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Tras el terremoto

La solidaridad mostró dos rostros: el de los músculos de las incontables horas de ayuda al otro; y el rostro del hartazgo hacia los políticos
01/10/2017
02:14
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I. Hace una semana escribí sobre el terremoto. Intitulé el artículo Solidaridad. Alabé la solidaridad de los habitantes de la Ciudad de México. Las líneas iniciales decían: “En los dos terremotos de nuestros septiembres negros… he tenido la suerte y la desgracia de ayudar, un poco, como médico”.

II. Ahora escribo: Tras el sismo será necesario reconstruir. Aún no se sabe cuánto nos cobrará la Naturaleza. Como suele suceder, los informes de los dueños de nuestra Ciudad cambian y cambian; dicen un día: deberán ser reparados 5 mil edificios; aseguran un día después: 4 mil 999.

III. Lo que no cambia, al contrario, crece, es la repulsión de la sociedad hacia los dueños del país —políticos y Televisa—. La repulsión no es gratuita: los destrozos de la Naturaleza se asimilan con trabajo, los destrozos de los dueños de México, jamás.

IV. El terremoto mató y arruinó. ¿Cuántas personas fallecieron? Los números de Mancera et al nunca son creíbles. Descreer es obligación. Basta mirar y vivir en la Ciudad. Mes tras mes, antes y después del sismo, la calidad de vida ha empeorado. No se puede invertir en campañas y en promocionales, incluso en periódicos extranjeros, y sembrar árboles y tapar baches y regular el transporte y cuidar a la ciudadanía de los asaltos del gobierno y de los asaltos de los asaltantes. La ecuación es simple: los recursos no bastan: o se los quedan (roban) los dueños del país o se invierten en la ciudadanía.

V. La cohesión espontánea, anónima, de decenas de miles de almas voluntarias —seguro el gobierno minimizará el número— mostró lo mejor de México: la solidaridad ciudadana fue inmensa. Más de un corresponsal extranjero lo resaltó: “Nunca hemos atestiguado tanta solidaridad”.

VI. Las calles tomadas hermanaron a la ciudadanía. Centros de acopio, albergues creados ad hoc, voluntarios aguardando turnos, profesionistas y no profesionistas, ricos y pobres, motociclistas transportando víveres y medicamentos unificaron a la sociedad.

VII. Los terremotos matan:

Matan vidas, matan proyectos, matan familias. Acaban con todo, con muchos todos.

Los terremotos, desafortunadamente, también siembran. La solidaridad mostró dos rostros: el de los músculos, el de las incontables horas invertidas en ayudar al otro, el de las guardias en los centros de acopio; y el rostro del hartazgo hacia los políticos. El hartazgo no sólo es hartazgo: es odio, es asco, es “basta”, es ¿hasta cuándo?

VIII. La sensación que acompañaba a los voluntarios y que se extendía hasta Morelos, Puebla, Chiapas, Oaxaca se reducía a una pregunta: ¿hasta cuándo seguirá el país siendo rehén de los pillos que tienen las riendas de la nación y apilan cada día miles de nuevos pobres? Solidaridad tiene apellidos: ira y asco. ¿Hasta cuándo seremos víctimas de los políticos y de aliados como Televisa o religiosos comprometidos con los dictados del Poder?

IX. ¿Hasta cuándo? dejará de ser pregunta cuando la sociedad enjuicie a todos los partidos políticos. El país lleva décadas sin crecer. Olvidemos las fantasías del gobierno: el Seguro Popular no funciona, ser la duodécima economía tiene la misma trascendencia que el papel de baño, retransmitir incontables veces los goles de los mexicanos que juegan en el extranjero es, ¿cómo se dice?, dar atole con el dedo. PRI, PAN, PRD, Morena: ¿hasta cuándo?

X. Los terremotos, el de la Ciudad y el de los estados, matan y siembran y confirman, con crudeza, lo harto conocido: el gobierno siempre nos gana. Debe aprovecharse la ira y el hartazgo y unificar a la sociedad. Debemos encontrar una Voz. Desmantelar el Poder es necesario.

XI. Es un (auto)insulto coexistir con sesenta millones de personas sin: futuro, sin recursos, sin esperanzas, sin agua, víctimas del peor de los cánceres: el que suma corrupción e impunidad, el que padecemos todos los mexicanos que no mamamos del Poder.

XII. Concluyo al lado de Arthur Schnitzler: “Cuesta mucho distinguir a los estúpidos que se hacen pasar por canallas de los canallas que se hacen pasar por estúpidos. Por eso será siempre difícil juzgar adecuadamente a los políticos”.
 

Médico

Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).

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