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Yes, we can, dijo FCH a un cordial Obama


Viernes 17 de abril de 2009 Fidel Samaniego | El Universal
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fidel.samaniego@eluniversal.com.mx

Es Barack Obama, con su natural cordialidad...

“Adiós”, dice en español a quienes le aclaman desde una de las tribunas cuando ya se marcha, con Felipe Calderón, hacia el interior de la residencia oficial de Los Pinos para, entonces sí, hablar los dos a solas de una compleja relación bilateral, la de los países que gobiernan.

Es él, con su andar cadencioso, ágil. Parecería una estrella del basquetbol vestido con su traje Hart Schaffner de mil 500 dólares.

Obama y su sonrisa. Y la inclinación de la cabeza para agradecer los aplausos. Y la mano que se agita en el aire caliente para saludar a quienes acudieron a verlo.

Precisamente a eso, a verlo. No a escucharlo. A contemplar su gran estatura, y el pelo que le recorta cada semana su peluquero de confianza, y la pulsera de tela en la muñeca derecha, amuleto que perteneció a un combatiente en Irak. Pero, sobre todo, fueron a ver de cerca esa su piel... el color de la misma.

Barack Obama, sin Michelle. El del rítmico andar, pero ya con los pasos que marcan rutas. Y el ropaje que no se puede cuantificar en billetes verdes, el del poder más grande en la tierra, porque él es el presidente de Estados Unidos.

Llegó a bordo de La Bestia, la súper blindada limusina, en un recorrido breve y rigurosamente vigilado, desde el Campo Marte adonde aterrizó el helicóptero.

Lo esperaba el presidente Calderón. Estrecharon sus manos, intercambiaron unas cuantas palabras, y caminaron entre la valla de cadetes del Colegio Militar.

Cruzaron la explanada hacia el templete, al pie del monumento a Francisco I. Madero. Ahí estaban ya Margarita Zavala de Calderón y los integrantes de las dos comitivas.

Eran momentos solemnes. Se entonaban los himnos. Cuando se escuchaba el de Estados Unidos, los alumnos de una de las escuelas privadas invitadas al acto cruzaron los brazos para tocarse el pecho a la altura del corazón, como lo hizo el presidente Obama.

Luego, los discursos.

Y el hombre que venció a gigantes, a temores y a tabúes unía sus manos, entrelazaba los dedos, su cuerpo estaba medio encorvado. Atento escuchaba las palabras de su anfitrión, las que llevaban el recuerdo de otra visita tan especial, la de John F. Kennedy, hace casi medio siglo.

Un mensaje, el del presidente mexicano, que concluía en inglés, para insistir en la invitación a construir una nueva era. “Yes, we can” remataba con la frase que fue de campaña de Barack Obama, que hicieron suya millones de personas.

La respuesta, cortés. No llevaba el mandatario visitante ningún texto preparado. Hacía enrojecer a Margarita Zavala al mencionarla como “una maravillosa primera dama”. Y provocaba los gritos de los escolapios al referirse a ellos, a su presencia, su alegría.

Discursos, ceremonia, supuestamente a salvo de peligros, con fuerte custodia, pero a cielo abierto, y con el vuelo, precisamente por ahí, arriba, no tan alto, de al menos tres aviones comerciales.

Obama, el estadista cordial. Dio en la ceremonia, en distintos momentos, tres palmadas en la espalda y el hombro del mandatario mexicano. Y recibió los saludos de su comitiva. Exagerada, muy ceremoniosa la reverencia del secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont. Otra palmada para Agustín Carstens, el secretario de Hacienda, varias frases, amable el gesto hacia la canciller Patricia Espinosa.

El presidente de la nación que sigue siendo imperio, y su falta de práctica en las cuestiones protocolarias. Pasaban revista a la guardia de honor. Iba a seguir de largo, pero Calderón le señalaba discretamente que deberían detenerse para que las banderas se abatieran ante ellos.

Barack superstar. Divertido escuchaba los aullidos, agudos gritos de las adolescentes al estar cerca de ellas. Espontáneo se acercó a una tribuna, chocó palmas con un chiquillo.

Y ya se marchan.

Él y su cordial naturalidad.

Y su andar como con ritmo, como sin prisa. Y ese balanceo del largo cuerpo. Parece pues un jugador de basquet metido en fino traje. Pero sus pasos, son ya los que uno, sólo uno puede dar: el más poderoso en la faz de la tierra.



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