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El ocaso de un ritual

El ocaso de un ritualEl ocaso de un ritual
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Juan Arvizu
El Universal
Domingo 02 de septiembre de 2007

Fue la tarde del adiós al pasado: el Congreso abrió su periodo de sesiones con un coro intenso y profundo compuesto por diputados y senadores de los ocho partidos políticos que cantaron el Himno Nacional y ya no más a la “investidura presidencial”. Y con sus gargantas abrieron un paréntesis en el disenso crónico.

Del viejo ritual sólo quedó una escolta de cadetes del Colegio Militar que portó la bandera nacional a la que saludó el presidente Felipe Calderón en la explanada exterior de San Lázaro, un momento antes de invocar al futuro desde la tribuna del pleno, al proponer un diálogo directo con el Poder Legislativo.

Y en el salón del pleno, en el vestíbulo que también tiene su historia, y en las escaleras, palcos y galería, los panistas convirtieron la tarde en día de campo. Se esfumó la expectación sin horizonte. De pronto la plaza había quedado libre, de fiesta generalizada.

En ese cambio brusco de ambiente se expandió la duda: ¿así de fácil convencieron al PRD para que se saliera del salón de sesiones sin chistar? ¿Será que el PAN negoció la quietud del día por la remoción garantizada de Luis Carlos Ugalde, el consejero presidente del IFE?

Un radiante Javier González Garza, coordinador de la bancada del PRD, más tarde daría seguridades: la salida de Ugalde “se va a hacer en los próximos días”. Y se sumaba al carrusel de los legisladores de todos los colores que visitaban los puestos de las transmisiones en vivo de televisión y radio, como en kermés. Había culminado un periodo de varios días de negociaciones para sortear el 1 de septiembre, fecha en la que sólo hay las ruinas de un ceremonial de la presidencia imperial que ya no existe.

A la hora de la comida, los coordinadores de diputados y senadores del PAN, PRI, PRD se sentaron a la mesa en el restaurante Los Cristales de la Cámara de Diputados, para afinar detalles de las nuevas formas, que mantuvieron en reserva.

Revisaron el texto que leyó Ruth Zavaleta (PRD), con el cual pidió que tomara la conducción de la sesión su compañero Cristián Castaño Contreras (PAN), y en el que incluyó sus motivos: el rechazo político a Calderón.

Todo estaba perfecto. Los cadetes no entrarían al recinto, convinieron. Ni un paso dentro del vestíbulo. Cero honores al presidente Calderón. Y fue cero oropel. Así que el momento del Himno Nacional quedó en el segmento de la apertura de sesiones. Los hombres del pacto de la tarde tersa de San Lázaro sellaron su compromiso con un chocar de copas de vino tinto. Y se fueron a esperar el inicio de la sesión inaugural.

Luego pasaron un rato en el área de trasbanderas. Javier González Garza y Carlos Navarrete (PRD), Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones (PRI), así como Santiago Creel y Héctor Larios (PAN), comprobaban allí que lo acordado se estuviera cumpliendo.

Cuando Felipe Calderón traspuso el umbral del salón de las pasiones políticas de México, lo recibió una explosión de entusiasmo panista. Y partió plaza. Besos en la mejilla a las legisladoras del pasillo central. Una amplia sonrisa. Relajado, rápido, pero sin prisa. Subió a la tribuna acompañado por el jefe del Estado Mayor Presidencial, general Jesús Castillo Cabrera, quien llevó consigo el Informe de pastas rojizas y lo puso en la mesa donde esperaban a Calderón, Cristián Castaño, Santiago Creel y el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Guillermo Ortiz Mayagoitia.

Calderón habló de pie al pleno, con la banda presidencial al pecho, sin más ceremonial que el turno en la palabra. Tres minutos. Nueva forma de comparecer. Usó un micrófono de mano y con su propuesta de diálogo sacudió a sus seguidores panistas. Los priístas guardaron en silencio.

El acuse de recibo de Cristián Castaño fue lacónico. Bajó Calderón y saludó a los ministros de la Corte, en un movimiento espontáneo, mientras los suyos derramaban entusiasmo a sus anchas, sin perredistas cerca.



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