politica@eluniversal.com.mxHay noches en que el cielo estalla. La del 4 de noviembre fue una de esas.
Faltaban minutos para las siete de la noche cuando Rodrigo decidió bajar a la calle y descansar un poco, previo a la presentación de su nuevo proyecto. Estaba entusiasmado. En un parpadeo, escuchó un estallido: su ropa, en llamas; sus gritos de socorro opacados por todas las alarmas de los autos que lo rodeaban.
Después, la oscuridad definitiva, la asfixia y, entre el humo —como una pared infinita que enceguece—, apareció Moisés, un joven desconocido que tomó su chamarra para apagar la lumbre del cuerpo de Rodrigo. Él fue trasladado a la Cruz Roja.
Ahí, Guadalupe Álvarez del Castillo, madre de Rodrigo, respondía a las preguntas que, a gritos, le hacia una mujer: ¿Su parentesco con el quemado? ¿Tiene seguro médico? ¿Edad del accidentado? ¿A qué hospital lo llevamos? ¡Lea... aquí tiene la lista de hospitales posibles, usted debe decidir! ¡Decida rápido!
A un año, Guadalupe aún tiene preguntas sin responder:
“¿Qué sé yo de quemados? ¿Cómo me pedían que decidiera algo así, cuando el factor tiempo es vital para una persona quemada? ¿Dónde estaban en ese momento las autoridades del sector salud? ¿Por qué no respetaron la dignidad de mi hijo? ¿Por qué nos trataban con tal frialdad? Fuimos del Hospital Español, al Hospital General Dr. Manuel Gea González; de este último al Español de regreso, del Hospital Español al Hospital Dr. Nicolás San Juan, en Toluca”. Todo era confusión, incertidumbre y vaivenes en esta enorme ciudad que nunca antes había sentido tan larga.
La omisión del sector salud fue lamentable, se perdieron minutos valiosísimos, declara doña Guadalupe. El cuerpo aún le tiembla al recordar. Llegó un médico de la Fundación Michou y Mao, pero se iba a las tres de la tarde y dejaba a Rodrigo, con 65% de su cuerpo quemado, en manos de practicantes.
“En todo este proceso nunca vi a Virginia Sendel, de Michou y Mao, a pesar de que mi hijo era atendido por un médico capacitado en Galveston por dicha fundación. Mi hijo estaba en un hospital de tercer nivel, no apto para recibir a personas quemadas, sin un banco de sangre, sin cánulas. Nosotros, la familia y la sociedad civil, con la que estamos profundamente agradecidos, nos convertimos en coordinadores de la sangre que requería mi hijo. Jóvenes iban y venían desde la ciudad de México hasta Toluca para donar su sangre. En el hospital se molestaban si preguntábamos por él, cuando los familiares tenemos derecho de conocer el estado de la salud del enfermo.
“Lo trasladamos a Estados Unidos, con el apoyo del Presidente y de su esposa. Ya era tarde. Sobrevino lo que nunca hubiéramos deseado: la muerte de mi hijo. La Secretaría de Gobernación nos indemnizó, después de largas gestiones burocráticas.
“Como tanatóloga sé que toda pérdida debe traernos una ganancia, y hoy hago estas declaraciones porque deseo una sociedad mejor. ¿Qué debemos aprender de esta experiencia? Por mi parte, trataré de colaborar para que en los hospitales del sector salud haya una mejor atención tanatológica. Así honraré a mi hijo”.