politica@eluniversal.com.mxCaminó envuelta en las llamas que dejó el avión tras desplomarse. Entre una nube de humo y escombros, Patricia suplicaba por ayuda. Nadie la veía o todos la ignoraban. Ahí, entre la confusión del estruendo, dos extrañas se le acercaron para asaltarla. Se llevaron su bolsa y la abandonaron con el fuego aferrado a su cuerpo. Desprotegida, visible sólo a las cámaras anónimas de los celulares, avanzó unos 15 pasos más tratando de salvar su vida.
Hay un antes y un después en la historia de Patricia Picón. Ese 4 de noviembre está marcado en su cuerpo y en su corazón. “Perdí las ganas de vivir y la confianza en la gente”.
Ni las 53 cirugías que le han practicado lograron borrar, aunque sea un poco, las heridas de la tragedia que “aquella tarde me cayó del cielo”.
Ese día todo fue diferente. Llegó tarde a su trabajo en Interlomas. Y algo inusual: salió temprano. El aventón que todos los días le daban al Metro se adelantó: a las seis de la tarde ya estaba de camino a su casa, en el norte de la ciudad de México.
“Tuve una corazonada, pero no le hice caso y seguí trabajando”. Eran las 18:40 horas cuando se bajó del carro de su jefa sobre la avenida Ferrocarril de Cuernavaca. Apenas empezó a caminar cuando un artefacto en llamas le cayó “en la cabeza”. “Se me prendió el cabello y el brazo. Sentía que me corría algo hirviendo por las piernas pero no me atrevía a ver qué era”. El médico reportó que tenía quemaduras de segundo y tercer grado en 30 % de su cuerpo.
Así empezó el viacrucis. Pasó 45 días en un hospital y nueve meses en cama. Desde entonces el miedo se apoderó de sus días y sus noches. “Quiero salirme de esa pesadilla y no sé cómo. Ese accidente apagó mi felicidad y mis ganas de vivir”.
Patricia recibe apoyo sicológico de la asociación civil Tech Palewi. En la intimidad de la terapia confiesa y pide ayuda para superar el trauma que le causó la reacción de la sociedad ante la tragedia. “Me sentía invisible. La gente estaba empeñada en captar con su celular las imágenes del incendio. Nadie me ayudó por su voluntad. Nada más me tomaban fotos o video”.
Desesperada, se paró frente a un auto en movimiento y le exigió al conductor que apagara las llamas de su cuerpo y pidiera una ambulancia. “¿Dónde perdimos los mexicanos el don de la solidaridad que nos caracterizaba?”, se pregunta. “Le tengo mucha desconfianza a la gente y temo por el futuro de mis hijos”.
La familia de Patricia sufrió una fractura moral y económica de la que se esfuerzan por salir. Sus hijos, de seis y 11 año, apenas se le acercan. “Tienen miedo de lastimarme”. Hace 15 días firmó el perdón al gobierno federal, a cambio recibió una indemnización.
A partir de ahora, ella se hará cargo de los gastos médicos y de la rehabilitación que aún requiere. “Nos decidimos a firmar porque la gente de las aseguradora nos presionó, además de que en la casa tenemos muchas necesidades”. Patricia reclama: “Ningún dinero es suficiente para regresarme esa parte de mi vida que perdí tras el accidente”.