El hombre sin nervios, el relax en carne y hueso, tuvo que estirar el cuello al micrófono inalcanzable. Su sentido práctico de las cosas le dictó algo insólito en política: tiró al piso las tres pulgadas de papeles y carpetas que cargaba bajo el brazo, y subió a ese ladrillo improvisado, con lo que resolvió la cuestión de la estatura. Bromista, amigo de la guasa en serio, dijo:
Ahora sí. Estoy a sus órdenes (para dar declaraciones) y hasta para contar chistes.
Los periodistas del Senado lo habían conocido como presidente de la Comisión de Hacienda. Activo, eficiente, accesible, sin séquito de colaboradores; lo habían visto como un senador de la grey panista. Y punto.
Al ser desbancado Santiago Creel, por una orden del presidente del PAN, Germán Martínez, ganó la rifa del tigre, él, un militante sin las sedas de la política palaciega.
A partir de ese 10 de junio de 2008 tenía que vérselas con los lobos del cabildeo, la negociación, en un proceso crucial del sexenio, la discusión de la reforma petrolera, la más compleja que ha habido.
Gustavo Enrique Madero Muñoz, oriundo de Chihuahua (16 diciembre 1955), padre de familia (dos hijas), licenciado en Ciencias de la Comunicación (ITESO), es definido por quienes lo conocen como un técnico difícil de mover a terreno ajeno.
“Siempre llega preparado”, dicen quienes lo han escuchado en tarea de acuerdos.
El comunicólogo quedó atrás cuando Madero emprendió los estudios de Finanzas Internacionales (Tec de Monterrey) y de Alta Dirección (IPADE), que marcarían su ingreso a las esferas de la élite hacendaria.
Tenaz colaborador de Francisco Barrio, en el gobierno de Chihuahua, probó la derrota electoral, al aspirar a ser alcalde; pero ganó una curul, su boleto a la presidencia de la Comisión de Hacienda de San Lázaro.
La 59 Legislatura (2003-2006) selló el destino de Madero, quien pudo tejer en esos años relaciones con personajes clave en la actual administración de Felipe Calderón: Agustín Carstens, operador de Hacienda en el Congreso, y Juan Molinar (IMSS), compañero en temas hacendarios.
El Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE), escuela de la élite empresarial y financiera, habría preparado a Madero. “Sabe arrastrar el lápiz, como técnico; es lo suyo”, comenta un observador del quehacer de la bancada panista.
Es un cincuentón de buen trato, de sangre liviana, que suele romper el hielo antes de negociar con una broma, tras la cual se atrinchera, dicen.
Donde no hay jugadas de pizarrón, donde los políticos brillan, en habilidades de salón, está el margen de fallos de Madero, de los cuales tiene colección. Son equívocos irrisorios, que causan malestar fugaz y, sin embargo, dejan ver su meta: ser candidato del PAN a la gubernatura de Chihuahua.
Si iba a decir chistes en su liderato, una de sus puntadas fue cuando dijo (8 diciembre de 2008) que habría que erigir un monumento a Carstens —“¡qué atrevido, ¿verdad?”—, por asegurar el precio del petróleo.
Esa gracejada es la excepción en el rosario de choques, como el que tuvo con el gobernador de su estado, José Reyes Baeza (PRI), quien tiene el lema “Tierra de encuentro”.
Madero jugó: “Encuentro, sí, de un cadáver acá y otro allá...”
Reyes, un lobo político, aprovechó la reunión de seguridad pública (28 noviembre de 2008) para reprochar al presidente Calderón la ironía. Así exhibió el cordón umbilical de Madero respecto de Los Pinos.
En su día (2 diciembre de 2008) abrió un forcejeo con el gobernador de Coahuila, Humberto Moreira (PRI), por la iniciativa de pena muerte; y después (21 de enero) arremetió contra el IFE, por investigar a los “políticamente expuestos”. Siguió con Manuel Espino, a quien echó de una residencia del PAN en Las Lomas.
Orgullo personal es un fuerte rasgo de su carácter. Es sobrino nieto del revolucionario que desterró a Porfirio Díaz. Y tienen un parecido de gota de agua.
Pero su orgullo no es de mármol, sino de un talante informal:
—La familia de mi abuelo Evaristo era de 14 Maderitos, ¡Maderotes!, y varias mujeres. Era hermano de Francisco Ygnacio (con ye), de Gustavo, y todos ellos.
Ese es Gustavo Enrique Madero, con un pie en la historia y otro en la élite financiera, que se ríe de su estatura, sin grupo en el Senado, con la eficiencia necesaria para salvar del naufragio la reforma petrolera.
Tenaz, informal y sin aura de poder.