A tres años de Iguala Los Avispones van del dolor al incumplimiento

A tres años del ataque de hombres armados y policías municipales que balearon el autobús en el que viajaba el equipo de futbol, las autoridades siguen sin resolver el caso
Roberta Evangelista, mamá de David Josué García Evangelista, el avispón muerto, se consuela en el deporte (SALVADOR CISNEROS. EL UNIVERSAL)
26/09/2017
03:23
Arturo de Dios Palma
Iguala, Gro.
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Roberta Evangelista Hernández se mueve por toda la cancha: encesta, defiende, roba balones, asiste. En la espalda tiene el número 10 del equipo Queens. Sonríe. Por momentos, cuando en el marcador se empareja, se ve preocupada, pero luego vuelve la sonrisa. Dentro de la cancha habla poco, pero siempre pide el balón.

En la cancha de la colonia Lombardo Toledano, en Chilpancingo, las Queens juegan en contra de Jade y el marcador final queda 39 a 25, a favor del equipo de Roberta.

Este fin de semana Roberta jugó cuatro juegos y así pasa sus días, entre el trabajo, los juegos y atendiendo a sus hijos, Jesús y Damián. No se permite pasar tanto tiempo sola porque se le viene a la mente el recuerdo de su hijo, David Josué García Evangelista, asesinado la noche del 26 de septiembre de 2014 en el crucero de Santa Teresa, en Iguala, cuando hombres armados y supuestos policías municipales atacaron el autobús del equipo de Los Avispones.

Contener los recuerdos no ha sido cosa fácil. La muerte de David la siente tan reciente como si hubiera pasado ayer y no hace tres años. Roberta busca la normalidad de sus días, pero es imposible. Durante varios años mantuvo una rutina con David y Jesús. Todos los días cuando sus hijos salían de la escuela y ella de su trabajo se reunían en un punto para ir a entrenar juntos: David fútbol y ella y el pequeño baloncesto.

Ahora, David ya no está y Jesús dejó de entrenar, la rutina desapareció.

Jesús tiene 11 años de edad y entre las razones porque las que dejó que jugar es el temor de morir como su hermano, que un grupo armado ataque el autobús cuando salga a jugar a otro municipio.

Roberta por ahora ocupa parte de su tiempo para sacar a Jesús del encierro en el que cayó. El niño, pasa mucho tiempo en su cuarto escribiendo cartas para su hermano o simplemente pegado en la computadora.

A Roberta lo que más le preocupa es que Jesús no quiera hablar sobre la muerte de David. Eran muy cercano. “No quiere jugar, dice que le gusta el fútbol, pero quiere jugarlo con David”, cuenta.

Roberta pasa sus días buscando la resignación por la ausencia de David y manteniendo a flote a Jesús. Lo único que opaca la sonrisa de Roberta, es su mirada triste.

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El rescate

La madrugada del 27 de septiembre, Miguel Ríos Romero le arrebató a la muerte a su hijo, Miguel Ríos Ney. Lo recorrió de la maleza en el crucero de Santa Teresa cuando se desangraba. Dos horas atrás, hombres armados le dieron cinco tiros: dos en el estómago, uno en cada pierna y uno más en el codo. Estaba agonizando. Para salvarlo, antes tuvo que forcejear con policías federales.

“Para que te lo llevas si como quiera se va morir”, recuerda con coraje don Miguel.

La noche del 26 de septiembre, Los Avispones jugaron el primer partido de la liga de tercera división en contra del equipo Iguala F.C.. Ganaron 3 a 1. Terminó el partido y habían decidido ir a cenar, pero les advirtieron que en distintas partes de la ciudad había varias balaceras, así que decidieron regresar a Chilpancingo sin escala. Don Miguel con otros padres los habían acompañado en sus carros.

A la salida, a la altura de la Ciudad Judicial, estaba un retén de policías federales. A los autos los desviaron por una vía de terracería y al autobús de Los Avispones lo dejaron pasar por carretera federal. A la distancia don Miguel vio como el autobús avanzó y entonces decidió seguir su camino.

Cuando llegaba a Zumpango, a 15 minutos de Chilpancingo, sonó su celular. Era Miguel, su hijo. Le dijo que los habían atacado y que estaba herido. Sin dudarlo dio vuelta. Aceleró. Cuando pasaba por la comunidad de Mezcala, hombres armados movían piedras y carros para bloquear la vía. Alcanzó a pasar. Aceleró.

En 30 minutos ya estaba en el Santa Teresa, la escena era de terror: el camión descarrilado, con los vidrios hechos pedazos, cocido a tiros, adentro el chofer, Víctor Lugo, estaba muerto y David agonizaba.

Sobre el piso estaba su hijo pálido, aún con vida. Lo subió a la camioneta y después regresó al autobús. Se subió a una de las llantas y le preguntó a la mujer que atendía a David: “¿me lo llevo?”; “No. Ya no hay nada que hacer”, le dijo.

Desde ahí comenzó su travesía. Recorrió Iguala que estaba sitiada por policías, militares y sicarios. En un retén de municipales trataron de impedirle el paso, pero no le importó: aceleró y avanzó.

Recorrió tres hospitales, hasta que en la clínica Reforma lo ingresaron. Necesitaba operaciones de emergencia. No había médicos ni especialistas que lo atendiera. Entonces, don Miguel los mando a traer hasta Chilpancingo, para que le sacaran las balas del estómago.

Al otro día, se lo llevó a Chilpancingo. Lo tuvo en la casa de sus suegros por el temor de que los armadas regresaran a rematarlo. Miguel se convulsionó y fue entonces cuando decidieron llevarlo a una clínica particular. Ahí le hicieron otras tres operaciones para poderlo estabilizar.

Miguel regresó a los tres meses a entrenar con Los Avispones y un año después fue aceptado en la escuela del equipo de futbol Pachuca.

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Lo pudieron salvar

A Roberta no se le sale de la cabeza que David pudo salvarse si lo hubieran atendido a tiempo. La única ayuda que recibió fue casi dos horas después por una pareja que pasaban por el crucero.

“El asiento donde iba quedó lleno de sangre, su short. De momento yo odiaba a los adultos que iban, les tenía mucho coraje a los técnicos, al médico. Cómo es posible que no pudieron hacer nada”.

David Josué fue el único jugador de Los Avispones que murió en el ataque, junto con el chofer.

El Zurdito, como era conocido, esa noche no jugó, no estaba convocado. Viajó a Iguala por invitación del entrenador Pedro Rentería para que fuera adaptándose al equipo. Estaba programado que debutara el siguiente fin de semana.

David fichó con Los Avispones en agosto. Meses atrás pasó todas las pruebas que le pusieron y estaba listo para jugar en una categoría profesional.

El 26 de septiembre viajó a Iguala porque estaba entusiasmado con el comienzo de la liga. Roberta le había dicho que esperara a su debut en Chilpancingo, pero no quiso.

A las 2 de la tarde de aquel 26 de septiembre se presentó en la catedral de para la misa del inicio de la liga. Ahí se despidió con su madre y quedaron de acuerdo en estar en contacto todo el tiempo.

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David se subió al autobús y se fue a Iguala, Roberta se fue a entrenar con Jesús y después a su casa. Hablaron antes de comenzar el partido; durante el medio tiempo donde le dijo que iban perdiendo; al final, alegre, le dijo que habían remontado.

En una de las llamadas le dijo que un hombre se les acercó y les advirtió de que en el centro se estaban dando balaceras, que en realidad era el ataque que estaban sufriendo los normalistas de Ayotzinapa.

Después, a las 11:32 de la noche, le contó que los federales los retuvieron en un retén. Le dijo que lo habían pasado, que no se preocupara. Eso fue lo último que hablaron.

A las 12:15 en Facebook se enteró que habían atacado al autobús de Los Avispones. Le marcó a mucha gente, sin éxito.

Siguió marcando, hasta que le contestó Iván, uno de los jugadores. Lo primero que le preguntó fue si estaba sentada, Roberta de inmediato le pidió que le dijera lo que pasaba. Iván le contó una parte: le dijo que tenía un balazo en la pierna y estaba bien. La llamada se cortó. Volvió a insistir. Los minutos pasaron y como a la 1 de la mañana pudo hablar con uno de los paramédicos que atendía al equipo. Le preguntó por su hijo, le dijo que no sabían quien era.

El paramédico le sugirió que se fuera al hospital. Entonces le pidió a uno de sus hermanos que estaba en Iguala que fuera a buscar a David.

Le dijo que iba a buscar la forma porque continuaban las balaceras. Llegó al hospital, vio la lista de los heridos y no estaba el nombre de David.

En el Facebook volvió a enterrarse de que había un muerto uno del camión de Los Avispones. En el hospital, el hermano de Roberta continuó preguntando hasta que le dijeron que tenía que ir a buscar al Semefo.

El desaseo

En Pachuca, día llegó personal de Infonavit llegó al departamento de Miguel Ríos y le pidió que tenía que desalojarlo, que no era el propietario.

Ese departamento se lo entregaron como parte de la indemnización, a los demás jóvenes les dieron casas en el fraccionamiento El Mirador, donde reubicaron a todos los damnificados de Chilpancingo por Manuel y Ingrid en 2013, que fueron entregadas sin servicios públicos y con severas fallas.

La familia de Miguel Ríos pidió que le entregaran la casa en esa ciudad porque el Club Pachuca lo había aceptado en su escuela. La Sedatu accedió y pidió al Infonavit que le entregara un departamento al joven y que ellos cubrirían el costo.

Infonavit lo entregó, pero en comodato. El departamento era uno que habían recogido por falta de pago, estaba dañado y necesitaba reparaciones; se las hicieron, don Miguel, pagó unos 30 mil pesos para poner puertas y ventanas.

Pero hace unos meses, Infonavit reclamó el departamento porque la Sedatu nunca lo pagó.

Esa ha sido la característica en la reparación del daño para Los Avispones: promesas incumplidas, engaños y pocos resultados. Don Miguel Ríos cuenta que hoy 24 de las 31 víctimas mantienen un juicio con la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) porque ha ignorado dos fallos de un juez donde le ordena que modifique la indemnización. La CEAV ha apelado los dos fallos del juez. “Las cosas van mal, tanto que estamos peleando con la dependencia que según defiende a las víctimas, te imaginas”, dice don Miguel.

Explica que la indemnización fue mal catalogada. En su caso, le dijeron que le correspondían 380 mil pesos, cuando ha gastado casi un millón y medio en las operaciones, la rehabilitación, las terapias psicológicas, medicamentos.

Ahora, el amparo fue admitido por la Suprema Corte de Justicia de la Nación para que la CEAV reconsideré la reparación de daños que les están dando.

Don Miguel dice que la ayuda psicológica no ha sido la adecuada; los chicos no han recibido las becas para estudiar, ni la gestión de un equipo de segunda división como se habían comprometido. Además, de que se reinstale en el equipo al ex entrenador, Pedro Rentería, que fue herido por balazos en el hígado y al asistente del entrenador, Jorge León Sánchez, quien también fue herido. Pero también justicia, verdad y la no repetición.

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