El día de Santa Agripina, la virgen venerada en la población italiana de Sicilia, fue el escogido por Luis Reyes Enríquez, El Rex o Zeta-12, para casarse con Josefina, su prometida. La boda religiosa se había retrasado, especialmente por las actividades del novio como sicario del cártel del Golfo y las operaciones ejecutadas por Los Zetas, el brazo armado de dicha organización criminal.Aquel 23 de junio El Rex creyó que nada podía fallar. Se casaba por la iglesia y estaría toda su familia. Desde dos semanas antes todo fue preparativos. El banquete, la música y el alquiler de los cuartos del hotel “Las Fuentes” en Atotonilco para que nadie de sus familiares tuviera que regresar a sus poblaciones de noche y abandonar a medias el festejo. Nada, todo sería en grande, como siempre lo había imaginado.
A sus padres, hermanos, tíos, primos y a la familia de su novia, les hizo llegar invitaciones. Todo correría por su cuenta. El día esperado por los novios para consumar su unión religiosa llegó en medio de promesas de una gran fiesta. La iglesia de Atotonilco, llena de flores, vio llegar flamante a El Zeta-12. Iba a bordo de una camioneta de lujo con su prometida. La cita fue en punto de las 17:00 horas.
Afuera de la parroquia caía una tormenta, era como un presagio. Se ofició la misa, la boda se efectuó y la lluvia cesó. Hubo lágrimas, se lanzó arroz a los novios, después vinieron los abrazos, felicitaciones y fotografías. Era ya hora de festejar. En el salón “San Agustín” esperaban la música, la barbacoa, arroz, frijoles, las cervezas, el licor. Todo transcurrió conforme a lo previsto hasta la madrugada.
Los novios y sus familias se retiraron al hotel alquilado por quien fue fundador de Los Zetas. Apenas unas horas después, en plena noche de bodas, camiones con cientos de soldados se apostaron frente a ese sitio. Con rapidez se desplegaron y coparon salidas y pasillos. Luego en grupos fueron cuarto por cuarto hasta llegar al de los novios. Ahí, en bola fue detenido El Zeta-12 con 24 familiares más. Todo acabo.
Ni velorios respeta el narco
No hay sitio que no pueda ser profanado por los sicarios. Eso lo saben quienes asistieron el pasado Día de San Valetín a un acto fúnebre en la colonia Santa Rosa, en Gómez Palacio, Durango. Entre los sollozos de los dolientes y las aves marías del Rosario, la noche de ese sábado aparecieron de la nada siete camionetas con hombres armados que dispararon desde la calle hacia el interior de la vivienda donde se encontraba reunida la gente.
Sin piedad, los sicarios dispararon y todavía tuvieron tiempo para lanzar una granada. Más de 200 cartuchos de armas de todo tipo fueron encontrados en el lugar, donde quedaron tendidos los cuerpos de nueve personas, cinco de ellas muertas y otras cuatro resultaron heridas, entre ellas un menor de edad.