maria.montano@eluniversal.com.mxTLATLAYA, Méx.— En San Antonio El Rosario fue donde empezó todo, cuenta doña Prudencia. Los muertos, los levantones, las balaceras y el luto “sin difuntitos de esta guerra”.
Sentada a la puerta de su modesta vivienda de tejas que se ubica casi a pie de la carretera a Rincón Grande, Prudencia ve pasar como bólidos las lujosas camionetas de Los Zetas o de Los Pelones, que se siguen para Arcelia, Guerrero, o para Tejupilco, estado de México, depende de dónde esté ahora la bronca o a quien le toque el desquite, dice.
Mientras atiende su modesto estanquillo de dulces —una mesa cubierta con un plástico con paletitas de a peso y un par de cocacolas tibias—, doña Pru, como le dicen, ya no halla la hora para ir a consolar a las familias de tanto desaparecido.
Su tez apiñonada y manchada por el feroz calor de estas tierras, se contrae de forma extraña cuando intenta recordar cómo empezó todo “el desmadre de los levantones, las balaceras y todo eso”, dice.
“Acá los levantones comenzaron hace como dos años, pero últimamente las balaceras no nos han dejado en paz”, señala Prudencia, quien asegura que la ejecución de Rodolfo Siles —lugarteniente de Los Zetas de San Antonio El Rosario—, ocurrida hace unos 10 días, puso de cabeza a todos los sicarios, “andan desatados”, y Los Pelones de Arcelia, ahora buscan su turno.
“Después de que mataron a don Rodolfo, todos se fueron contra todos para vengar su muerte y total que no acaban de matarse”, señala la anciana de 80 años de edad.
Pero las muertes vienen de más atrás, señala por su lado Sofía, quien pide no revelar sus apellidos ni el sobrenombre por el cual es acá tan conocida.
Apenas en marzo pasado al profesor Ranferi lo mataron a quemarropa en su propia casa, allá en Luvianos. Cuenta que era un día cualquiera cuando de repente tocaron a su puerta, el profe se acercó a abrir y al medio ver un par de armas con dos sujetos afuera, intentó cerrar la puerta y echó a correr para el patio.
“Los Zetas derribaron la puerta y lo cazaron a tiros cuando intentaba trepar la barda del fondo de su casa, ahí mismo quedó tendido, escurriendo sangre por todos lados”, cuenta Sofía.
Con la bolsa de mandado en una mano y un chiquillo en la otra, Sofi recuerda que el rumor de la muerte del supervisor escolar corrió como pólvora en todo el pueblo. “Todavía lo estaban llorando a gritos sus hijas y su esposa, cuando Los Zetas regresaron media hora después, lo agarraron de los pies y lo arrastraron hasta la puerta, luego lo aventaron como animal a una troca y se lo llevaron”.
Roque, que vive más arriba, a unos dos kilómetros de la desviación a Arcelia, termina el relato. Con el dorso descubierto, descalzo y ennegrecido por el bochornoso calor que le deja a uno pegada hasta la más mínima partícula de tierra, el jornalero dice que ahí no acabo el asunto de los Ranferi, porque al hijo de 17 años se lo cargaron también el mismo día y a la fecha su madre y sus hermanas lo siguen esperando, no saben a donde dirigir sus rezos o donde llevarle flores.
Otros que han desaparecido son Mario Pérez, Humberto Reynoso, Jesús Cornejo, Constantino Jaramillo, Hermelindo Arellano, Alejandro Rojas, Waldo López y Domingo García.
El procurador de justicia mexiquense, Alberto Bazbaz, no conoce ningún caso, no hay denuncias. No es cierto, asegura.
Sofía da otro dato interesante. En Luvianos Los Zetas no sólo llevan una larga lista de desaparecidos a su cuenta, ahora han instaurado un nuevo sistema de “venta de seguridad” a los dueños del comercio, a quienes exigen un pago regular “a cambio de no desmadrarles el negocio o secuestrarles al hijo”. Allá doña Pru se prepara para ir a consolar a las mujeres de Arcelia que, en silencio esperan noticias de los levantados de la semana pasada, a ver si son sus hijos, o sus padres o sus hombres.