Juan Camilo Mouriño Terrazo y sus acompañantes hallaron la muerte a sólo 12.5 kilómetros de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.
La tarde del 4 de noviembre miles de personas padecían el tráfico del DF o contaban los minutos para irse a su hogar. Una mujer olvidaba su computadora y volvía a su oficina, mientras su esposo la esperaba en la calle. La muerte le llegó literalmente del cielo antes que ella, quien se salvó de morir.
Trazos de vida cotidiana en una estrecha calle escondida entre avenida Reforma y Periférico, donde cayó el avión de Mouriño.
A las 18:42 horas, según registros oficiales, un controlador aéreo gritó: “¡Emergencia!”. Pero el Learjet 45, matrícula XC-VMC, desapareció de sus radares. A una decena de kilómetros, el aeroplano se llenaba de gritos de terror.
El 15 de noviembre, la SCT, a cargo de un político experimentado como Luis Téllez, informó que hubo errores atribuibles a la tripulación. Impericia, dijeron. Nada que remediar, pues los pilotos murieron.
“Diosito”
“Disculpe, ¿en cuánto tiempo llegamos?”, preguntó una voz femenina.
“Once minutos”, respondió Martín de Jesús Oliva, capitán de la nave. Álvaro Sánchez y Jiménez, copiloto, secundó: “Esta época es de viajes tranquilísimos”.
Pero la suerte cambió. La turbulencia los atrapó. El copiloto ya nunca pudo enderezar el Learjet. Y antes de estrellarse, el piloto clamó: “Diosito”.
Preguntas
Días después, el titular de la SFP, Salvador Vega, declaró que lo que mató a Mouriño y a 16 personas en total fue la corrupción. A la fecha, solamente se ha separado de su cargo al director de Adquisiciones, Almacenes e Inventarios de Gobernación, Carlos Juraidini, uno de los responsables de la compra del Learjet.
La medianoche del 4 de noviembre, el presidente Felipe Calderón dijo a sus secretarios de Defensa y Marina, al director del Cisen y otros altos funcionarios: “No hay nada que nos indique que haya sido un atentado”.
En el imaginario colectivo aún queda la duda.