WASHINGTON.— Cuando Barack Obama llegue mañana a Trinidad y Tobago, para verse con los jefes de Estado y de gobierno de América Latina, llevará el mismo diagnóstico al que se llegó en la cumbre del G-20 en Londres: el fin del Consenso de Washington, que apostó desde los 80 en favor de aplicar el neoliberalismo como medio para abrir el mercado laboral de las economías del mundo subdesarrollado a la desregulación y a la explotación de compañías desarrolladas.
José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, declaró: “Hoy, al menos tenemos una agenda en común, en la que además existe la oportunidad de reponer la buena voluntad política a nivel hemisférico” con EU, añadió, al mencionar como temas prioritarios de esta quinta cumbre de Las Américas el financiamiento al desarrollo, la lucha contra la pobreza, el calentamiento global, la lucha contra el narcotráfico, el fenómeno de la migración, la democracia y la gobernabilidad.
En la primera cumbre de Las Américas, en Miami, Florida, en diciembre de 1994, el tema que dominó fue el deseo de EU de crear el Área de Libre Comercio de Las Américas (ALCA). Once años más tarde, este impulso había caído en la cuarta cumbre de Mar de Plata, Argentina, ante las “diferencias irreconciliables” sobre el futuro comercial de la región y por las asimetrías patentes en los niveles de desarrollo y tamaño de las economías.
Protagonista de este desencuentro —que cerró el paso al intento de aceptar sin chistar los subsidios agrícolas que EU ha defendido en la Organización Mundial de Comercio—, fue Brasil que logró mantener un equilibrio que años más tarde le convertirían en el interlocutor de excepción que es hoy.
Desde entonces, las relaciones entre Washington y el resto del continente han entrado en un impasse. Aunado a ello, los continuos roces y desencuentros entre EU y los gobiernos de Bolivia, Venezuela y Ecuador no han mejorado en mucho el ambiente de diálogo y cooperación en la región.