Era una reunión entre la tormenta la que se realizaba aquella tarde de septiembre en uno de los jardines del Palacio Legislativo de San Lázaro. Sin embargo, los participantes, representantes de todos los partidos, no sólo estaban a salvo del agua gracias a la tienda bajo la cual se sirvió la comida.
Había ahí un evidente clima de cordialidad, risas, bromas y acuerdos. Insólitas las escenas, las voces, la actitud de quienes, adversarios políticos, estaban a la misma mesa convocado por el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro Robles, quien de entrada, antes de que se sirviera el primer plato, les dijo abiertamente a lo que iba, a pedir que no se le recortara el presupuesto, ni a la máxima casa de estudios —como lo proponía el proyecto del Ejecutivo federal— ni, en general, a las universidades públicas del país.
Una exposición, la de Narro, puntual, enérgica. Después, se dispuso a escuchar, les pidió que le hablaran con sinceridad. Y lo hicieron. Y ellas, ellos, los contrarios, coincidieron: harían todo lo posible, se comprometían, para que la UNAM contara con los recursos necesarios.
Luego, ya en los postres, las bromas. Alguien le dijo a Narro que en su tierra, en su estado, Coahuila, es bien visto, tiene popularidad, puede tener futuro político. “¡No, gracias!”, repuso éste de inmediato. Se escucharon las carcajadas.
Cuando las mismas se apagaron, sentenció: “Mi pasado, mi presente, mi futuro, son y están en la Universidad”. Y a nadie le cupo duda, el que ha sido estudiante, catedrático, funcionario, director de la Facultad de Medicina, y por fin, tras cuatro intentos, rector, hablaba absolutamente en serio, con incuestionable sinceridad.
La reunión terminó con un “¡Goooyaaa!” que brotó fuerte de todos los pechos.
De San Lázaro, Narro se fue entonces al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México para abordar un avión que lo llevaría a Santiago de Chile.
Llegó al amanecer, fue a un hotel a darse un baño, a cambiarse, y luego a cumplir con el compromiso: un encuentro de rectores de universidades latinoamericanas.
Apenas concluyó el evento, otra vez al aeropuerto, otro vuelo de toda la noche, para retornar a la ciudad de México el sábado por la mañana. Y es que el rector no quería faltar a otra cita, el juego de futbol americano en Toluca entre sus Pumas de CU y las Águilas Blancas del Politécnico. Al mediodía, ya entonaba entusiasta otro “¡Gooyaaa!”.
Semanas más tarde, apenas terminó otro partido de americano, el rector se fue a la terminal aérea para otro viaje, a Guadalajara. Comería con Raúl Padilla, diputado panista, presidente de la Comisión de Presupuesto, el mismo que en 2007, levantó polémica por criticar el nivel académico y el sistema de calificaciones de la UNAM, se manifestaba en favor de que se le recortaran los recursos a la institución.
El legislador, vicepresidente del equipo de futbol Atlas, invitó a Narro al juego en el estadio Jalisco de su equipo contra los Pumas. “Mira, que no pierdan los nuestros, digamos que un empate, para que el diputado no se enoje, todo sea por el presupuesto”, comentó Narro a un amigo, cuando estaba por partir.
José Narro Robles. Tiene 61 años. Nació en Saltillo, Coahuila. Llegó adolescente a la ciudad de México, aquí estudió la secundaria, la preparatoria, y la carrera de Medicina en la UNAM. Hizo el posgrado en la universidad inglesa de Birmingham.
Universitario al 100%, se define. Tenía 26 años cuando dio las primeras clases en su Facultad. No dejó la cátedra cuando desempeñó cargos fuera del campus, como director general de Servicios Médicos en el Distrito Federal, secretario general del IMSS, subsecretario de Gobernación.
Y ahora, como rector que es desde el martes 13 de noviembre de 2007, continúa con sus clases de Salud Pública en la Facultad de Medicina, lunes y viernes, a las siete de la mañana. Esos días llega un poco tarde a su oficina, cerca de las nueve, de martes a jueves, a las ocho, ya está ahí.
Y frecuentes son sus caminatas por la Ciudad Universitaria, sus charlas con alumnos, maestros.
“Este rector no descansa. Habría que hacerle el antidoping”, dijo alguna vez en broma Renato Dávalos, uno de los integrantes de su equipo de prensa. Con su habitual buen humor, al enterarse, Narro le dijo que con el resultado de dicho estudio, le mandaría otro documento, la no renovación de su contrato.
José Narro Robles, el que sin embargo, en ocasiones se enoja, y mucho, explota, como hace unos días, cuando leyó la noticia de una mentira, la de los dirigentes perredistas que aseguraban que él les habría pedido o aceptado tres diputaciones para la UNAM.
Era entonces una mezcla de león enojado, toro bravo, puma furioso. A fin de cuentas, un rector que precisamente con ese cargo, ha alcanzado su máxima aspiración. Un tipo de sangre azul y oro, al 100%.