Crónica. El refugio de la desgracia donde todos son iguales

En el centro instalado en la delegación Benito Juárez hay 190 personas; ciudadanos tratan de regresar a la normalidad a pesar de no tener hogar
El gimnasio tiene capacidad para 800 personas y desde el 19 de septiembre la cifra ha disminuido y se ha mantenido cercana a las 200. (ÍÑIGO ARREDONDO. EL UNIVERSAL)
30/09/2017
03:30
Íñigo Arredondo
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La gente no se llama por sus nombres. “Amigo. Amiga. Disculpe. Señor. Señora. Oiga. Perdone”.  Se ubican como “¿Recuerda que ayer dormí a un lado de usted? ¿Se acuerda que yo le di aquella cobija?”.  El nombre propio se quedó en la lista de entrada. Dentro del protocolo que los funcionarios de la delegación Benito Juárez impusieron para tener control de las 190 personas que comparten techo en el Centro Deportivo Benito Juárez que se convirtió en albergue del 19-S.
Nombre, apellido, edad, casa, familia, pérdidas, contacto de emergencia, estado de salud. Son palabras que casi no se mencionan.
Si acaso preguntan una sola vez: “¿A ti qué te pasó?”. Y escuchan la misma historia contada en distintas versiones: “No tengo casa…”. Ya sea que se derrumbó, que esté inhabitable, que todavía no valoren la estructura y protección civil no los deje pasar. Ahí dentro saben que son iguales.  Algunos sacaron sus pertenencias pero una gran mayoría ha hecho de las donaciones su vestidor, sala, recámara y comedor.
En la zona A están las familias completas con niños. Ahí se corretean, gritan, jalan, juegan entre las bolsas de acopio, cobijas, colchonetas, ropa. Y también son regañados por sus familiares que los  observan desde el “dormitorio”. “¡Ya niño! ¡Ya duérmete!”. Atípico, pueden ser las 4:00 de la madrugada y se escuchan todavía risas inocentes. En la zona B están los adultos. En pareja o con hijos adolescentes. También están las mascotas. Enjaulados esperan atentos a que sus amos les den cariño, comida y los saquen a pasear. Por las noches ladran hasta que el dueño los manda a callar.
El día que más personas tuvo el albergue fue el mismo día del temblor. El gimnasio tiene capacidad para 800 personas y ese día llegaron 650. Desde ese momento a ahora la cifra disminuyó y se ha mantenido cercano a las 200.
Un hombre jala unas cobijas. Primero pone una colcha, la extiende. Agarra otra del mismo tamaño, la extiende y la pone sobre la otra. El albergue huele a polvo. Tiende la cama de manera lenta. Precisa que no tenga una arruga alguna. Sobre eso, marca el espacio donde irá su cabeza y avienta una almohada. Luego extiende dos cobijas y da forma, sólo con ellas, al dormitorio 141. El número corresponde a la colchoneta etiquetada que antes funcionaba para practicar gimnasia rítmica. El número, la colchoneta son todo el dormitorio. El espacio se delimita con el área que necesite el otro. De día algunos de ellos barren y apartan con cobijas su lugar.
A un lado de él una señora le pide a su hijo que deje de jugar. Su hijo es un joven de alrededor de 15 años. Lleva toda la noche armando un lego en forma de casa. El niño cumple a medias, guarda el lego, se meta debajo de las cobijas pero saca el celular. La madre lo ignora e intenta dormir. A la 1:00 de la madrugada las luces llevan a pagadas tres horas. Un ronquido es lo que todos escuchan. Los demás son cuchicheos, gente viendo series de televisión en sus celulares. Algunos juegan Turista a las afueras del dormitorio y se escuchan sus risas. Otros voltean al techo esperando a descansar pero pueden. Se adivinan recuerdo de sus vidas como ráfagas cuando dejan de parpadear. Una mujer se levanta y toma un tranquilizante en busca de matar el estrés. Aquí todos esperan encontrar calma. Dan vuelta sobre la colchoneta a la derecha, luego a la izquierda. Se sientan, voltean a todos lados, encuentran a un cómplice, hablan. Vuelven a buscar el sueño. Algunas escenas entre parejas se repiten: la sobra del miedo de perderse las lleva a encontrarse de frente y mirarse sin cansancio a pesar del agotamiento, a hablar en voz baja y planear, a manera de pacto. Intentan dormir y cierran la misión con un beso.
Otra mujer se levanta. Repara en sus pies descalzos y se pone las sandalias que les han dado para la regadera. Sus zapatos los usa solo de día. Las rutinas están marcadas en el albergue. Se desayuna de 7:00 a 10:00 de la mañana, se come de 2:00 a 4:00 de la tarde y se cena de 7:30 a 9:00 de la noche. En los pasillos hay pancartas que colocaron los coordinadores de que todo funcione bien en el albergue, con un aviso: habrá diversas actividades de apoyo a las 12:00 del día para quien quiera sumarse. Se les recuerda a los damnificados que la atención médica es permanente si alguien lo requiere y que también pueden solicitar atención sicológica. La pancarta también recoge una petición, que se devuelva un celular a quien le pertenece ya que es el único contacto que tiene con sus familiares.
 
Se administra el papel de baño, las pastas de dientes, los cepillos de dientes, el jabón, el champú, las toallas y las sandalias. Cada uno toma su ritmo. Se baña a la hora más  cómoda o a la necesaria. Es posible ver a familias entrar a ducharse a las 6:00 de la mañana o a la 1:00 de la madrugada.
Día 10 para los damnificados del albergue. Para algunos la rutina volvió y muy temprano se despiertan entre ellos para ir a trabajar. Ya saben que el que se acuesta cerca de los perros en la esquina sale a la misma hora, que el que está a dos colchonetas también. Hay un pacto de caballeros: el que se levanta primero despierta a los otros.
Los demás esperan a que el sol emerja entre las láminas del gimnasio para ir al comedor, donde se pasa más el tiempo. Sea por comer o para enterarse de la situación de tal familia, tal señor o señora. Pendientes de que ya están por irse y encontrar sus hogares de vuelta. Se escucha: “¿Cómo le habrá ido a la doña? no la dejaban entrar a su casa. Ojalá ella sí pueda”. Flota el intento permanente por encontrar algo familiar en lo desconocido. La búsqueda de rostros y voces familiares. Hay quienes ven en el desconocido un cercano: “¡Mira, ahí está Arturo 2!”, y ríen entre ellos.
Pero aquí no se hablan entre sí con nombres propios. Cada quien encuentra la manera de recordar su hogar, aunque sea soñando despierto.

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