Fue el de más larga vida, el más fuerte, el que los congregados en palacio le brindaron de pie. El vigésimo de los 25 aplausos que interrumpieron su mensaje a la nación con motivo del informe presidencial, el mensaje del día después.Un aplauso que él mismo, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, presidente de la República, apagó al continuar con la lectura de su texto y la frontal protesta frente a un muro, y algo más, la política de la Casa Blanca y el Capitolio norteamericanos contra los trabajadores inmigrantes mexicanos. “Es que despertó al pequeño o gran antiyanqui que todos traemos dentro”, trataría de explicar poco después el priísta Fidel Herrera, uno de los que aclamaron.
Ceremonia única, irrepetible en mañana dominical. Mensaje que captaron puntuales las cámaras... pero las de la televisión. Discurso en el que ya, desde el principio, el jefe del Ejecutivo pronunció la sentencia de muerte y el responso al antiguo rito, el ya cadavérico formato de presentación del informe presidencial.
Pero ayer, en Palacio Nacional, algo o mucho hubo de aquel añoso ceremonial:
Como la valla, la escolta, la banda del Heroico Colegio Militar. Y la enseña patria que se abatió a su paso, ante su saludo.
Y la voz almidonada del maestro de ceremonias que pedía, daba instrucciones al público para que sólo cantara el Himno al finalizar el evento y al principio sólo escucharan las notas musicales.
Y la profusión de escudos, águilas devorando serpientes, ya en la banda de seda que cruzaba el pecho del mandatario, ya en la solapa de su saco, y en el atril en el que colocó las hojas del mensaje, y en la bandera que le acompañó a su derecha, y en la parte alta de la gran mampara que cerraba el escenario. Significativa imagen para los televidentes del país.
Algo o mucho de aquel ceremonial, casi con la misma gente, las palabras cuidadosamente preparadas, pero en distinto lugar. Una voz, la presidencial, que se escucharía fuerte, emotiva, al exclamar “¡Viva México!”, para terminar. Voz que, sin embargo, no llegó al tezontle de los muros de San Lázaro sino a las multicentenarias piedras del recinto oficial de la Presidencia de la República.
Un acto cerca y lejos de la furia, las rabiosas expresiones, los desahogos de los devotos lopezobradoristas, quienes afuera, del otro lado de las vallas metálicas, arrojaron palabras, agua, harina, tripas de pollo, con los vientos de su ira a la llegada y a la salida de los convidados a palacio.
Mañana de domingo con música en el corazón del país. Lo mismo la Rapsodia Húngara que las bodas de Luis Alonso y el Huapango de Moncayo, y a la espera de la llegada de Calderón Hinojosa, piezas de las que le gustan, las de la trova cubana.
Y pálido, tímido, el sol se asomaría al patio central, mientras los invitados ocupaban sus lugares. Unos en el magno presídium, para el gabinete, y gobernadores, y representantes del Poder Legislativo y del Judicial y de instituciones autónomas. Otros, en la zona VIP, para empresarios, directivos de medios de comunicación, entre ellos el licenciado Juan Francisco Ealy Ortiz, Presidente y Director General de EL UNIVERSAL, y familiares y amigos del primer mandatario, y otros de sus colaboradores. Y atrás, las tribunas. Y para otros, los pisos superiores. Allá, las mujeres indígenas mexiquenses, que fueron transportadas desde temprano, y tratadas sin consideración por quienes las llevaron formadas de un lado a otro.
Y llegaría el Presidente de la República. Con él, en el mismo automóvil, el cada vez más poderoso Juan Camilo Mouriño y Aitza Aguilar, tan de la confianza presidencial. Y lo arroparían las palmas de los convocados. Y mostraría con la leve sonrisa las incipientes arrugas junto a los ojos. Y durante más de una hora, Felipe Calderón Hinojosa hablaría en categórica primera persona. Y varias veces dejó el texto, sacó la energía, la emoción. Y consumió toda el agua del vaso de cristal. Y decidió apagar el vigésimo aplauso, el más fuerte. Y concluyó con un vibrante: “¡Viva México!”. Y suavizó el gesto al encontrar las miradas de Margarita, María, Luis Felipe y Juan Pablo, los más suyos de los suyos. Él en su día. El día después. El del acto único, irrepetible. El año próximo se escribirá una nueva historia.