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El sol cae a plomo sobre sus cascos, hace brillar sus escudos, deja manchas de sudor en las costuras de sus uniformes. Desde hace más de 24 horas velan armas frente al Senado. Tienen la instrucción de hacer presencia, “y de controlar posibles disturbios”. Son las otras Adelitas: 90 mujeres del agrupamiento femenil de la Policía Federal Preventiva, que desde el martes en la tarde fueron movilizadas “hasta nueva orden” a las inmediaciones de la plaza Tolsá.
El padre de una ellas, Ivonne González Narváez, se encuentra en el hospital, desahuciado de cáncer. “En cualquier momento me van a llamar para decirme que ya falleció. Pero ni modo. Tengo que estar aquí de tiempo completo”.
Divididas en grupos de 30, guardan los accesos a la calle Xicoténcatl; forman una hilera compacta de cascos, escudos, toletes, hombreras, pectorales, braceras, coderas y espinilleras —un equipo de más de seis kilos de peso—, que espera el arribo de las Adelitas “legítimas”, los comandos, columnas y brigadas de Andrés Manuel López Obrador.
“De momento, tenemos que estar aquí al ciento por ciento”, dice la inspectora jefa Isabel López. “Todas tuvieron que dejar a un lado a sus familias, a sus hijos, a sus padres, porque se trata de una situación especial”.
Frente al Munal, la hilera resiste el calor (29 grados) a pie firme.
“¡Ustedes también son del pueblo!”, les grita una mujer que carga un morral donde se lee: “Gobierno o individuo que entregue los recursos a extranjeros es traidor. General Lázaro Cárdenas”. Una pareja de la tercera edad, las fustiga desde la acera de enfrente:
“¡Muera la represión! ¡Ni parecen pueblo, cabronas!”.
Las otras Adelitas sólo miran al frente y siguen esperando. Pocas hablan entre sí: cuando se deciden a cruzar unas palabras, lo hacen sólo con la comisura de los labios.
“No nos molestan los gritos. Estamos hechas para aguantar lo peor”, explica Ivonne. Una oficial asiente: “Muchas nos hemos fogueado en operativos antinarco en Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua…”.
Cada dos horas, el pelotón es remplazado por otro. Las mujeres abandonan la parte frontal del Munal, y se trasladan trotando hacia Héroes del 57. Ahí descargan sus escudos y se despojan de los cascos; fuman y conversan bajo los toldos de los comercios cercanos. Otras, se retocan con rímel y esgrimen su lápiz labial.
“No dejan el bolso de mano”, bromea la inspectora jefa.
Ivonne González aprovecha el cambio de guardia para “ver qué está pasando en el hospital”. Algunas de sus compañeras platican con otras de la policía metropolitana, adscritas al agrupamiento Zorros. Ellas también esperan a las Adelitas allá en Xicoténcatl.
Perla Rodríguez se pone, de pronto, a buscar un espejo entre los diez bolsillos de su chaleco militar: como en un acto de magia, aparecen un pasamontañas, una resortera, una segueta, un mapa del centro, píldoras para la fiebre, unas pinzas, una navaja, un trozo de papel de baño, unos goggles, unos guantes… y, finalmente, el estuche con delineadores, bilé y maquillaje.
“No sabemos cuánto tiempo estaremos aquí, por eso hay que estar preparadas”, dice con una sonrisa.
Del otro lado del Munal, mientras tanto, el pelotón aguarda.