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“Que nos digan dónde están”

Son madres que sufren la pérdida de sus hijos, pero el dolor no las merma, las impulsa a seguir luchando. Han tocado todas las puertas con respuestas que se van desvaneciendo de a poco; no así la exigencia de saber el paradero de sus familiares
“Que nos digan dónde están”

ALZAN LA VOZ. Cientos de madres de todo el país llegaron al Ángel de la Independencia para denunciar una vez más la desaparición de sus hijos. (Foto: BERNARDO MONTOYA I REUTERS )

Viernes 11 de mayo de 2012 Thlema Gómez Durán | El Universal
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claudia.gomez@eluniversal.com.mx

“Yo creo que los tienen trabajando”

La última vez que Araceli supo algo de sus hijos fue el 19 de junio del 2009. Carlos y Ricardo Peña Mejía, de 30 y 29 años, trabajan para una empresa de radiotelefonía. Diez días antes de su desaparición dejaron Guasave, Sinaloa, para viajar a Nuevo Laredo, Tamaulipas, donde fueron contratados para colocar antenas de transmisión. La noche del 19 de junio, Carlos hablaba por teléfono con su hijo de 4 años, le contaba un cuento. Su voz dejó de escucharse. “Mi papá ya no me habla”, dijo el niño.

La voz de Araceli se quiebra cuando recuerda la escena y las palabras de su nieto. Su historia la ha contado muchas veces: cuando fue a denunciar a Nuevo Laredo. Cuando denunció en la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO). Cuando buscó a otras madres que viven lo mismo que ella.

El caso de Carlos y Ricardo, como el de cientos de desaparecidos, está en la SIEDO, pero nadie le ha dicho a Araceli cómo van las investigaciones: “No te dicen si están muertos o vivos. Incluso, a veces ya ni nos atienden”. Tampoco le han informado a dónde fueron a parar las pruebas de ADN que les tomaron.

Desde el 19 de junio del 2009, Araceli se quedó “con 50% de vida, con eso que me dejaron los estoy buscando. ¿Cómo me voy a rajar?”. Cada que camina por las calles y encuentra a un pordiosero “me pongo a verlos. Si están tirados, les busco la cara. Me fijo a ver si no son mis hijos”.

Araceli presiente que a sus hijos “los tienen trabajando el crimen organizado”. Por eso, tiene una petición: “Que me entreguen a mis hijos. Si los tienen, si están trabajando para ellos, que nos hagan el favor de entregarnos a nuestros hijos”.

“Seguro que su hija se fue con el novio a Acapulco”

Cuando Isabel Zotlalpopocatl García fue a denunciar que su hija Georgina, de 17 años, no aparecía, le dijeron: “Ay, señora, lo más seguro es que su hija se fue con el novio. Tal vez ahorita anda en Acapulco, a lo mejor regresa en unos días”. Isabel insistió hasta que, de mala gana, los funcionarios del Centro de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes (CAPEA), de la Procuraduría General de Justicia del DF, abrieron un expediente por “extravío”.

Isabel, de 37 años, comenzó a investigar por su cuenta. Se enteró de que su hija Georgina estaba en la colonia Morelos, en el Distrito Federal, cuando se la llevaron por la fuerza. Fue hace dos meses, el 9 de marzo de 2012.

“Dejé de trabajar para dedicarme de lleno a buscarla. Todos en mi familia estamos dedicados a buscarla”. Hace unos días, los funcionarios de CAPEA le dijeron que ya se agotaron todos los recursos, ya no pueden ayudarla. El expediente lo turnaron a la Fiscalía Especializada en Secuestros. Lo que no entiende Isabel es por qué ninguna autoridad ha llamado a declarar a los testigos de cómo se llevaron a Georgina.

Isabel escuchó en las noticias que mujeres de distintos estados llegarían al DF para hacer del Día de las Madres una jornada de protesta por sus hijos desaparecidos. Mandó imprimir una pancarta con el nombre y la foto de Georgina. El 10 de mayo llegó antes de las 10 de la mañana al Monumento a la Revolución. Se colocó al final del contingente y caminó hacia el Ángel de la Independencia con las madres que, como ella, exigen que se busque a sus hijos.

Mientras levanta su pancarta, Isabel dice: “¿Por qué no ponen más atención en estos casos, por qué no hay apoyo de las autoridades? Yo lo que pido es que si alguien sabe algo que lo digan. Yo sé que hay gente que miró. A lo mejor ellos saben dónde está mi hija, quiénes son esos que se la llevaron”.

“Estoy convencida que alguien sabe qué pasó con él”

María Teresa Pérez no sabe qué responderle a sus nietos. El más pequeño, de cinco años, le pregunta: “Dinos la verdad, ¿a dónde se fue mi papá?”. Ella se queda callada. “No puedo decirles que está con vida, porque no lo sé. No puedo decirles que está con Dios, porque no lo sé”.

Desde el 17 de mayo de 2009, esta madre busca a su hijo Jesús Horta Pérez. “Si Dios lo permite, va a cumplir 43 años. Que alguien nos diga dónde está. Estoy segura que alguien sabe qué pasó con él. Todo tiene un porqué y yo quiero saber”, dice.

El día en que desapareció, Jesús estaba con su hermano menor; él fue testigo de cómo un grupo de personas vestidas de negro y con metralletas se lo llevaron de la oficina donde trabajaba en Valle de Chalco, Estado de México. La familia recibió una llamada. Les dijeron que si pagaban 500 mil pesos soltarían a Jesús. Fue la única vez que les llamaron.

“Levantamos la denuncia, anduvimos de aquí a allá. No hemos sabido nada. Tal parece que se lo llevaron sin dejar rastro”, dice Teresa.

El expediente por la desaparición de Jesús está en la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada. “La primera vez que fuimos nos atendieron, después ni el teléfono contestan”.

Teresa perdió un hijo y tuvo que alejarse del menor y testigo de la desaparición de su hermano; recibió amenazas y decidieron que se fuera lejos. Hace dos años que no lo ven. “Estos años han sido un calvario. Estamos muertos en vida”.

La incertidumbre no las ha inmovilizado

Cada una de las madres que están en las escalinatas del Ángel de la Independencia tiene una historia de dolor. Ellas saben lo que es cargar con la incertidumbre y la ausencia. Eso no las ha inmovilizado, no se resignan. Por eso están aquí con las fotos de sus hijos, con sus preguntas y sus reclamos. Por eso exigen que alguien les conteste: ¿Dónde están sus hijos?

Para ellas el Día de las Madres dejó de ser motivo de celebración. Es un día para gritar que en este país los hijos desaparecen.

Por eso convocaron a la Marcha de la Dignidad Nacional, madres buscando a sus hijas e hijos y buscando justicia, que inició en Chihuahua el 7 de mayo, recorrió varias ciudades y terminó con una caminata del Monumento de la Revolución al Ángel.

Aquí están los primeros que en este país denunciaron —en los 60, 70 y 80— la desaparición de un familiar por motivos políticos. También están las primeras madres que salieron a las calles para reclamar que se buscará a sus hijos. Ahí está Norma Ledezma. Su hija Paloma, de 16 años, salió a la escuela en marzo de 2002. No regresó; 17 días después la encontraron muerta. “¿Cuántos años más vamos a marchar, cuánta gente más se unirá para exigir justicia?”, dice.

A unos pasos está Guadalupe. Busca a su hijo José Aguilar. Tenía 34 años cuando desapareció el 15 de enero del 2011: “Cuando Felipe Calderón fue a Guadalajara dijo que vería mi caso. Y hasta ahora, nada. ¿Cuántas madres tienen que ser para que nos hagan caso?”.

Lo mismo preguntan las que llegaron de Coahuila, Chihuahua, Guanajuato, Sinaloa, Veracruz, Estado de México, Tamaulipas y Nuevo León. Las madres de migrantes centroamericanos. También aquellas que hasta hace unos meses comenzaron a sentir el dolor de la incertidumbre, como la madre de Francisco Albavera, de 21 años y estudiante en el Politécnico. Él desapareció el 26 de marzo pasado, cerca del metro Pantitlán.

Iris García pide que la sociedad se solidarice, porque “la insensibilidad alimenta la impunidad”. Y no son pocos los desaparecidos. Las organizaciones tienen registro de casi 800 casos, tan sólo en el norte del país. Además hay más de 700 centroamericanos que desaparecieron en México.

Iris busca a su hijo Daniel Cantú. “Nuestros hijos no son un daño colateral. Tienen nombre y apellido”. Y esos nombres y apellidos, más de 800, son recordados con fuerza en el Ángel: "Roberto Chávez, Julio Prieto, Viviana Vázquez, Héctor Vargas, Nitzia Alvarado, Toribio Muñoz...”. Después de cada nombre, las madres gritan: “Presente”. Y siguen preguntándose: ¿Donde están nuestros hijos?



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