El grito amenazador de los soldados —“¿Quién vive?”— fue seguido por descargas de sus fusiles contra un grupo rebelde sureño, en los jardines del hotel Borda, en Cuernavaca, Morelos, la última noche de 1924.
La guardia frustró el asalto e impidió el secuestro del embajador de Estados Unidos, James Rockwell Shefield. De vuelta en la ciudad de México, el diplomático fue recibido por el presidente Plutarco Elías Calles, quien ordenó reforzar la protección militar al estadounidense como medida preventiva de problemas.
En tanto, la inestabilidad del país derivada de la lucha armada se expresaba en la acción impune de delincuentes comunes así como bandas de rebeldes a Calles y militares desertores.
La colonia estadounidense en México no estaba a salvo de secuestros, como le ocurrió a Ulises Deschamps entre el 11 y el 15 de octubre de 1925 en Morelos, por la banda de un soldado desertor, Pedro Melgar, quien había tomado al rehén equivocado.
Los alardes de ser amigo de diputados anotan a Melgar ante los delincuentes que buscaron cobijo de políticos, como reporta el Departamento Confidencial (antecedente del Cisen) de la Secretaría de Gobernación, en el expediente 13 caja 11 de Investigaciones Políticas y Sociales del Archivo General de la Nación (AGN).
En un paseo a las Grutas de Cacahuamilpa, el automóvil del estadounidense fue interceptado por cinco asaltantes de Melgar. Despojado de dinero y un reloj de oro, lo retuvieron hasta que el chofer regresara con un rescate de 10 mil pesos.
Con los ojos vendados y avisos de que su vida estaba en juego, Deschamps fue llevado a pie por la sierra a un jacal inmundo. A los dos días, el Ejército y Gobernación investigaban el caso. Mientras, sufría la prepotencia, majaderías y amenazas de Pedro Melgar, el retrato de los impunes. “No entregue el dinero, señor”, le habría dicho a Deschamps su vigilante, el bandido Pablo Landa, quien pasó con él parte del cautiverio.
Aquel fue un secuestro de una semana y final feliz. Landa quería “cambiar de vida y convertirse en hombre honrado”, y sólo pedía que el estadounidense “lo beneficiara con una colocación en la capital”, declaró Deschamps, rescatado por la tropa.
El 17 de noviembre de 1925, el ferrocarrilero Benito García fue tomado como rehén, a tiros de fusil, por cinco bandoleros, en Jalapa. El “general Cruz Arenas”, jefe de la banda, lo recibió en la guarida “con injurias” y una acusación infantil. Estaba secuestrado, por gobiernista, por haber hecho silbar las locomotoras en una reciente visita del presidente Calles a la región. Pidieron 5 mil pesos de rescate, una fortuna para un obrero como García.
“Pagan en tres días o lo pasamos por las armas”.
La banda de los “generales” escribió cartas a tres jefes de la empresa, que obligaron a firmar a Benito García: el pobre solicitaba a préstamo los 5 mil pesos.
Para salvar a García, Ferrocarriles Nacionales pagó con monedas de plata, pero los secuestradores exigieron oro, y se cumplió.
Por secuestro hay pocos registros en el AGN, correspondientes a las primeras décadas del siglo 20. Pareciera que el delito fue poco recurrente entonces, además de que las víctimas no siempre lo denunciaron. Y sin embargo, fue asunto de Estado.