politica@eluniversal.com.mxLa muerte casi lo alcanzó. El 4 de noviembre de 2008, la bola de fuego que cayó frente a él estuvo a 11 segundos de poner punto final a su historia. 365 días después, Edmundo Abarca Balcázar intenta darle vuelta a la página. Durante el último año, su único objetivo ha sido recuperarse de las quemaduras de segundo y tercer grado que afectaron cerca de 40% de su cuerpo. Las vendas que cubren sus manos muestran que el proceso ha sido doloroso.
Este ingeniero en sistemas tenía 45 años de edad cuando vio cómo un avión se desplomó frente a él. Faltaban unos minutos para las siete de la noche. Edmundo acababa de salir de su oficina, ubicada justo en la zona del accidente aéreo.
Se detuvo para prender un cigarro. Imágenes captadas por una cámara de seguridad muestran que una mujer salió del mismo edificio 11 segundos antes que él. Ella falleció. “Escuché muchos gritos de mujer, un golpe. Al voltear, el fuego ya venía hacia mí”. Todo sucedió en instantes: “Corrí para salir del fuego; estaba dentro de la explosión del avión. En el trayecto había dos personas quemándose; no pude ayudarles: yo estaba en las mismas condiciones”.
Regresó al edificio que alberga las oficinas donde labora. “Todo mundo me decía, ven siéntate; me agarraban y me dolía mucho. Yo quería que se comunicaran con mi familia, pero no lo hacían... No estamos preparados para saber qué hacer en un accidente”.
El edificio comenzó a ser desalojado. Edmundo salió por el estacionamiento. Corrió para buscar ayuda. Lo que encontró a su paso aún no lo entiende. “Yo iba gritando. A todo el mundo le pedía que me ayudara, pero nada más me tomaban fotos o video con el celular. Nadie hacía nada”.
Sólo un celular no registró el morbo. “Un joven se acercó y me preguntó: ‘¿cómo te ayudo?’ Le pedí que llamara a mi papá”.
Edmundo escuchó la sirena de una ambulancia. Corrió para alcanzarla. Llegó a la Cruz Roja de Polanco, después lo trasladaron al Hospital Rubén Leñero. Le dieron menos de 72 horas de vida, después advirtieron que le amputarían las manos y un pie. Por fortuna, el pronóstico médico falló.
El 11 de diciembre del 2008, Edmundo salió del hospital para continuar en casa con los tratamientos. Conservó su empleo. Le dijeron: “El único trabajo que tienes es recuperarte”. Y vaya que ha sido un gran trabajo superar las decenas de operaciones y terapias.
Hoy Edmundo sabe del dolor. No solamente por las heridas en su cuerpo, también por la reciente muerte de su padre. “Él estuvo conmigo todas las noches en el hospital... Pienso que lo que me pasó le trajo preocupaciones”.
Edmundo aún no recupera la fuerza de sus brazos. “Extraño la libertad que antes tenía. Es difícil pensar que aún necesito ayuda para cambiarme, para ir al baño, para salir”.
Todos los gastos de su recuperación los pagó el seguro que le otorgó la Secretaría de Gobernación; además, obtuvo atención sicológica y ayuda económica del gobierno del Distrito Federal.
En unas semanas más firmará, ante un notario público, el documento con el que otorgará el “perdón” al gobierno federal por el accidente aéreo que mató a 17 personas, requisito indispensable para que le entreguen una indemnización. No tiene ninguna queja por la atención que recibió.
Ahora se prepara para regresar al trabajo. ¿Qué le dejó ese accidente? “Miedo al dolor, al fuego, a los aviones, a los helicópteros”. En estos días, Edmundo no planea hacer algo especial. Su esposa Mercedes sí: en casa tendrán un pastel “para festejar un año de vida”, un año de que su historia comenzó un nuevo capítulo.