Era el palacio de los políticos embozados, pero por causa justificada, por motivo comprensible. Y no sólo los integrantes de la Cámara de Diputados: todos en San Lázaro portaban los cubrebocas.
Pero también era la casa de los hacedores de leyes, un recinto para las impunidades, la inconciencia, la prepotencia y el desacato a las medidas gubernamentales.
Prohibido estaba que al Palacio Legislativo ingresaran niños. Se trata de protegerlos. Sin embargo, el diputado panista Ricardo Franco entró con cinco menores y su esposa. Nadie del personal de seguridad le impidió el paso. Atravesó la plaza central, siguió por un pasillo. Intentaba meter a su familia al estrictamente resguardado salón de sesiones. Entonces sí, ya no pudo continuar con el tour, ya no pudieron sentirse los suyos personajes de alguna película de suspenso, aventuras o catástrofe.
Un palacio que teóricamente estaba protegido por un fuerte cerco sanitario. Elementos de la Armada obsequiaban protectores de boca y nariz, pero no había médicos que en las entradas, como se había anunciado, revisaran a quienes llegaban.
Un espacio aparte en la ciudad de México. Virtual su extraterritorialidad, y con ello la desobediencia a las medidas del gobierno capitalino, los restaurantes de la Cámara funcionaron con normalidad. Se servían los alimentos a las mesas. Y los diputados que suelen fumar en esos establecimientos, porque se les daba la gana, pudieron hacerlo.
Diputadas y diputados, todos ataviados con sus cubrebocas, desconfiados unos de otros o precavidos, no chocaron o estrecharon sus manos. Ni un solo beso. Tampoco los característicos abrazos con tres palmadas en la espalda.
Una sesión que de cualquier modo empezó tarde. Antes de su inicio, el presidente de la Cámara de Diputados, César Duarte, anunció que por un acuerdo de la Junta de Coordinación Política, los legisladores seguirían lo que se dijera desde sus oficinas, pedían y escucharían en los monitores la transmisión televisiva y que cuando acudieran a votar lo harían en bloques, por grupos parlamentarios.
Sin embargo, eso no ocurrió. Ayer, que tenían pretexto para no permanecer en el salón, varios legisladores se quedaron. Las votaciones sí fueron en bloque, pero de iniciativa; se presentaban en conjunto a la asamblea, se ponían a discusión, que no había, y luego quedaban aprobadas. El quórum era de 360, alta la inasistencia.
Una Cámara de Diputados en una jornada inédita. Ahí también, como en tantas otras partes, “el nunca antes”.
Nunca antes se había visto así al palacio de San Lázaro. Nunca antes estuvieron tan aislados los representantes populares. De cualquier modo la tregua no fue total. Acordaron no incluir en el orden del día temas de controversia, pero los perredistas estaban molestos, preocupados:
“Quieren meter los panistas la iniciativa del Infonavit, la que transfiere 80% de los recursos del instituto a las afores que ellos y su gobierno ya quebraron”, alertaba Mónica Fernández.
Quizá por ello, Javier González Garza, líder de la fracción perredista, habló con el priísta Emilo Gamboa, después los dos subieron al lugar de la presidencia para dialogar con César Duarte, y posteriormente con el panista Héctor Larios. Lo lograron, el proyecto no entró, cuando menos en esta ocasión.
Diputadas, diputados, cada quien con su forma de ser y comportarse. Hubo quienes posaron para fotografías, juntos, abrazados.
Otros pusieron o recibieron autógrafos o dedicatorias, tal escolapios, en los tapabocas.
Todo ello en el palacio de los embozados, ayer con causa justificada.