no podemos hablar de una sola belleza mexicana”.
 

 

De acuerdo con datos de la Enadis 2010, cuatro de cada diez personas consideran que a la gente se le trata de forma distinta según su tono de piel. Este año el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), presentó por primera vez los resultados sobre la movilidad social intergeneracional, en el cual se pidió a las personas que se clasificaran en una escala de tonos de piel, la encuesta muestra que entre más oscura es la piel, menor es el nivel de escolaridad y el acceso a empleos de mayor calificación.
 

 

Diego describe a su madre como alguien que lo ha influido en todos los aspectos, como una mujer pionera y activista del trabajo político, “en los años setenta no era habitual que las señoras pirrurris se incorporaran a los procesos revolucionarios y pues esa referencia siempre ha marcado mi trabajo, mi percepción de la belleza, lo que creo que es bonito y evidentemente siempre he sido un peluquero que apuesta por menos para llegar a más y de ahí que la belleza natural es uno de mis refuerzos”.
 

 

“¿Vamos al espejo de la verdad?”, pregunta a Coco, después de enredarla entre peines, herramientas afiladas y otros productos. Salen del parque y se dirigen a un edificio de ventanas cromadas que devuelven el reflejo. Ella sonríe. 

 

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foto_5_0.jpg“El espejo de la verdad” 

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