jorge.ochoa@eluniversal.com.mx
El minuto de silencio cae a plomo en el frío salón de portones de hierro forjado. Bajo las columnas dóricas, el aparato de justicia nacional guarda ese minuto de silencio por los caídos, en medio del terror en que ha sumergido al país el narcotráfico.
Un minuto de silencio por los policías federales, estatales y municipales; por los marinos y militares que han muerto bajo las balas del crimen organizado y es el propio presidente Felipe Calderón, quien encabeza este homenaje.
Es la 22 sesión del Consejo Nacional de Seguridad. Bajo el techo del añoso salón de la Tesorería, en Palacio Nacional, se dan cita todos los hombres de negro, los encargados de procurar justicia y seguridad a un país atenazado por el miedo.
En el frío salón, los gobernadores del país ocupan un lugar en la gran mesa en forma de herradura. También están ahí, entre el sillerío, todos los procuradores, los secretarios de Seguridad Pública, los jefes de las fuerzas armadas. Todos. Los trajes obscuros dominan el paisaje.
Los hechos dan sentido a ese silencio: narcoejecuciones, enfrentamientos callejeros de sujetos que retan con armas de grueso calibre a los militares, a la policía judicial y a todo el Estado Mexicano.
Ahí Calderón admite que “en México hay territorios controlados por el narco”, y que ya es un asunto de prioridad nacional combatir a la delincuencia. Sus palabras rebotan en el decorado, estilo art noveau y déco del salón de la Tesorería.
El gobernador de Tamaulipas, Eugenio Hernández, se convierte en el centro de las miradas y de los reflectores. Su entidad fue el escenario hace tres días, de otro enfrentamiento de la policía federal con bandas del narcotráfico.
Sin embargo, en un costado del salón, permanece oculta la procuradora de justicia del estado de Chihuahua, Patricia González Rodríguez, quien hace tres días, recibió una amenaza de la delincuencia.
“Pronto va a pasar algo muy grave con la procuradora”, dice que le advirtieron, pero ella sonríe, desvía la conversación. Revela el dato como si fuera una anécdota.
Luis de la Barreda Solórzano resiste, estoico, más de hora y media de espera, pegada la vista a las letras de un grueso libro que sostiene en sus manos, oteando de vez en vez al horizonte, plagado de todos esos hombres de negro que desde las 09:00 horas esperan.
El ex ombudsman capitalino permanece sentado todo el tiempo. A un lado de él se encuentra, de pie, Carlos Abascal, quien lo ignora; le da la espalda todo el tiempo. Durante casi dos horas no cruzan palabra.
A las 10:40 horas entran al frío salón los gobernadores y el Presidente de la República. Durante toda la sesión Ulises Ruiz platica despreocupado con Enrique Peña Nieto. Luis de la Barreda y Carlos Abascal se ignoran, luego cabecean y finalmente dormitan, hundido el mentón en el pecho. Para ellos parece no existir la emergencia.
Los hombres de negro están ahí, entre el cobre repujado de esas rejas que hace siglos albergaron a los virreyes novohispanos. Desde lo alto, los ojos muertos de las cabezas de león, labradas en bronce, miran las ilustres testas de los hombres de la justicia.