jorge.medellin@eluniversal.com.mxParecían una pareja normal con pocos años de haberse casado. Hasta con dos niños se presentaron.
Le dijeron a los dueños que les encantaba la casa, que la querían rentar de inmediato y para no dejar dudas pagaron un año de renta por adelantado para ocupar el número 17 de la calle de General Aureliano Rivera, en el corazón del antiguo barrio de San Ángel.
Fue casi un millón de pesos en efectivo, moneda nacional, por la renta de lo que era el casco de una de las haciendas de San Ángel bautizada como “El Zacatito”.
Como la casa estaba durante meses en renta y luego en venta porque nadie se animaba a comprarla, los dueños, una pareja de alemanes avecindados en México, aceptaron el trato. Eran los primeros días de noviembre de 2007.
Más de dos meses después, decenas de elementos de la Policía Federal irrumpían en la madrugada por las calles adoquinadas y semioscuras del barrio para catear el lugar y detener a tres presuntos integrantes del cártel de Sinaloa.
Además de los detenidos encontraron un arsenal: rifles de asalto de diversos calibres, cartuchos subametralladoras poderosas como la FN Herstal P-90, granadas de mano, aditamentos para lanzagranadas montados a rifles y chalecos antibalas, celulares, cables y dólares.
En la penumbra, protegidos sólo por una libreta y una cámara digital, el reportero y el fotógrafo se acercaron a una de las ventanas iluminadas para ver por la cortina corrida el interior; la sala y un enorme comedor con muebles revueltos, una chimenea lejana y luego, el cañón de un rifle Colt 9 mm. apuntando de repente al pecho y la voz del encapuchado: “¿Qué quieren?, ¿quiénes son?”.
El profesor Bernal, catedrático universitario, lleva 30 años viviendo en San Ángel. Él y su otro vecino, el maestro de música de apellido Ortiz, coinciden al decir que la casa se rentó hace unos cuantos meses, que quienes la habitaban eran tranquilos y no se metían con nadie.
El maestro de música dice que en las últimas tres o cuatro semanas, siempre de dos a tres de la madrugada, una o dos camionetas llegaban a la entrada lateral de “El Zacatito” y descargaban cosas que parecían pesadas.