CHARCO BLANCO, Qro.— Fue un ruido seco, “como trueno”, al que siguió un serpenteo que enmudeció, casi un día y medio después.Sin que su memoria expela el olor a gas, los pobladores de esta pequeña comunidad llevan tres días en la ansiedad. La madrugada del pasado martes 10, como pudieron, salieron de sus casas para observar atónitos el oleaje de las lenguas de fuego que produjo la explosión en la caseta que alberga a las válvulas de seccionamiento de Pemex, saboteadas por milicianos del EPR.
La noche siguiente abandonaron sus viviendas, cuando un nuevo tronido hizo que los técnicos de Pemex y efectivos militares abortaran las maniobras de rehabilitación de los ductos.
El miércoles volvió la zozobra, por una falsa alarma.
“Llevamos tres noches sin dormir”, se queja Elena Arreola Peña, propietaria una tienda de abarrotes en este caserío de apenas 900 habitantes.
Ella no escuchó la explosión. Cuando la despertó, su esposo, Andrés Alonso, le dijo que creía que se había incendiado el negocio. Pero el silbido del gas fugitivo los regresó a la realidad.
Él sacó a sus tres hijos del pueblo, mientras ella dio la voz de alarma. Algunos habitantes enfilaron a las rancherías vecinas El Soldado y El Salto, pero la mayoría se refugió en el municipio guanajuatense de Coroneo, a 30 kilómetros, un trayecto que, por la llegada de patrullas y ambulancias, dilató 90 minutos.
Son molestias menores, en comparación de lo que padecen los habitantes de la capital queretana y de Corregidora: hasta las 18:00 horas de ayer, dos tercios de las 60 mil familias abastecidas por Tractebel siguen sin gas.
El golpe del EPR cimbró los 18 parque industriales de la región, donde 118 empresas detuvieron su producción.
Labor a marchas forzadas
A dos kilómetros de distancia de Charco Blanco, al mediodía de este jueves 12, más de tres cuadrillas de técnicos trabajan a marchas forzadas en medio de un olor picante que recorre los campos frijoleros y de agave.
Es la Zona Cero, cuya ubicación exacta es el kilómetro 90. 5 del ducto Salamanca-Querétaro.
Un cordón de plástico amarillo con la leyenda “precaución” flota entre los arbustos, a 100 metros de una carpa blanca donde miembros de la Inspección General de Ductos de Pemex dirigen las operaciones. La nueva tubería roja, de 14 pulgadas, para gas licuado ya está lista y las labores se enfocaron al subsuelo.
Un camión de bomberos y una pipa de la Comisión Estatal de Aguas se mantienen expectantes, lo mismo que una treintena de trabajadores, con sus camisolas caqui y cascos blancos.
El murmullo de los motores se encoge cuando abruptamente aparece un helicóptero. Una hora antes, una pequeña avioneta no tripulada de reconocimiento de la Armada bordeó la zona.
A Charco Blanco lo separan cuatro kilómetros del territorio guanajuatense, pero desde la explosión, ha quedado prácticamente incomunicado. Un tramo de cinco kilómetros de la carretera El Pueblito-Coroneo está cortado por dos retenes militares.
Mientras la crisis termina, Charco Blanco, inesperadamente, se convirtió en lugar de paseo.
“¿Cree que fueron los del EPR?”, se le pregunta a Ignacio Morales, mojado que vino de vacaciones y que lleva a su hijo Carlos a la Zona Cero. “¡Qué va! Esto es pa’ darles el ejemplo. A ver si nos siguen”, revira.