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Hepatitis, pandemia silenciosa de México

Por cada enfermo con VIH hay 10 con los virus B y C. Según especialistas, 80% lo desconoce
Lunes 09 de agosto de 2010 Ruth Rodríguez | El Universal
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En el penal de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco, se encendió una alerta roja. Un intruso ingresó a la cárcel de manera sospechosa y contagió con la misma enfermedad a más de la mitad de los internos. Era el virus de la hepatitis C. Nadie se podía explicar cómo había ingresado ni cómo había contagiado a la mayoría de la población.

 

Iniciaron las investigaciones. Se revisaron los expedientes. Casi todos los internos ingresaron sanos. Ni rastro de la enfermedad. Comenzaron los interrogatorios. Se pensó que la transmisión había sido por contacto sexual. Pero se descartó por la gran cantidad de infectados.

Los interrogatorios, a nivel clínico, les permitieron descartar, poco a poco, las opciones. Hasta que finalmente encontraron al verdadero culpable de propagar la epidemia: un cortaúñas.

Los médicos y las autoridades del centro penitenciario comprobaron que un preso tenía un cortaúñas, y al ser el único instrumento de este tipo en la cárcel, era prestado y usado por la gran mayoría de los internos, quienes de esta manera se habían contagiado al usar repetidamente un instrumento contaminado con algún rastro minúsculo de sangre portadora de la hepatitis C.

Un virus que es conocido como “silencioso”, que tiene una alta resistencia en el ambiente, superior incluso a la de otros virus como el del VIH-sida, y que irremediablemente daña el hígado.

La hepatitis se puede transmitir a través de la sangre o de fluidos corporales contaminados, explican especialistas e integrantes de organizaciones civiles dedicadas a combatir este mal.

Por cada enfermo con VIH, hay 10 con hepatitis B y C. Eso la califica como la “pandemia silenciosa del milenio”.

La hepatitis genera inflamación del hígado y provoca que ese órgano deje de funcionar bien. Existen varias causas que generan este mal: alcohol, medicamentos, hongos, bacterias, sustancias tóxicas, acumulación de grasa. Pero la más frecuente es la infección por virus.

Existen cinco tipos de virus de la hepatitis (A, B, C, D, y E) que atacan al hígado.

Fernando González, gastroenterólogo del Hospital General, del IMSS, explica que la hepatitis puede ser aguda o crónica, y advierte que una persona con este mal puede contagiar a otras por medio de jeringas, cortaúñas, tijeras, rastrillos contaminados, tatuajes, piercings y relaciones sexuales sin protección.

Antes de 1995, alerta, un número indeterminado de personas que recibieron algún tipo de transfusión de sangre también pudieron haber sido contagiadas sin que lo sepan, porque antes de ese año no se practicaban estudios para detectar este virus.

 

Los casos

Hay un millón 590 mil mexicanos tienen hepatitis C, pero más de 80% lo desconoce.

La hepatitis B, considerada como menos fuerte, se estima que ha impactado a 1.7 millones de personas que han estado en contacto con el virus, aunque 107 mil lo padecen de manera crónica.

Estos dos tipos de hepatitis son, en su conjunto, 75% de todos los males del hígado que padecen los mexicanos.

Cifras del Instituto Nacional de Salud Pública estiman que 57% de los casos de cirrosis hepática y 78% de los cánceres de hígado son resultado de la infección del virus de la hepatitis B o C, lo que deriva en que sea la tercera causa de muerte en hombres y la séptima en mujeres.

Por cada enfermo con VIH que fallece, hay cinco por hepatitis C. Pero a pesar de estas cifras, las hepatitis virales no están consideradas como un problema de salud pública en nuestro país.

La atención de este mal, afirman, tampoco está incluida en el programa del Seguro Popular. Enrique Wolpert, presidente de Fundhepa, advierte que este padecimiento es “silencioso” y asintomático, por lo que cuando se detectan las primeras señales, el hígado ya está enfermo.

Ese es el caso de Raquel, quien tiene cirrosis hepática pero nunca ha tomado alcohol. Ella recibió una transfusión de sangre contaminada. Nunca percibió los síntomas hasta que comenzaron los malestares: pérdida de apetito, náuseas y vómitos, así como la coloración amarilla de la piel y la parte blanca de los ojos, que se genera debido a la acumulación de la sangre cuando el hígado no es capaz de eliminar la bilis.

 

Virus resistente al ambiente

En el caso del Centro Federal de Readaptación Social Puente Grande, ubicado en Tonalá, Jalisco, el factor de contagio de 60% de los internos fue otro, un cortaúñas contaminado, afirman.

“Al sólo haber uno, esté circulaba en todo el penal”, comenta Gerardo Villavicencio, representante del movimiento Voces Frente a la Hepatitis C, quien investigó desde el punto de vista médico lo ocurrido en prisión.

El caso Puente Grande, afirma, no es aislado, porque la población carcelaria y los migrantes tienen tres veces mayor posibilidad de contagiarse con los virus de la hepatitis B y C.

 

 



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