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En medio de una nube negra y un río de fuego


En medio de una nube negra y un río de fuego

PELIGRO Una de las 100 últimas tomas clandestinas detectadas en la región provocó la explosión. (Foto: EFE/Ulises Ruíz Basurto )

Lunes 20 de diciembre de 2010 Xóchitl Rangel y Liliana Alcántara Corresponsal y enviada | El Universal
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SAN MARTÍN TEXMELUCAN, Pue.— “Le decía a Dios que bajara sus ojos para que viera que estábamos aquí abajo y nos escuchó, nos salvamos. Pero no pude, por más que intenté, no pude ayudar a mi hija”. Alberto Barranco Orta perdió más que su vivienda. En sólo unos minutos escuchó morir a su hija y a tres nietos.

Su esposa Facunda Ramírez López sufrió al oír los gritos de su padre que estaba en la habitación contigua, ante la imposibilidad de abrir las puertas porque el metal se convirtió en “chicle”.

El sol no salió en San Martín Texmelucan hasta avanzado el día. Una enorme nube negra de humo, un río de fuego y un tóxico olor se apoderaron de la comunidad. El devastador escenario lo dice todo: los cuerpos humanos se redujeron a bultos de ceniza, algunas figuras dan idea de que en vida fueron perros o gatos. Los árboles, semáforos, puentes y postes, todos cenizos o derretidos.

Una de las 100 últimas tomas clandestinas detectadas en la región provocó la explosión de un ducto. Familias completas se calcinaron, los sobrevivientes quedaron lesionados física y emocionalmente.

Carlos, chofer de una combi, asegura: la “ordeña” de ductos es algo común y las autoridades lo saben. Hay gente que borracha va a las válvulas y roba combustible, la acción es visible y quien lo ignora, sólo se hace de la vista gorda. “Esta vez les falló, estaban más borrachos que otras veces, eran tres hombres, pero pues obvio luego salieron volando, se murieron en la explosión, pero la pobre gente qué culpa tiene”.

“Estábamos durmiendo, cuando el ruido nos levantó, apenas vimos las llamas cerca, era un calor insoportable, no podíamos salir, no podíamos romper los muros, nos metimos al baño y éste baño nos salvó la vida, lo llenamos de agua, pero no pudimos ayudar a mi hija, ni a mis nietos, mi suegro me gritaba ‘ayúdame, ándale’”, cuenta Alberto, con la voz cortada y los ojos inundados.

Su hija Leticia Barranco de 29 años y sus nietos Abigail Jiménez Barranco de nueve, Joshua de cinco y Yunuen de tan sólo un año murieron calcinados como otras 25 personas tras la explosión.

El secretario de Salud, Alfredo Arango García, reporta al caer la tarde: de los 52 heridos, 34 los llevaron a Puebla y de éstos 29 fueron dados de alta; los 18 restantes a Tlaxcala, y 12 están fuera del peligro.

La movilización desde Tlaxcala, Puebla y el estado de México fue expedita. El día es largo y vendrán días así. Aún se analiza si serán reubicados los habitantes de la zona afectada, además de que 210 personas no tendrán donde pernoctar.

El titular de Gobernación estatal, Valentín Meneses Rojas, adelanta: “Mañana habrá reunión entre funcionarios estatales y federales para definir los pasos a seguir en el apoyo, atención e investigación de los afectados”. Falta mucho por hacer.

 



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