En las unidades de terapia intensiva de los hospitales públicos y privados del país hay casos de personas, como el de la italiana Eluana Englaro, conectadas a aparatos que las mantienen con vida o al suministro permanente de sueros que las hidratan y las nutren por periodos que van de unos cuantos días hasta varios años.
Personal de la clínica 24 del Instituto Mexicano del Seguro Social da testimonio de este tipo de casos. De entre los pacientes que han tenido recuerdan de manera especial a un hombre que tenía diabetes e insuficiencia renal crónica y que permaneció conectado a un ventilador que le dio aire y vida artificial durante siete años.
Las hijas del paciente, cuentan las enfermeras que vivieron de cerca este caso, siempre se rehusaron a dejarlo sin asistencia médica, aunque ya no había nada qué hacer por él.
Las hijas estuvieron al tanto de la salud de su padre, pero tuvieron problemas familiares y laborales por el tiempo que dedicaban a su papá.
Estas historias se han vuelto comunes, pero las autoridades del sector salud no cuentan con un registro que permita ubicar si alguien ha permanecido en esas condiciones cerca o más de los 17 años que vivió la italiana en coma.
Pero no son las únicas, recuerda Nora Godínez Cubillo, especialista de la Clínica del Dolor del Hospital General de México. Junto a este tipo de historias se encuentran otras igual de dolorosas: las de los pacientes que viven una enfermedad terminal y que ya no quieren maniobras extraordinarias para prolongarles la vida y lo único que desean es irse tranquilos a su casa a “bien morir”.
Se trata de las vidas de alrededor de 40 mil personas que, según la Secretaría de Salud, al año son diagnosticadas con enfermedad en fase terminal, que son males incurables, con un pronóstico de vida de menos de seis meses.
Lo grave, comenta Godínez, es cuando entran a la última fase, pues ya no pueden hablar y son los familiares quienes piden que se “haga todo lo posible” por salvarles la vida, o cuando los mismos médicos, por querer ganar la carrera a la muerte, caen en un “encarnecimiento terapéutico”.
“Aunque eso implique meterle un ventilador, ponerle una sonda para alimentarla, un tubo en la tráquea y todo con el afán de prolongarle la vida, pero más bien, es prolongarle la agonía”, indica la especialista.
Precisamente para evitar que por esta situación se llegue a la eutanasia (muerte asistida), en los dos últimos años entraron en vigor dos reformas, una local, en el Distrito Federal, y otra a nivel federal.
Esta última, por su alcance nacional, permite, desde el 6 de enero pasado, que los enfermos terminales —o en su caso sus familiares— opten por tratamientos que prolonguen su vida, aunque estén desahuciados, o por recibir, en el hospital o en casa, un tratamiento paliativo que sólo mitigue el dolor.
Sin que esto implique que se permita la eutanasia, pues si bien los médicos pueden dejar de suministrar tratamientos curativos, no pueden privar a los pacientes de los elementos que los mantienen con vida, aunque sea de manera artificial, ya que eso sería una muerte provocada voluntariamente.
A partir de la entrada en vigor de esta última reforma, médicos del sector salud federal coinciden en que, cada vez más, los enfermos en fase terminal están optando por abandonar los hospitales para morir en compañía de sus familiares.
Hasta el momento las autoridades del sector salud federal no cuentan con un registro de cuántos pacientes han optado por recibir sólo tratamientos paliativos y contra el dolor para recibir la muerte en sus hogares. La única referencia que existe para este tipo de casos es la que ha dado a conocer la Secretaría de Salud del DF, que reportó que en el último año 91 personas decidieron que se les aplicara la llamada Ley de Voluntad Anticipada, similar a la ley federal que apenas entró en vigor.
Para Ernesto Saro Boardman, presidente de la Comisión de Salud de la Cámara de Senadores, la Ley General de Salud en Materia de Cuidados Paliativos es un atajo a la eutanasia, pero aclara que por ningún motivo se puede suspender la oxigenación, la hidratación y la nutrición a un paciente. Así, asegura, en México definitivamente no se hubiera podido hacer lo que ocurrió con la italiana Eulana Englaro.
Lo que sí se puede hacer, afirma, es suspender un tratamiento curativo que no le va a prolongar la vida, sino la agonía, pero sólo a petición del paciente.
Incluso, agrega Saro Boardman, esta Ley de Cuidados Paliativos permite ciertas intervenciones médicas que acortan la vida y controlan el dolor.
Se trata de una opinión que no comparte Federico Ortiz Quesada, uno de los especialistas en la materia y el primero en realizar un trasplante de órgano en el país, en España y en Latinoamérica.
Para él, el problema con las leyes aprobadas es que sólo buscan disfrazar la realidad y darle la vuelta al tema de la eutanasia.
El autor de más de 2 mil artículos y de 35 libros entre ellos Muerte, morir y mortalidad, considera que una eutanasia bien aplicada y con los controles adecuados es muy deseable.
Hay casos en que una eutanasia sería un alivio para una persona; por ejemplo, hay niños que nacieron con defectos congénitos graves que les impiden vivir y no hay posibilidades de curarlos y ahí, dice, se justifica una muerte digna.
Ortiz Quesada asegura que el jurista y el religioso no ven el dolor de la persona que está sufriendo, ya que están al margen de la muerte, a diferencia de los médicos que conviven a diario con ella.
Desde su experiencia, la labor del médico es informar al paciente o a sus familiares del estado de salud y las expectativas que tiene de vida.