A su edad, con su trayectoria… y era su primera vez. Por eso, y por algo más, ese día Emilio Chuayffet Chemor estaba nervioso, incluso un poco temeroso. Pero tenía que hacerlo. Y quería hacerlo. Así, en cuanto escuchó su nombre, se puso de pie, caminó al frente del salón de sesiones, llegó a la tribuna y habló. Una intervención en la que a los pocos segundos, a las pocas palabras, ya había retomado su seguridad, y pudo expresar de manera brillante los argumentos.
Cuando terminó, sus compañeros priístas se pusieron de pie, le aplaudieron. La coordinadora de su fracción, Elba Esther Gordillo, le dio un abrazo, un beso; lo felicitó sin reservas. Poco después, ya en su curul, quien para entonces ya había sido alcalde de Toluca, director de la Procuraduría Federal del Consumidor y director general del Instituto Federal Electoral, gobernador del estado de México y secretario de Gobernación, platicaba sobre su primera experiencia como diputado participante en un debate.
“Sí, tuve unos pocos de nervios, pero me controlé. La tribuna, el recinto, imponen. Y sí, me temía que me hicieran algún escándalo, que los del PRD me gritaran algo relacionado con lo de Acteal, pero no. Ya cuando bajé y pasé junto a ellos, alguien me dijo: ‘¡Adiós pingüino!’, como el enemigo de Batman, y ni modo que me parara para decirle que eso no es mi culpa, que así me hicieron mis papás, defectuoso, chaparro y con las patas planas”.
Acteal. La matanza en esa comunidad chiapaneca, el 22 de diciembre de 1997, le costó el puesto, tuvo que abandonar la Secretaría de Gobernación semanas más tarde. Siempre dijo que nada tuvo que ver con esa masacre. Aseguró que algún día escribiría su versión sobre los hechos.
Gobernación. La conducción de la política interior del país. Tuvo que pedir licencia como mandatario mexiquense. Semanas atrás, en una gira por su entidad, el entonces presidente Ernesto Zedillo le comentó que había columnistas que ya lo ubicaban en el palacio de Cobián, en Bucareli. Chuayffet, con su perspicacia, se percató de que el jefe del Ejecutivo federal lo estaba sondeando o preparando para ofrecerle, ordenarle que se integrara al gabinete. Le dijo que por diversas razones en su estado habían pasado ya varios gobernadores que no completaban el sexenio.
“Lo juro, no quería venir a la ciudad de México; gobernar mi entidad había sido el mayor anhelo de mi vida política”, ha contado. Pero vino. Y Zedillo le dio posesión como secretario en un evento sin precedentes, en Palacio Nacional, ante el gabinete en pleno. “Y por las formas, por esa deferencia, por la forma en que llegué, en ese mismo acto me di cuenta, lo sentí, que había quien apuntaba contra mí sus proyectiles políticos; su nombre… Liébano”, confiaría cuando reapareció, después de los días, meses, años de ostracismo, de amargura, de aislarse, encerrarse en su casa, dolido por quedarse sin la gubernatura y sin la secretaría, por la forma en que fue removido.
Emilio Chuayffet, el que es sin duda brillante, pero controvertido. El que tuvo que luchar contra la adversidad desde muy chico: sus padres murieron en un accidente de carretera. Buen estudiante, competitivo. Cuando estaba por terminar la carrera de abogado en la UNAM, competía con una joven por el mejor promedio. En el último de los exámenes, a ella le bajó el maestro un punto por un error de sintaxis. La chica salió llorando. Él la consolaba, pero íntimamente se alegraba. Sería el número uno. Luego, con remordimiento, la invitó a tomar un café, charlaron, se cayeron bien, le pidió a ella, Olga, que fuera su esposa.
Y pasó el tiempo. Una mañana, en la salutación por el Año Nuevo, Carlos Salinas, que era presidente, le preguntó si era cierto que buscaba ser gobernador. “Creo que todo mexicano nacido en las entidades federativas quiere serlo, es… debe ser el mayor honor para uno”. Y lo fue. Y dejó de serlo para unirse al gabinete zedillista. Y cayó. Y retornó como diputado. Y a poco de serlo se enfrentó con Elba Esther Gordillo; fue de quienes encabezaron el movimiento para desconocerla como coordinadora de la fracción. Una mañana tomaron café para buscar un acuerdo. Ella le dijo que quería que se le recordara como reformadora; le preguntó si él había pensado alguna vez qué querría que estuviese escrito en su epitafio.
Ya como líder de su bancada, cerca el proceso electoral de 2006, Chuayffet intentó llegar al Senado. Roberto Madrazo le dijo que estaría en la lista. No fue así. Se enojó. Pero ya no se enclaustró. Desde que Enrique Peña Nieto era candidato, estuvo cerca de él, ha permanecido así. “Estoy en la reserva estratégica”, comentó bromista. Pero, dicen sus cercanos, se prepara para una nueva reaparición en el Palacio Legislativo de San Lázaro; podría llegar ya no como plurinominal, estaría dispuesto a competir en la elección, a ganar en el distrito que le tocara.
Emilio Chuayffet. El competitivo. Al que siempre le ha gustado ganar…