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Ayer, en el salón de plenos de la Cámara de Diputados, la aclamación fue para Santiago Creel, el de la mirada inocultablemente sombría, y el intento de sonrisa que quedó en mueca. Pero los abrazos, las palmadas, los halagos de panistas y priístas, el trato al ascendido a poderoso, fueron dedicados a Gustavo Madero, quien mostró estar ya casi adaptado a su nueva misión, su recién estrenada situación.
Apertura del periodo extraordinario del Congreso de la Unión. Sesión de Congreso General en la que campeaban en el ambiente la tensión, el miedo, la posibilidad de que estallase un nuevo conflicto, detonado por los legisladores perredistas.
Por eso, fueron colocadas las curules cual muralla, para los senadores al frente del recinto, sin dejar mayor espacio para que alguien pudiera pasar al asalto de la tribuna. Por eso, los panistas estaban en inocultable posición de alerta.
Y es que en la noche del miércoles, durante la sesión de la Comisión de Puntos Constitucionales, cuando se iban a poner a consideración de los diputados integrantes de la misma los dictámenes, llegó retrasada la siempre activa y atractiva perredista Mónica Fernandez, y como sí queriendo, se disculpó: “Perdón, es que tuvimos que bajar de la camioneta y guardar en nuestras oficinas la manta con la leyenda de ¨Clausurado¨...para mañana”.
Se refería ella a la enorme pancarta con la que hace unas semanas los diputados del FAP clausuraron el salón. Y...los asustó
Sin embargo, no hubo tal clausura, ni el asalto al presidium. Sí, más tarde, una protesta, con pancartas. Y sí, están preparados, pero, dijeron voces de la bancada de la Revolucón Democrática “no vamos a quemar cartuchos que deberán ser para la madre de todas las batallas, la de la reforma petrolera”.
Apertura del periodo extraordinario de seiones. La declaró la presidenta de la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta, vestida de blanco. A su izquierda, Santiago Creel, presidente del Senado, y su mirada, y su vano intento de aparentar lo que no siente. Abajo, los legisladores de las dos cámaras. Bromistas, sonrientes, Carlos Navarrete, Pablo Gómez, Javier González Garza. Gustavo Madero, en abrazo para los camarógrafos, con Francisco Labastida, con Emilio Gamboa.Y Cuauhtémoc Velasco, el acusador-de-sobornos-sin-pruebas, enrojecido el rostro, azulado el cabello, hablaba en secreto con Dante Delgado.
Juntos, senadores y diputados. Más tarde, separados, iniciarían sus trabajos. El agonizante tablero electrónico de San Lázaro comenzaría a dar los resultados de los primeros dictámenes poco después del medio día, justo cuando en el patio central, voces de mujeres y hombres entonaban el canto de esclavos, el de Nabuco de Verdi. Opera para unos, tragicomedia para otros. Un aplauso que no confortó, una sonrisa que se convirtió en mueca.