alejandro.suverza@eluniversal.com.mxQuienes conocen de cerca a Wanda Sigrid Artz Colunga la han catalogado como una mujer liberal y demócrata, un poco más de cen-tro que de derecha. “No quiero aventuras políticas que pongan en riesgo a nadie, esto no es un aparador para que venga la prensa. Mi trabajo no se notará en los medios, sino en la eficacia con el Presidente”, le habría dicho a una de sus amistades que la visitó en la residencia oficial de Los Pinos, pocos días después de asumir la titularidad de la Secretaría Técnica del Consejo de Seguridad Nacional en el equipo de Felipe Calderón Hinojosa.
Ninguna frase definiría mejor a esta mujer. Muy pocos la conocen. Ella se ha manejado sigilosamente por los pasillos de la reorganización de esquemas de seguridad en el país, pero sobre el papel. Algunas fuentes de gobierno aseguran que fue la artífice de la Iniciativa Mérida, con la que el gobierno de Estados Unidos apoyorá a México con tecnología y estrategias para combatir al crimen organizado.
De 43 años, proveniente de una familia de clase media en el Distrito Federal que vivía cerca de Mixcoac, huérfana de padre, quien era alemán, está casada con quien fuera su maestro en la Universidad Iberoamericana, Óscar Aguilar Hernández, un especialista en temas de Iglesia-Estado.
En su paso por las aulas durante los años 80, su fama de eficiente y organizada crecía en un contexto que nada tenía que ver con la estirpe de los universitarios. “No era la típica estudiante, la niña bonita de la Ibero, más bien le gustaba leer libros y discutirlos con sus profesores”, dijo Leonardo Curzio, quien fuera uno de sus instructores.
Era una joven que al mismo tiempo que estudiaba, asistía a algunos profesores. Hacía el trabajo que nadie quiere hacer: sacaba copias, conseguía la bibliografía necesaria para sus trabajos. Quienes la conocen dicen que se fue a Miami en su propio coche, “un Jetta medio viejo”, con su bebé recién nacido.
Era candidata al doctorado en Política Comparada y Relaciones Internacionales por la Universidad de Miami con una beca de mil dólares. “Estudiaba en condiciones complicadas. Se tenía que levantar muy temprano para llevar al niño a la guardería”, dijo Jorge Chabat, otro de sus profesores.
El cuadro donde va su fotografía en la página de los miembros del gabinete presidencial está vacío.
Wanda Sigrid Artz Colunga es blanca, de estatura media y suele portar vestimenta formal, traje sastre. “Nunca la he visto pelearse con alguien”, dice otro de sus maestros.
Su trabajo está sobre el papel, en el análisis académico. En la esfera institucional, no es la primera vez que es secretaria técnica, lo fue con el único procurador panista entre los priístas, Antonio Lozano Gracia, que de 1994 a 1996 estuvo al frente de la Procuraduría General de la República (PGR). Dos años después, cuando era profesora invitada en la Universidad de Georgetown, bajo la beca del Woodrow Wilson Center, Sigrid Artz, en un escrito, calificó a esa dependencia como la institución más desacreditada del sistema que había alcanzado “un grado de incredibilidad absoluta”.
Tenía las armas. Faltaba, decía, coordinación entre sus áreas, había ausencia de controles, carencia de equilibrios institucionales, insuficiente información y desarrollo tecnológico, deficiente administración de bienes materiales y humanos y nula visión integral de funcionalidad.
Además ventilaba que en la institución, desde hacia varios años, se vendían las plazas de delegados, comandantes y policías judiciales, sobre todo en el norte del país y los precios variaban entre 10 mil y 400 mil dólares, según el cargo.
Detrás de toda la reestructuración de la PGR, realizada por el equipo de Lozano Gracia, se propuso una depuración radical de la Policía Judicial Federal; les quitaron la llamada charola y hubo un recorte polémico de más de 800 elementos, incluso muchos de ellos se inconformaron y con el paso del tiempo fueron reinstalados. “Aquí vinieron a mover todo, pero parece que fue para bien”, dice un policía que a ciencia cierta no sabe quién tuvo que ver con la ola de despidos registrada de aquella época.
El equipo de trabajo en el que ella participaba, aplicó exámenes axiológicos a policías judiciales y dio cursos de formación ética. Su desempeño le valió otros beneficios. A partir de entonces, comenzaría a trabajar para la nación. Años más tarde fue asesora en el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), en Seguridad para el Banco Mundial e impartió cursos para el Centro de Estudios del Ejército y Fuerza Aérea.
Ella se empeñó en defender sus logros con el panista Antonio Lozano Gracia. Había sido pieza importante en lograr un cambio de actitud institucional y enfocarse en la recuperación de la confianza de los órganos de procuración de justicia en el país a partir de 1998, poco después de la operación Casa Blanca y la detención del general José de Jesús Gutiérrez Rebollo del desaparecido Instituto Nacional del Combate a las Drogas que luego dio paso a la Unidad Especializada contra la Delincuencia Organizada de la Procuraduría General de la República.
Ella sabe lo que se ha venido construyendo para hacer a las corporaciones más confiables y que el modelo antidrogas mexicano se parezca cada día más al estadounidense basado en una táctica que no hace caso a políticas de anticonsumo o prevención, sino a la represión bajo una norma policiaca militarizada.
Lo sabe de antemano, quizá porque siempre ha mostrado interés en la forma en que el gobierno de Estados Unidos ha enfocado su lucha antinarco. Su tesis de licenciatura en la Ibero, en abril de 1993, se tituló La política norteamericana en el combate al narcotráfico. Por eso varios funcionarios, entre ellos compañeros muy cercanos a la hoy secretaria técnica del consejo, aseguran que ella fue artífice del plan bilateral contra el crimen organizado llamado Iniciativa Mérida.
En un principio, cuando Calderón fue electo, era señalada como asesora en Seguridad Nacional. Ha sido vinculada al panismo desde 2003, cuando se creó el consejo ciudadano del Instituto Federal Electoral (IFE) de Luis Carlos Ugalde y ella fue elegida como consejera suplente. La decisión fue cuestionada porque no se hizo pública su relación con el panismo desde los tiempos de Lozano Gracia.
“Ella poco a poco manifestó más vínculo con la gente del PAN, pero ha mantenido los dos pies en los dos lados, en lo político y lo hizo bien y en lo académico y lo hizo bien”, dijo el profesor Raúl Benítez Manaud.
“No es de derecha. Es más cercana a Bachelet, que a Hugo Chávez o Álvaro Uribe. Más cercana a la socialdemocracia y liberal preocupada por los derechos humanos”, dijo su profesor Chabat.