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El ogro que toma tribunas parlamentarias al parecer se desmoronó en San Lázaro. El presidente de la Cámara de Diputados, César Duarte, habla con desenfado en cielo claro:
—No veríamos problema si la reforma sigue con la dinámica que trae de Xicoténcatl.
Entre curules, los diputados festivos están del lado izquierdo del salón del pleno. Juan Guerra, perredista de los más bravos, es un corderito.
—¡Va bien! ¡Va bien!
Anda muy contento. Allá, dice, sus compañeros del PRD han dado la pelea por corregir el proyecto de Calderón.
—¡No pensé que lo fueran a arreglar!
Guerra habla de lo increíble. Pero, como los sueños, sueños son, explica que la “resistencia civil” será medida preventiva para darle portazo “a los duendes de la derecha”, que meten palabras a favor del capital extranjero.
Héctor Larios, coordinador panista, ha estado fuera del alcance de los reporteros y hacia el final de la sesión se acerca al palco. “Lo que piense o deje de pensar esa persona (Andrés Manuel López Obrador), nos tiene muy sin cuidado”, dice.
Con el semblante de los ganadores en la elección del domingo (otra vez), Emilio Gamboa casi es sepultado por cámaras y grabadoras.
—Decían que se iba a incendiar el país con la toma de las cámaras del Congreso, ¡y no ha pasado nada!
Los que impusieron sus peros a la reforma del Ejecutivo, se dan palmadas. Los que apechugan, explican:
—La iniciativa del Presidente era la mejor —señala Juan José Rodríguez Prats.
Cómodo, con una sonrisa inusual, Juan Guerra sigue:
—¡Va bien! ¡Va bien!