La diferencia es que según sus críticos, Cheney no tiene ninguna de las virtudes de Richelieu, más conocido como el villano y ambicioso gobernante en las sombras y coprotagonista de “Los Tres Mosqueteros”.
Nacido el 30 de enero de 1941 y casado con Lynne, su novia de la adolescencia, Cheney es considerado como el más influyente y poderoso vicepresidente que haya tenido jamás Estados Unidos. Uno que por un lado se opone al aborto pero apoya a su hija homosexual, uno que pone su salud (padece del corazón) en juego por su país pero es inclemente con sus adversarios y críticos; uno, en fin que podría sentarse a la mesa con Richelieu...
Y al igual que el verdadero Richelieu, que dedicó mucho de su trabajo a expandir y consolidar el poder del gobierno central de Francia, encabezado por el rey, Cheney dedicó gran parte de su actividad a ampliar los poderes del Poder Ejecutivo estadounidense.
Pero al hacerlo, propició una cultura de secrecía, de falta de transparencia y aún de tal abuso de autoridad que llegó a asegurar que su oficina de vicepresidente no estaba sujeta a leyes que ponen sus documentos a disposición pública o de los archivos gubernamentales.
En alguna forma, como ocurrió con el presidente George W. Bush, su actitud fue en buena medida conformada y transformada por los atentados del 11 de septiembre de 2001, que dieron justificación a los atávicos temores de muchos estadounidenses.
Pero si Bush fue transformado, al menos en lenguaje, de un hombre que proponía un “conservadurismo compasivo” al que demandaba “con nosotros o contra nosotros”, Cheney es en gran medida el mismo ideológicamente comprometido que fue como ayudante de Donald Rumsfeld en el gobierno de Richard Nixon y luego jefe de asesores del presidente Gerald Ford; como diputado republicano por su natal Wyoming y luego como secretario de Defensa de George H.W. Bush.
El Servicio Secreto impuso a Cheney el sobrenombre en código de angler (en referencia a su estilo de pesca con caña), pero tal vez no por accidente, implica también alguien que busca los ángulos de las cosas. “Tal vez debí volver al que me dieron en el gobierno Ford (1974-76)”, dijo Cheney alguna vez al recordar que su nombre en código era Backseat (asiento trasero).
Cuando terminó el gobierno de Bush padre en 1992, Cheney, como otros funcionarios del área político militar de ese régimen, salieron con el prestigio y el aura de haber sido los vencedores en la primera Guerra del Golfo, cuando una coalición encabezada por EU obligó a que las fuerzas iraquíes de Saddam Hussein abandonaran Kuwait.
Cheney, sin embargo, se dedica a cosas más prácticas y fue nombrado presidente del conglomerado “Halliburton”, que ciertamente no fue perjudicado por los contactos de Cheney en el Congreso y el gobierno de EU. En sus ocho años al frente de la empresa Cheney se hizo millonario.
Pero la política es adictiva y cuando Bush hijo lo llamó para que se hiciera cargo de su proceso de selección de candidato a vicepresidente, tras examinar todos los ángulos y eliminar a los posibles aspirantes, Cheney llegó a la conclusión de que el mejor candidato era él, una idea que el propio Bush tenía ya en mente.
De hecho no parecía una mala selección. Alan Greenspan, el casi mítico ex presidente de la Reserva Federal, considera que el intelecto de Cheney es comparable a los de Nixon o Bill Clinton, pero los supera en la conversión de metas estratégicas en planes operacionales.
A partir de ese momento y ante la raquítica reputación intelectual de Bush, Cheney fue calificado como un copresidente “en las sombras” y aún comparado con el villano Darth Vader de La Guerra de las Galaxias pero sin su redención final.
Cheney es señalado como coautor de la debacle financiera de EU, luego de asegurar en algún momento que “Ronald Reagan demostró que los déficit no importan” para defender las políticas económicas ultraliberales que impulsó la derecha republicana.
De acuerdo con The New York Times Bush suena como introspectivo y hasta apologético en sus últimas entrevistas, Cheney mantiene su combatividad: “me siento muy bien con lo que hicimos... si volviera a estar en las mismas circunstancias, haría exactamente lo mismo”.
Richelieu no lo hubiera dicho mejor.