fidel.samaniego@eluniversal.com.mxHay de tripa y de machitos, de longaniza y suadero. ¡Tacos joven! También, en otro puesto, consomé de carnero, barbacoa. Y más allá, caldos de gallina, tamalitos oaxaqueños, calientitos, a la mesa. Y hamburguesas, tortas gigantes. Comen con ganas dos jóvenes médicos. Platican, bromean.
Parecería que todo es normal, que nada ha pasado. Pero esos varios puestos, en ambas banquetas, protegidos por lonas… y algo más, funcionan sin problema alguno en la zona de hospitales, en plena crisis sanitaria, y pese a las prohibiciones del gobierno capitalino.
Cerca y lejos de ahí, ella se ve mal, está mal. Intenta sonreír, agita la mano, hace un ademán a su hermana que espera afuera. Deja que su hija la abrace. Le responde, le miente, que se siente bien. Pero casi de inmediato cierra los ojos como para evitar que por ellos se asome el dolor, y lleva la cabeza hacia atrás, se queda así, inmóvil durante largo rato. Tose, arde en fiebre.
Llegaron ellas después de viajar en el Metro y en una pesera. Temprano fueron a un pequeño hospital privado en su colonia. El doctor la revisó, le tomó la temperatura, casi 39 grados. Le indicó que se fuera cuanto antes al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias. Por ello, Bertha Cruz Rangel, de 63 años, con su hermana y su hija partieron, iniciaron un viaje que no saben cómo va a terminar.
Lleva casi una hora esperando en el servicio de urgencias. Apuntaron su nombre, la atenderán, pero debe esperar su turno. Y parece desfallecer. Sigue con los ojos cerrados. Suda.
“Así estuvo toda la noche con esos sudores, por la calentura. Y a tose y tose. Ya andaba mal desde el viernes de la semana pasada. Fue a su clínica del Seguro Social, la 19, le dieron algo, pero nada que se compuso. Volvió a ir ayer, le dieron otras medicinas y pues se puso peor en la noche. Ya apenas amaneció nos fuimos al hospitalito, y de allá para acá…”, platica Lilia, la hermana.
Cae el sol inclemente. Hacen guardia bajo una carpa periodistas de televisoras de Italia, España, Inglaterra, Francia e Indonesia. Comparten los servicios de dos camarógrafos mexicanos. Todos con cubrebocas.
Esperan, buscan qué grabar, con quién hablar, qué toma, qué caso de dolor, de angustia, puedan atrapar y enviar a su público. Una de las reporteras se acerca a un grupo, seis personas jóvenes, con los ojos llorosos, con el desconsuelo en los corazones. Les dieron minutos antes una terrible noticia: nada queda por hacer, deben prepararse para lo peor. Nadie quiere responder, se dan la vuelta, se van a otro lugar.
Zona de hospitales. Zona de pasos lentos, muy lentos. De dolores diversos. De miradas sombrías. De vigilancia policiaca en todos los accesos a todos los edificios. Impide el paso a urgencias del INER un tipo uniformado, con el rifle cruzándole el pecho. Adentro, los pacientes y un acompañante para cada cual. Zona de filas de familiares de enfermos, cerca del mediodía, para recibir informes.
Una noticia, una más, golpea aún más, preocupa a quienes se forman. Los que vayan a entrar a las cuatro de la tarde a la visita al pabellón en el que están los que padecen neumonía asociada con la influenza ya no podrán acercarse a ellos, como lo habían hecho hasta ayer. Tendrán que verlos a través de los cristales. No saben bien a bien, es más, ignoran la causa.
“Mi marido ya se sentía mal como desde hace un mes. Estaba con que si le daba la gripa, con que no. Llegó la fiebre, y el dolor de cuerpo, de huesos, de cabeza, de ojos, de todo. No tenemos Seguro Social. Fuimos a un médico particular, le recetó antibióticos, dijo que era amigdalitis. Nada. Fuimos con otro, a un hospital chiquito. Más antibióticos. Siguió cada vez peor. Y pues venimos para acá. Sí, tiene la influenza, está delicado, pero me dicen que mejora. No, no le doy su nombre, no quiero que lo vayan a tratar como un apestado”, dice una señora evidentemente agobiada.
Y allá adentro, del otro lado del cristal, Bertha Cruz espera que la atiendan en Urgencias. Otra vez la cabeza hacia atrás, y los ojos cerrados. Y la fiebre. Y el dolor. Y el sudor. Y el miedo.
Y cerca y lejos de ahí, en la misma zona de hospitales… hay de longaniza, de tripa, de machitos y suadero, de guisado, de barbacoa… ¡taaacooos joooven, páaaaseleeeee!