En tan solo un fin de semana, un proscrito grupo guerrillero ha dado pasos hacia una interlocución política que, sin haber logrado su objetivo principal —recuperar a sus militantes Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez—, ha obtenido más resultados parciales de los que le hubieran redituado años de bombas juntos.
Mucha agua ha pasado desde la noche del jueves al día de hoy: se ha propuesto una comisión de intelectuales mediadores en un eventual diálogo con el gobierno; se obtuvo respuesta positiva de los mismos; “casualmente” se activaron órdenes de presentación y arraigo contra ocho funcionarios del gobierno de Ulises Ruiz, presuntamente involucrados en el caso; ya se prepara el relevo militar del general Juan Alfredo Oropeza —pieza clave en esta historia—; y las fuerzas políticas comienzan a posicionarse a favor y en contra.
Cuando todo apuntaba que México tendría un mayo de miedo, con atentados aleatorios del EPR, por el aniversario de las desapariciones, ahora estamos hablando de cómo se articularía un diálogo político.
Falta, sin embargo, saber si habrá interlocución. En una inusualmente larga deliberación, el gobierno dice seguir evaluando la autenticidad de los comunicados. La demora es preocupante.
Fuerzas políticas poderosas no desean que se reconozca como interlocutor a un grupo armado. El Yunque ya exhibió sus cartas; es probable que empresarios que los respaldan estén operando. El gobierno de Oaxaca no es ajeno; aun núcleos duros de la milicia y la inteligencia pudieran estar al acecho de la decisión presidencial.
Saboteadores no faltan: un correo electrónico que circula desde la semana pasada pretende aludir a que los desaparecidos estarían en poder de otro grupo guerrillero, a manera de venganza. No obstante, su carácter anónimo y un lenguaje poco comedido le restan credibilidad.
También las declaraciones del dirigente nacional del PAN, Germán Martínez, de que para él no debe haber diálogo con guerrilleros, muestran que hay quienes todavía no entienden lo útil de usar la política para desactivar los focos rojos.
Un diálogo no dañaría a nadie, y en cambio podría servir para desentrañar una de las historias policiaco-militares más intrincadas de los últimos tiempos.