No es un vago; recibe frutas de los locatarios

Rodeado de tumbas, José comparte con perros y gatos el alimento que le regalan por su trabajo
Los vendedores arrojan a los basureros la comida que ya no van a vender (JAVIER CABRERA. EL UNIVERSAL)
02/01/2018
02:23
Javier Cabrera Martínez / Corresponsal
Culiacán, Sinaloa
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Desde hace más de 15 años, José “N” convive entre sepulturas, rodeado de gatos y perros a los que alimenta con parte de la comida que recolecta entre los comerciantes que se ubican dentro del mercadito Buelna y en sus calles adyacentes.

Su figura es conocida en el segundo cuadro de la ciudad, puesto que en su vieja bicicleta, a la que le adaptó una parrilla, recorre las calles cercanas al mercado, donde por tradición las familias que bajan de la sierra se abastecen de alimentos, ropa y herramientas.

Nacido en la pequeña comunidad de Rancho Viejo, en Durango, colindante con la región serrana del municipio de Cosalá, en Sinaloa, José Valdez Ochoa, de 65 años de edad, vive prácticamente de la caridad humana que le brindan.

A él no lo avergüenza recibir comida caliente, legumbres o frutas de los locatarios del mercado Rafael Buelna, puesto que saben que no es un vago.

Desde hace 15 años convirtió en su hogar un pequeño espacio dentro del panteón municipal de San Juan, el más antiguo de Culiacán, el cual data de 1844, cuya construcción estuvo a cargo del séptimo obispo de la diócesis local, Lázaro de la Garza y Ballesteros.

En este cementerio, donde reposan desde 1909 los restos del general Francisco Cañedo, quien fuera gobernador del estado por 24 años y fue sepultado en 1998, el político Enrique Peña Batiz, conocido como El Gallo de Oro, Valdez Ochoa tiene su hogar.

Como parte de su vida, narra, limpia algunas tumbas cuyas familias las visitan en forma esporádica y le brindan alguna ayuda económica.

En tono jocoso, Valdez Ochoa dice que con el paso del tiempo se convirtió, sin ningún nombramiento oficial y salario, en un velador del panteón San Juan, ubicado en la calle Benito Juárez, cercano a la catedral y al Palacio Municipal.

Su estancia en el cementerio evita que malvivientes o drogadictos ingresen a robarse las cruces, el cableado eléctrico o a destruir algunas criptas, en busca de objetos de valor.

Es común verlo en su bicicleta, con una especie de parrilla adaptada al frente, donde coloca lo que recolecta, sobre todo comida y alimento para sus perros y gatos que le regalan los comerciantes.

José sufre de una vieja lesión en su pierna izquierda que le dificulta caminar; sin embargo, esta condición no le impide recorrer las calles del segundo cuadro de la ciudad.

En sus recuerdos, afirma, tiene frescas las imágenes de su padre que sembraba en sus tierras de Rancho Viejo, amapola o marihuana, entre surcos de maíz para sobrevivir en mejores condiciones económicas. “Con un kilo de marihuana cosechada en la sierra, él obtenía más dinero que por una tonelada de maíz”.

El grano, menciona, en el medio rural siempre es importante sembrar, puesto que sirve para alimentar el ganado y sobre todo para la elaboración de las tortillas, principal alimento de las familias, expone Valdez Ochoa.

Comenta que con lo que obtuvo su padre, compró ganado y mejoró su hogar, pero a la muerte de su madre, este se volvió a casar con una mujer más joven y el dinero en poco tiempo se diluyó en sus manos.

José, con cierta nostalgia, recuerda que a la muerte de su padre abandonó el rancho muy joven, en busca de trabajos menos pesados, por la lesión que afectó su pierna izquierda.

En Mazatlán tuvo varios empleos, desde lavar carros en la vía pública, vender paletas, nieve y en ayudante de florista.

Con el tiempo, se convirtió en trabajador eventual del ayuntamiento del puerto, en el área de parques y jardines.

En su carácter de ayudante del conductor de una de las pipas que regaba los parques les ofreció a una pareja de turistas extranjeros llevarlos a su hotel, en el camino chocaron y los visitantes, de origen estadounidense, fallecieron.

Valdez Ochoa explica que por su ignorancia le entró miedo, pensó que se lo llevarían a Estados Unidos y lo sentarían en la silla eléctrica, por lo que huyó.

Su lesión lo hizo caminar con dificultad, eso lo volvió inseguro, por lo que no se atrevía a ir a fiestas, mucho menos a intentar entablar una relación con alguna joven, por el temor a ser rechazado.

No oculta que de joven, a pesar de su condición física, luego de un invitación por parte de un primo, en varias ocasiones y con mucha dificultad, subió a la sierra de Durango, a la extracción de la goma de opio de la amapola, con lo que obtenía un buen pago.

Señala que con el asesinato de su primo y la dificultad de caminar entre cerros, no volvió a trabajar en esa actividad.

Con una sola hermana, Teresa “N”, menor que él, la cual desde hace más de 10 años que no ve, puesto que radica en la comunidad de Laguna Colorada, él no se da por vencido, por el estado precario en el que vive, entre tumbas.

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