En la tibia y madura tarde de San Lázaro, una escena era el claro reflejo del estado de las negociaciones para el presupuesto federal: Sentado en el respaldo de una de las bancas de concreto, en el patio central del Palacio Legislativo, como si fuera un escolapio, el subsecretario de Ingresos de Hacienda, José Antonio Meade, platicaba plácidamente con el diputado priísta Raúl Cervantes, bromeaban, se reían.
A unos metros de ellos, en un amplio círculo, varios integrantes de la bancada del PRI comentaban sobre lo obtenido para sus estados. Se decían satisfechos. Del otro lado del cristal, en el restaurante, legisladores perredistas comían, disfrutaban un bueno pero barato vino tinto. Compañeros suyos, de los cercanos a Andrés Manuel López Obrador, en otra mesa, consumían sus alimentos; uno de ellos saboreaba un pedazo de aguacate, lejos parecían de estar alterados o inconformes.
Momentos apacibles en la Cámara de Diputados. Tempranera se asomaba en lo alto la luna llena. Otros dos de los estratégicos operadores del secretario de Hacienda, el subsecretario de Egresos, Dionisio Pérez-Jácome y el coordinador de asesores, Manuel Minjares, salían de los salones donde se daban los toques finales al proyecto.
Se vivía una espera sin tensiones. Afuera del Palacio Legislativo no estaban las huestes lopezobradoristas ni ellos ni su líder llegaron para presionar con el fin de que la propuesta económica del ex candidato fuese considerada en el presupuesto.
“Todos los programas que quería Andrés Manuel cuestan cerca de 350 mil millones de pesos, más de siete veces que la bolsa de recursos con la que negociamos los partidos, los gobierno estatales y municipales, y los diversos proyectos. De cualquier modo, sí hubo incremento en el monto para becas, y para el apoyo a adultos mayores, por ejemplo”, confió un representante del PRD en las conversaciones.
Lo cierto fue que, de acuerdo con los que negociaron, sí hubo acercamientos del PRD con el gobierno federal, y luego con el PRI, y acordaron que la propuesta del Ejecutivo no se tocó, y se repartieron la llamada bolsa adicional, algo más de 60 mil millones de pesos.
Negociaciones en diversos escenarios. En su oficina, el secretario Agustín Carstens se reunió con los líderes de las bancadas, con los dirigentes de los principales sindicatos y con empresarios. En otros locales, lo hicieron sus operadores con legisladores.
Encuentros durante todo el fin de semana. Y ayer en San Lázaro, para terminar de tejer la cobija. Y los jaloneos de la misma, de última hora. Y una imagen, en la tranquila tarde decía mucho: como niño de escuela, un influyente subsecretario se sentaba en el respaldo de una banca, platicaba, se reía.