A sus 21 años Edwin tiene tres ingresos al tutelar de menores y uno a la cárcel. En su escuálido cuerpo se cuenta una docena de cicatrices; la mayor parte se las hizo otro reo con un pedazo de lata de atún.
Cuando ingresó a la cárcel, el 9 de octubre del 2006, padeció el mayor sometimiento de su vida a manos de sus compañeros de celda y custodios que le pegaban constantemente porque no tenía ni un peso para pagar por su estadía en prisión, para no ser golpeado, ni utilizado como servidumbre, "mostruo", les llaman entre reos.
En el Reclusorio Norte hay casi 11 mil presos, aunque dicho centro carcelario fue construido para 2 mil 940, situación que llevó a Edwin a tener que sentarse en la taza de baño, para dormir porque cada espacio de suelo ya estaba ocupado.
Se alimentó de "huevos radioactivos", nombrados así porque estaban verdes o grises por estar podridos; a la carne, cuando le tocaba, le quitaba las partes echadas a perder y lo demás lo tragaba poniendo la mente en blanco.
En la celda que le tocó a "Wallace", apellido ficticio que utiliza cada vez que lo agarra la policía, estaban 15 hombres más, a veces 20, en un espacio de casi cuatro metros cuadrados y con sólo cuatro camastros.
Un ratero violento de 23 años, era el líder de ese dormitorio seis, así lo marca la ley "canera" (carcelaria): que el de más dinero o sentencia más larga sea "la mamá" de los demás.
Entre los dormitorios, "la mamá" es una figura que resalta como un rey entre las sucias paredes, sarrosos hierros de puertas y tuberías, cucarachas e imágenes de la "Santa Muerte". Se trata del interno con más antigüedad en la zona o peligrosidad, es quien da o quita permisos.
Con Edwin no era nada maternal, al contrario, le exigía vender entre los pasillos papel arroz para hacer carrujos de mariguana sin que recibiera pago alguno. También debía darle 15 pesos a la semana a cambio de ver su televisión.
Como él, a gritos, varios ofrecen "la motaaaa, la tachaaaa, la piedraaaa", tal y como si fuera tianguis. Lo hacen hasta en las estancias destinadas para recibir visita. Nadie les dice nada.
De día prefería estar en el patio, fumando un cigarro de mariguana de cinco pesos. "No me sentía preso sino hasta regresar a la celda, con varios cábulas que no acostumbran bañarse, que todo les apesta y que tenían unos piojos blancos (escabiasis) en el cuerpo y ronchas".