fidel.samaniego@eluniversal.com.mxTrató de ser discreto. Mientras escuchaba a quien le hablaba por el teléfono celular, movió los labios, evidentemente dijo: Iván. Así era como informaba al que estaba a su lado, de quién se trataba, quién se comunicó con él.
Poco después, el legislador panista, uno de los del primer círculo, transmitió el mensaje a algunos integrantes de su bancada: todo está preparado para que este viernes, el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño salga. Es decir, dé la cara y ofrezca a la opinión pública una explicación, una información completa en relación al caso que le involucraría en ejercicio indebido de sus anteriores funciones en beneficio de negocios particulares.
Minutos más tarde, el mismo diputado aseguraba a este cronista: “habrá una solución intermedia. No será la comisión que proponen los perredistas. Pero sí se investigará y quedará todo claro”. Después, se decidía, agregaba: “Juan Camilo hablará este viernes, informará, explicará”.
Eran las tres y media de la tarde de ayer. La sesión de la Cámara de Diputados acababa de terminar. En la misma, no hubo nada relevante. Se cumplió con el orden del día. Hablaron en tribuna varias legisladoras sobre el Día Internacional de la Mujer. Se presentaron puntos de acuerdo. Se aprobaron dictámenes. Todo ello, de acuerdo a la formalidad, a las apariencias .
Pero al mismo tiempo, era inocultable que la sombra de Iván, del que ya han bautizado en San Lázaro como el Camilogate, era la que dominaba pensamientos, inquietudes, preocupaciones.
“Vamos por la legalidad y la transparencia en todos los actos de cualquier funcionario”, había declarado Emilio Gamboa cuando le preguntaron si habrá comisión de diputados que investigue a Mouriño. Aseguró luego que no hay por parte del PRI una actitud de “comparsa” con el PAN en este asunto.
Eso, lo dicho ante los micrófonos. Gamboa escuchó temprano las diversas opiniones de integrantes de su fracción. Hubo quienes le dijeron que no tienen porque hacer trabajos sucios en favor del panismo. Una expresión constante fue que se atuviesen estrictamente a lo que señalan leyes y reglamentos. Otros advirtieron: hay que mantener la capacidad de interlocución y afianzarse como “fieles de la balanza”.
Discusiones hubo también en el lado panista. En reuniones de sus legisladores surgieron manifestaciones que indicaban que Mouriño debe informar abierta y totalmente de la situación y que al mismo tiempo, no deberían oponerse como partido a que se le investigue pues eso afecta hasta al propio Presidente de la República.
En todo caso, por sus actitudes, por sus comentarios en voz baja, los representantes del PAN en la Cámara de Diputados mostraban aunque no quisieran, nerviosismo, desconcierto, incertidumbre. Por el contrario, los perredistas se veían tranquilos, serenos, unidos.
Minutos antes de las tres de la tarde, Javier González Garza, el líder de la bancada del PRD abandonó su curul, se fue del salón de pleno, salió a la explanada y luego se metió a uno de los edificios del Palacio Legislativo, caminó de prisa por un largo pasillo y entró a una oficina, la de Emilio Gamboa. Ahí estuvieron ellos dos. Tenían varios documentos sobre la mesa.
Y casi al mismo tiempo, en el restaurante, uno de los panistas de la cúpula recibió un llamado telefónico. Escuchaba. Intentaba ser discreto, movía los labios, sin volumen, mencionaba un nombre: “Iván”. El llamado Camilogate estaba por tomar nuevos rumbos.