francisco.resendiz@eluniversal.com.mxAnochece en la “zona cero” de Molino del Rey. Aquí la tragedia tiene olor a tierra mojada, a hierro fundido, a combustible y a dolor… tiene el rostro de la incertidumbre y la incredulidad y tiene la voz del silencio de unos, el grito de otros y el sollozo de unos pocos.
En el enclave de las calles de Pedregal, Ferrocarril de Cuernavaca y Monte Pelvoux, las primeras 24 horas de la trágica muerte del secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, transcurrieron despacio… bajo la mirada de miles que llegaron en oleadas a saciar su curiosidad de desgracia.
Más de 100 militares y 400 policías federales desplegados en un área de dos manzanas cerraron el paso a los ajenos, a los curiosos.
A lo lejos se observa el trabajo de los peritos federales y capitalinos, y hasta estadounidenses.
Autos calcinados y puestos de comida destrozados, la huella que dejó el impacto del jet en el que también murió el ex encargado de la lucha contra el hampa organizada, José Luis Santiago Vasconcelos.
En la pared de un edificio hay marcas de algo que parece sangre…
Aquí, el 4 de noviembre, en medio de la tragedia se vivieron escenas de solidaridad cuando vecinos se acercaron a ayudar, pero al día siguiente los que estaban más cerca, los taxistas del Sitio 102, ahora buscan sacar provecho de la desgracia. “¿Cuánto estas dispuesto a pagar para que te platique lo que vimos”, sugiere uno de los trabajadores del volante.
Ahora saben o creen saber que su testimonio tiene precio.
Así pues, en la madrugada llegó el procurador General de la República Eduardo Medina Mora, por la mañana el secretario de Comunicaciones, Luis Téllez. No emitieron juicios ni declaraciones.
Para las ocho de la mañana llegaron ejecutivos y oficinistas que laboran en la zona. Algunos veían de rápido, pero con visible incredulidad. Otros no pudieron entrar a sus trabajos.
La huella de la tragedia visible, ahí y los testimonios surgían por doquier.
“Estaba parada en la ventana de mi casa, aquí en Tetla y vi una luz que caía, me hice para atrás y luego se escuchó un estallido, me tiré al piso y vi una bola de fuego”, narra Laura González.
Javier Martínez es el encargado de una sucursal de Mail Boxes. “Al escuchar el estallido salimos… se fue la luz... de entrada pensamos en una bomba, pero la gente decía que era un avión… cerramos y corrimos para ver lo que pasó. Constatamos que era verdad y la tragedia estaba ahí, cruel y sangrienta”.
En el lugar, donde se erigen edificios corporativos y aún permanecen carros calcinados, el olor a muerte se mantiene en el ambiente. En la “zona cero” aún se vive la tragedia del 4 de noviembre.