El campanero de la Catedral Metropolitana ha tañido las campañas a rogativa durante toda la mañana, una combinación de sonidos que se escuchan como gemidos reprimidos de metal, hasta que el capellán ordena despedir a los visitantes y cerrar las puertas del principal templo católico.
Lo que sigue es un mediodía dominical de misa a puerta cerrada, pero transmitida por medios de comunicación electrónicos, como medida preventiva de contagios de influenza.
Millones de fieles se abstienen de acudir a sus templos cerrados; muchos visitan sus parroquias, a sabiendas de que aunque abiertas el domingo, será de oraciones personales y sin oficio religioso. La ciudad está bajo asedio del virus de la influenza porcina.
Sin embargo, pese a la gravedad de la situación sanitaria, que impone la recomendación de que los fieles no se aglomeren, en distintos rumbos de la urbe miles de habitantes olvidan las medidas preventivas y van a comer al tianguis. Y de compras, sin cubrebocas. Entran en el contacto que líderes religiosos quisieron evitar.
En la Diócesis hay parroquias que no abrieron, como la del Santísimo Redentor, de Río Grijalva y Río Poo, en la colonia Cuauhtémoc. Hay avisos de que por orden del cardenal Norberto Rivera no debe haber misas, como medida solidaria con las autoridades. En avenida Madero, cerrada con candados, la reja de la iglesia de La Profesa, joya del arte y la historia nacional, queda en silencio.
Otros templos han abierto, unos de par en par; otros, sólo una hoja de sus portones, en sutil señal de que no hay servicio. En la parroquia de San Cosme y San Damián, en la colonia San Rafael, una cartulina confirma: “No habrá misa”. Allí los santos están solos.
De cuando en cuando entran creyentes con cubrebocas y miradas de desconcierto. Rezan. Se contagian de un nuevo virus: la desolación. El antídoto no llegará por ahora: la vida, el bullicio, la actividad de los parroquianos.
En la iglesia de San Judas Tadeo, en Reforma e Hidalgo, se congrega un mayor número de fieles, pero escaso. El padre Jesús, desde el altar, dice a su feligresía: “Diosito y San Juditas nos van a echar la mano”.
Y en otras partes de la ciudad, en los tianguis, el almuerzo con barbacoa, carnitas, antojitos varios, abre una pausa en la batalla contra el virus que ha venido al mundo en México. Es el día tres de la emergencia.