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El frondoso árbol del narco americano

Sobran símbolos e indicadores para retratar a la frontera texana como una de las grandes plataformas del narcotráfico. Aquí comienza también la farsa de la guerra antidrogas
El frondoso árbol del narco americano

FALSO COMBATE. Miembros de la Oficina del Sheriff en Val Verde durante su primera práctica de tiro con una pistola escuadra .40. Las armas fueron adquiridas para responder a un hipotético fuego cruzado con narcos. El condado es ruta histórica de cocaína y mariguana desde los años 70, pero los agentes del alguacil jamás han enfrentado una situación de riesgo por ello. (Foto: )

Martes 20 de octubre de 2009 Ignacio Alvarado | El Universal
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LAREDO, Texas.— Esta ciudad es uno de los puntos principales en operaciones de narcotráfico, dijo la víspera Joe Baeza, portavoz del departamento de policía local. De trasiego impresionante, tal y como corresponde al puerto fronterizo de mayor actividad comercial que hay con México, drogas, armas y dinero se ocultan en miles de bodegas, cajas de tráiler y vehículos particulares. “Es como esconder una hoja en el bosque”, describió el vocero.

Es simple comprender la comparación que hace Baeza, 19 millas (30.5 kilómetros) al norte de sus oficinas, sobre Main Road, a la orilla de la Interestatal 35 —arteria que permite el tránsito a San Antonio, Austin, Temple y Forth Worth antes de atravesar Oklahoma hasta terminar en Duluth, Minesota, en la región de los Grandes Lagos—. Interamerica es el complejo de bodegas más importante de la zona. Lo atraviesan vías de ferrocarril y carreteras secundarias.

Es el nudo de las rutas comerciales nacidas en los puertos de entrada.

“Ahí se esconde la mayor parte de la droga que llega de México”, dice el oficial de la Oficina del Sheriff del condado Webb, Ángel López. Decenas de agentes —encubiertos y uniformados— merodean los alrededores. Son la gran defensa estadounidense contra las drogas. La misma fuerza desplegada en la línea divisoria con México, cuyo éxito operativo es cuestionable.

“Las organizaciones de narcotráfico que operan en este país son inmensas. Pero nunca verás una aceptación de ello”, es lo que dice Antonio Payán, investigador de la Universidad de Texas en El Paso; doctor en sociología y autor de varios libros y estudios binacionales sobre política y narcotráfico. De “la hoja perdida en el bosque”, referida por el vocero de policía, Payán tiene otra descripción, más florida y apabullante:

“El narcotráfico es como un árbol. Tiene su raíz en el sur y un tronco —los distribuidores que llevan la droga al norte— situado en la frontera. Después aparecen muchas ramas de distribución. Y finalmente, las hojas, los grandes consumidores. Así que en este árbol hay mucho más personas metidas en el narco de lo que pueda existir en México”.

El tronco en Laredo es ese complejo de bodegas de Main Road. Y lugares como Río Bravo o El Cenizo, suburbios pegados a la frontera, en donde siete de cada 10 habitantes son indocumentados y viven en la miseria.

Bodega del narco

La calle de Margaritas es polvorienta y sucia. Una recta que termina sobre el descampado que hasta hace muy poco fungió como basurero público, a menos de 10 metros del río. El agente López detiene la patrulla. Señala una casa abandonada. Tiene la malla ciclónica derribada y paredes llenas de grafiti. Ventanas rotas y la puerta principal abatida a golpes. “Es una bodega. Hace poco hallaron drogas allí adentro”, explica.

Detrás de la vivienda opera una planta de agua potable por donde corre un canal asfaltado, perfecto para burlar censores y cámaras infrarrojas de la Patrulla Fronteriza.

“La droga se cruza por estos lugares y se guarda en las casas que están por toda la colonia, sobre todo las más cercanas al río. Luego la van sacando poquito a poco, en la cajuela de los carros. Se la llevan a otras casas que están una calle más arriba y luego repiten lo mismo para llevársela a otras casas más cercas de la carretera, hasta que la sacan y se la llevan para el norte”, detalla.

Las operaciones suceden pese a la enorme vigilancia oficial. Esa mañana hay más agentes que civiles en las calles. La imagen se revierte por las tardes cuando los adolescentes salen de la escuela. López dice que se emplean como vigilantes y distribuidores. Utilizan su Nextel para guiar los cortos desplazamientos de carros cargados con droga o para venderla a los adictos.

“Las leyes de Texas no permiten encarcelar a los menores de 16 años. Por eso los eligen. Todos son muchachitos de 13 y 15 años. Les pagan como 300 o 400 dólares cada semana”, agrega.

Nadie sabe con certeza la cantidad de droga que traspasa la línea divisoria bajo esa táctica barata y rudimentaria. La Patrulla Fronteriza decomisó entre enero y septiembre más de 200 mil libras de mariguana (más de 90 mil kilogramos), de acuerdo con el oficial Jason Darling, del departamento de Relaciones y Comunicaciones de la dependencia en el sector Laredo. Más abajo, en los condados que siguen hasta el Golfo, lograron decomisos adicionales por al menos 700 mil libras (más de 317 mil kilogramos).

Son pequeñas cargas que cruzan los burritos. Los cargamentos importantes ingresan por los puentes internacionales, aclara el sheriff Martín Cuéllar: “Para una ciudad como Laredo, que tiene más movimientos de trocas que todas las demás fronteras juntas, eso es impresionante”.

Mariguana por hamburguesas

Entre 2003 y 2006, Laredo vivió episodios violentos, relacionados con el negocio de la droga. Joe Baeza dice que el registro de asesinatos con arma de fuego promedió 30 por año. Tres veces más de lo habitual. “Eran asesinatos en las calles; fueron crímenes que ocurrieron en lugares públicos y a pleno día”.

El sheriff Cuéllar dice que cesaron por el refuerzo de agencias federales como ICE (inmigración y aduanas), FBI, DEA y la Patrulla Fronteriza. Baeza apela más a una lógica financiera. “Obviamente los cárteles no pueden luchar mucho, porque se acaba el negocio”, explica.

La tregua no implica inactividad. Las redes criminales mantienen operaciones de alto nivel, almacenando, llevándose la mercancía al norte o distribuyéndola localmente.

Laredo ha visto crecer los índices de consumo durante la última década. Ese es el segundo frente de batalla que se pierde. “Me molesta mucho ver a muchachitos de 13 años consumiendo drogas”, dice Raúl Salinas, alcalde de la ciudad.

Salinas sirvió durante 27 años al FBI, algunos como agente especial en México. La experiencia le permite concluir que la violencia no ha golpeado este lado de la frontera por el poder institucional. “Sin duda hay elementos corruptos, pero no dependencias quebradas”, precisa.

La fortaleza aludida por el alcalde tiene sus limitaciones. En Laredo el salario mínimo es de 5.75 dólares la hora, cantidad poco apetecible hasta para los más jóvenes. “Hay una debilidad adicional cuando estás hablando de la situación de desempleo. Y puede ser muy atractivo para una jovencita o jovencito entrar en ese ramo de trasladar droga. Nadie quiere trabajar en un McDonald’s”, explica.

Las noches y días aletargados de Laredo son una contraposición al trabajo hormiga que hacen miles de traficantes, el silencioso trasiego que destruye los cimientos del imperio. La mitad de los matrimonios se disuelven en esta ciudad, por ejemplo, lo que da pie al crimen juvenil. El alcalde se resiste a la evidencia. “El crimen organizado está organizado, pero si nosotros nos organizamos, ¿quién gana esta batalla?”, pregunta. Unas 180 millas al oeste, en Del Río, está la respuesta.

Retrato del fracaso

“Yo sé que acaban de llegar cuatro toneladas de droga a Acuña (municipio de Coahuila, México). Tenemos esa información. Llegó hace dos noches. Sabemos que va a pasar y aunque nos preparamos para tratar de agarrar algo, eso no será posible”, dice el jefe administrativo de la Oficina del Sheriff de Val Verde, Óscar González, mientras observa un mapa sobre la pared. Es un mapa enorme de la frontera de Texas con México. Habla con tranquilidad. La información que ofrece es algo rutinario. Óscar González se acoda sobre la pequeña mesa de trabajo de su oficina. Un rectángulo de madera cubierto por una piel de vaca pinta.

Se pone de pie. Avanza hasta el mapa y apunta con el dedo una línea roja en las orillas de la presa La Amistad. Es la carretera 90, que conecta a la Interestatal 10 en Van Horn, 314 millas (505 kilómetros) al norponiente. O por Ozona, si se toma hacia el norte la 163, en Comstok, y se viaja durante 81 millas (130 kilómetros). Es la mitad de la nada. El desierto fragmentado por aguas de lluvia copiosa como la que cae esa tarde. “Aquí es donde los cárteles mexicanos se dividen el territorio. El oriente le toca al del Golfo y el poniente al de Sinaloa”, dice.

En la oficina se conoce el territorio y los movimientos. Comparten informes de inteligencia con la DEA, el FBI, el ICE. La Patrulla Fronteriza recorre incesantemente esas rutas, por aire y tierra. Pero el territorio es inmenso para los 37 agentes del alguacil, y para el resto de los policías federales. Los cargamentos atraviesan la presa en lanchas rápidas, confundiéndose con turistas y pescadores de ocasión, y los burritos pasan con cargas de 60 libras (27 kilogramos) en sus espaldas, a pie, comiéndose hasta 90 millas (144 kilómetros) sin ser vistos, anulando tecnología de punta y estrategias diseñadas durante meses.

La presa tiene un largo de 60 millas (96.5 kilómetros). En los límites del poniente está Comstok. El pueblo es fantasmal. Cajas de tráiler oxidadas, algunos remolques ocultos entre el follaje y enormes antenas de transmisiones dan idea de que alguien lo habita. Pero no hay un alma a la orilla de la carretera. Al sur se extiende la llanura desolada y las montañas parecen translúcidas por la distancia. Al norte es la misma imagen, como réplica de espejo. “Desde allí caminan 90 millas hasta Sheffield”, dice González.

El río Bravo atraviesa por alguna parte esa inmensidad que hay entre los dos países. Tiende un lazo verde por el que concatenan pequeños oasis. Uno de ellos se conoce como Eagle Pass Hills, un vado de vegetación tupida por el que cientos de individuos cruzan con cargamentos de mariguana en sus mochilas.

Es una ruta febril, donde aumenta la posibilidad de ser detectado, aunque menos inclemente que las otras. Una caminata de 2 millas (3.2 kilómetros) los coloca sobre la carretera 277, que sube al norte a Loma Alta y de ahí a la misma Interestatal 10, el camino perfecto para ir hacia San Antonio, uno de los destinos principales del narco.

No toda la droga se fragmenta en pequeñas cargas para atravesar el desierto a lomo de individuos. Del Río tiene sus propios enclaves. Uno de ellos es San Felipe, un barrio pegado a la frontera, lleno de casas de seguridad. La droga llega en carros provenientes del cruce internacional o acarreada por Loma de la Cruz, el cerro adyacente al río. Su posterior envío al norte guarda la misma mecánica de toda la frontera: sale en autos y pequeños camiones de carga.

“Lo que me llama la atención —dice el jefe González— es que cada vez participan más estudiantes de high school; les pagan hasta 500 dólares por un viaje a San Antonio”.

Tomar parte de la cadena se vuelve atractivo ante la poca contundencia de las autoridades. De acuerdo con el sheriff Joe Frank Martínez, este año, agentes a su cargo comisionados a operaciones federales encabezadas por la DEA y el FBI, interceptaron “cuatrocientos y pico de libras”.

La Oficina del Censo indica que Del Río tiene una población superior a los 33 mil habitantes, cuyo ingreso percápita promedia 12 mil dólares anuales. Sin embargo, la tercera parte vive por debajo de la línea de pobreza, la mayoría menores de 18 años. La tentación de los 500 dólares referidos por González no es invención de policía viejo.

La pobreza marca también la acción de los Alguaciles. A comienzos de la década, los 16 jefes de Oficina de los condados fronterizos formaron una coalición para exigir mayores fondos estatales. La respuesta fue el envío de fondos adicionales aportados por el gobierno federal. Así nació la Operación Linebaker. El programa se diseñó para combatir a los narcotraficantes y auxiliar en tareas de captura a la Patrulla Fronteriza.

Engaños oficiales

La operación ha servido de poco en términos reales, afirma Antonio Castañeda, jefe de Policía en Eagle Pass, 56 millas al sureste, la frontera con Piedras Negras. Linebaker contribuyó a dos cosas: inflar estadísticas sobre decomisos y mantener el discurso político en el tema, afirma.

La manera en que opera es relativamente simple, de acuerdo con la explicación que ofrece Castañeda: “Digamos que los de la Patrulla Fronteriza agarran a una persona con 30 o 40 libras (3.2 kilos). Ellos no van a llamar al DEA o FBI, que se ocupan de cargas mayores. Lo que hacen es llamar a los Linebakers y luego ellos los entregan al juez. Pero al final, tanto el sheriff como la Patrulla Fronteriza harán sus reportes diciendo que agarraron a una persona con esas 40 libras y en los números anuales en vez de 40 libras aparece en las cifras globales que se decomisaron 80”.

La guerra simulada es añeja. Antes de la Coalición de Alguaciles Eagle Pass, Del Río y Presidio, las ciudades fronterizas menos pobladas, estaban en el olvido. Toneladas de mariguana y cocaína cruzaron por sus límites por más de tres décadas sin hallar gran oposición.

“No podemos decir que esto creció de la noche a la mañana. Estoy hablando desde hace 20 años para atrás. Pero ahora muchos muchachos de 18 o 19 años traen trocotas de 60 mil dólares. ¡Y no trabajan los cabrones! Ves a tipos con muchas medallas. Los ves en los bailes y mucha lana que están tirando. Y las botas. Sombreros bien caros. Todo eso. You know? No sale”, dice Castañeda.

Mucho frenesí y poca violencia

Eagle Pass registra este año dos homicidios, ninguno de ellos por cuestiones de droga.

“Este punto siempre ha sido un punto de tránsito”, dice el jefe de Policía. “El trabajo es cruzarla por el río, guardarla en casas que están vacías y de ahí ya comienzan a transportarla poquito a poquito, en carros particulares, de cantidades de 50 kilos a 300 libras. O también en tráilers de productos vegetales y cosas así”, añade.

Los soldados del narcoestadounidense, como los llama Castañeda, tienen poder y estructura. Compran informantes. Utilizan a mujeres para seducir agentes y sobornarlos. Se valen de ex policías y ex militares para operar con precisión:

“Aquí también pasa eso de la corrupción, nomás que Estados Unidos es muy bueno para tapar esas bronquillas. Hemos tenido cuerpos federales que los han arrestado, que los han llevado a corte federal, pero la prensa no le pone mucha atención, como a lo que sucede en México”.

Es algo que no acepta el Sheriff de Val Verde. “Acuña tiene sus problemas, pero esos problemas no cruzan para acá. Y en Eagle Pass la gente consume mucho más droga que en Del Río. No sé por qué será eso”, dice Joe Frank Martínez.

La mecánica para introducir, almacenar y transportar las cuatro toneladas que llegaron dos noches antes a la frontera mexicana debieron cruzar la frontera. Se ocultaron en casas de seguridad de San Felipe o atravesaron las vastas llanuras por Comstok. Lo que no se supo es si fueron al este o al oeste. Si eran del Golfo o de Sinaloa. Porque como bien pronosticó Óscar González, no se agarró nada.



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