Terapias entre el mito y la farsa
BELÉN MERINO sociedadyjusticia@eluniversal.com.mx
El Universal

Sábado 01 de marzo de 2008

Especialistas señalan que falta de información, negación de la enfermedad y deficiencias en el sistema de salud en México hacen que las personas busquen en seudomédicos y charlatanes la cura a sus enfermedades, opción que a menudo resulta contraproducente para su salud y sus bolsillos

La falta de información, la incapacidad para aceptar la enfermedad, el mito y la tradición, así como las deficiencias del sistema nacional de salud, se conjugan en México para favorecer la pervivencia de charlatanes y seudomédicos que causan riesgos para la salud y el bolsillo de los pacientes.

“Enfermos de cáncer, diabéticos, y especialmente personas con patologías reumatológicas son propensos a ser víctimas de estafas por parte de falsos médicos que se aprovechan de la idiosincrasia del pueblo y de la necesidad de creer que la curación es posible”, señala la doctora Marta Ramírez, especialista en Reumatología retirada, y en la actualidad, doctora sin ánimo de lucro en la Asociación de Pacientes Reumáticos de México.

Cada uno de los socios de esta organización tiene una historia de años de consumir supuestos productos “milagro”, que no sirven para nada, cuando mucho son complementos nutricionales que suponen desembolsar mínimo mil pesos mensuales.

‘Cura’ con péndulos

A Cristina Cilia López, derechohabiente del Seguro Social no le diagnosticaron artritis reumatoide, una enfermedad crónica que provoca inflamación de las articulaciones y dolor, y que padece hace 21 años.

Después de acudir con varios especialistas que fueron incapaces de diagnosticar su patología, decidió visitar a un señor, residente de San Mateo Echegaray, de quien se decía que con un péndulo curaba hipertensión y diabetes.

Salió de la consulta con 200 pesos de bolsitas de cloruro, 400 pesos de una botella de Noni, y 15 frascos con líquidos que debía tomar a diferentes horas del día. En total, unos mil pesos de hace ocho años.

Cristina estuvo ocho años sin comer carne, y gastó entre mil y 2 mil pesos mensuales en esos productos, algunos de los cuales eran dificiles de encontrar en el mercado.

Señala que, en una ocasión, le hicieron una “vacuna” con su propia orina, que bebió hasta que un día le sobrevino una crisis.

Además de la enfermedad, Cristina tenía desnutrición y anemia, y sobre todo había perdido un tiempo muy precioso —ocho años— que provocó el avance de su artritis, hasta que encontró a la Asociación de Pacientes Reumáticos de México y a la doctora Marta Ramírez.

“Es fundamental informar y divulgar para acabar con muchos de los mitos de la gente” señala Ramírez, quien a pesar de las recomendaciones y de las malas experiencias, sabe que algunos pacientes siguen consumiendo esos productos.

Tras el diagnóstico y el control de la enfermedad, Cristina ha conseguido tener una vida sin dolor. “Me siento engañada”, confiesa.

El sistema de salud está saturado. Hasta hace poco, la especialidad de Reumatología no se incluía en los programas de los médicos generales ni de profesiones afines, y sólo hay 500 reumatólogos en el país, cuando la OMS establece la cifra de un reumatólogo por cada 50 mil habitantes.

Uso de paliativos

La historia de Hortensia Márquez, de 56 años y enferma de artritis reumatoide, es parecida. Aunque en su caso, un médico general le diagnosticó la enfermedad. Le dijo que tomara una aspirina por la mañana para el dolor. Al principio, eso le funcionó, pero hace aproximadamente cinco años le sobrevino una crisis que la dejó postrada en la cama y con dolores insoportables. “Hasta las sábanas me lastimaban” señala.

Recurrió a una persona que una amiga de una amiga de su suegra “le recomendó”. El seudomédico le “recetó chochitos”, una especie de dulces que contienen licor, y que se venden en las tiendas de productos naturistas. Debía tomar 10 “chochitos” al día, de tres botellas diferentes. Cada una de ellas tenía un costo de 90 pesos; pero a dos o tres días de consumir el producto se le quemaron el paladar y la lengua, entonces dejó de tomarlos. En la actualidad ha perdido 90% el sentido del sabor, no puede tomar picante y le afecta el frío. Después probó con medicina china y varios consejos de “conocidos”, hasta que dio con el especialista adecuado.

La falacia de lo natural

La creencia popular de que todo lo “natural” es bueno, lleva al éxito de entidades como la Fundación Héctor Penagos González, que lleva el nombre de un ingeniero químico mexicano que se autodefine como “el gran descubridor” de un logro para la humanidad: el Virus-Sin.

Un cartel con la frase “El secreto de la Ciencia Natural al servicio de la Humanidad” recibe al visitante. Bajo la apariencia de 100% natural, y con la autorización de la Secretaría de Salud como “suplemento alimenticio”, a ese centro llegan decenas de pacientes que “creen en el poder de este producto que lo cura todo”.

Ana, quien da un nombre falso para ocultar su identidad, asegura que su madre, con cáncer de hígado, está mucho mejor desde que toma Virus-Sin. “Ha ganado kilos, está más animada”, comenta. A pesar de ello, su madre está hospitalizada con un cáncer terminal. “Quizá si hubiéramos venido antes....”, suspira.

Cada botella de Virus-Sin cuesta 700 pesos y se recomienda tomarlo durante tres meses. El producto lleva registrado como “suplemento nutricional” desde hace 25 años.

Autoridades: no hay control

La Comisión Nacional de Arbitraje Médico, Conamed, poco o nada pueden hacer para perseguir a los impostores. En esa institución dan seguimiento a las quejas contra médicos acreditados, pero “no podemos hacer nada contra los impostores”, señala Salvador Casares Queralt, director General de Orientación.

La institución encargada de proteger a la población contra riesgos sanitarios es la Cofepris, órgano desconcentrado de la Secretaría de Salud. En los últimos tres años, la Cofepris ha realizado operativos contra fraudes terapéuticos, con el resultado de ocho clínicas y un hospital suspendidos, especialmente en la frontera con EU.

A pesar del fraude y el perjuicio para la salud, la denuncia no se practica nunca o casi nunca. Hortensia sabe que no recuperará el sentido del sabor y sin embargo no denunció. Reconoce que “es un problema cultural, pues mis conocidos siguen creyendo que el falso médico que me quemó la boca sí funciona con otras personas”.



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