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Reaparecen en la casona de Xicoténcatl, con renovada valentía. Traen la piel sensible y a la primera palabra que no les gusta del otro, se reaviva la fe guerrera que domina a los dos bandos. Y esa beligerancia acaba en remedo de pugna, en festín de risas, risotadas a costa de los demás.
La mandíbula de Dante Delgado (Convergencia) se abre desafiante. Interviene en la tribuna; se ha enredado en sus palabras y no puede zafarse de acusaciones de misógino, cuando desde su escaño lo reta a duelo el panista Rubén Camarillo.
—Ja-ja-ja!
La carcajada es la respuesta al senador del PAN, quien lo ha emplazado:
—Me pongo a su disposición, si es caballero, para que nos encontremos y veremos como dirimimos esta diferencia (un descarte a debatir con senadoras panistas, por ser mujeres).
—¡Ja-ja-ja! Frente a dislates no tengo respuesta—, festeja Dante.
El lance de Camarillo iracundo y la risotada histriónica de Dante desvanece la tensión acumulada, por una racha de acusaciones, insultos, humillaciones, desprecios, gritería a la que se suma un PRI espectador.
Manlio Fabio Beltrones (PRI) y Santiago Creel (PAN), que habían dejado la sesión en piloto automático, en lo que parece un retorno a los sobresaltos, entran a la sala al control de daños. Carlos Navarrete, ingresará después, en la hilaridad del epílogo.
Baja Dante Delgado de la tribuna, va a su escaño. Teresa Ortuño grita:
—¡Sí es misógino!
Hay agitación, como de lucha libre en la Arena Coliseo. La diferencia es que en Xicoténcatl ninguno se asume rudo; todos dicen respetar la Constitución, que su causa es legítima y legal.
Bajo los candiles y sobre las alfombras se ha esfumado la cortesía política y el “espíritu de diálogo, negociación y acuerdos”, que Creel invocó al reanudar las sesiones “en casa”.
Ricardo García Cervantes (PAN) raspó la costra del Frente Amplio Progresista, al reprochar “haber estado privado del uso de esta tribuna”.
Toca el vals que duele al FAP: las culpas de que son secuestradores. En la ofensiva, Pablo Gómez dice que volverán a tomar la tribuna “cuando sea necesario”. Son minoría, dice, pero nunca sometida, ni cuando los poderes públicos eran más poderosos.
—Tenemos paciencia. No la confundan con debilidad—, advierte Teresa Ortuño, y descalifica la “resistencia pacífica”, el aura de pureza del FAP.
Son las 15:27 horas. Habla Dante Delgado y por su lengua arde la piel panista:
—Me da mucha pena que el PAN utilice la voz de una legisladora para decir lo que deben venir a decir los legisladores varones a esta tribuna.
Salta de su escaño Adriana González. Con voz tronante exige precisiones.
Dante la ignora. Ataca Beatriz Zavala: “¡Retráctese!” Ni la ve ni la oye y sigue su circunloquio para no retirar las palabras que enojaron al PAN.
Beltrones sigue tenso el cruce de ofensas; Creel conduce el diálogo de sordos, que se descarrila en el vacilón, cuando Camarillo lanza el guante.
—A las cinco de la mañana, en Chapultepec, encuerados y a ligazos—, bromea Navarrete la forma del duelo, en un grupo de perredistas que ríen.
Pablo Gómez desiste de ser padrino:
—Yo me niego a esas horas.
Llaman “Camorrillo” a Camarillo y él los tilda: “Senadores vándalos”.
El desprecio es el signo del Senado.