Unánimes, los ministros de la Corte han reventado la ley de medios, sin mostrar gozo alguno en su trabajo de juzgar el asunto más complejo de los últimos tiempos.
Acorazados en una solemnidad a prueba de aplausos y otras formas de júbilo, que motivan su ejercicio de poder en el salón del pleno, salen del recinto sin agobio ni preocupación.
Van ligeros. Como tribunal constitucional, casi acaban la tarea de decidir qué es del Estado en radiodifusión y telecomunicaciones.
Acaso llevan aún el mal sabor de boca de la crispación mutua, por un debate insólito para los extraños: el lunes y hoy martes han discutido largo y tendido, con fuerza y sin sutilezas, el enfoque de la argumentación jurídica contra preceptos "expulsados del orden jurídico nacional", que son básicos.
Ahí asoma lo que ofreció Salvador Aguirre Anguiano, al abrirse el juicio: sabrán de qué estamos hechos los ministros de la Corte, dijo. Allá van los titanes del Estado, sistemáticos, disciplinados en cumplir su agenda de trabajo, con su nueva experiencia de discutir "en vivo" lo que por siempre fue privado.
-¡Qué gran Corte! -exclama el ex senador Javier Corral, al cierre de la sesión, al ver satisfecha la parte medular de la acción de inconstitucionalidad contra la ley de medios.
Los compañeros de causa -Dulce María Sauri, Manuel Bartlett, Noemí Guzmán, Raymundo Cárdenas, Denis Dresser- aplauden y sus palmas profanan el ceremonial de la Corte. ¡Está prohibido aplaudir!
Se sienten vencedores en el juicio. Se abrazan, dan palmadas a su gente, apretones de manos. Miran el escenario en el que los titanes de la justicia, con convicción, han dicho una y otra vez: "¡Inconstitucional!"
-No es tan sencillo -explicaba en una de las discusiones Mariano Azuela, el conciliador de pasiones de la Corte. "A todos nos han seguido llegando documentos". Daba acuse de recibo de presiones: "en lenguaje televisivo revela que nuestro ´raiting´ no ha estado tan mal".
Los duendes de la Corte han hecho de las suyas en los papeles del presidente Guillermo Ortiz Mayagoitia. En el debate que acabará con la figura de concesiones por subasta, reporta: "tengo una nota que la verdad no sé ni de quién proviene, en la que se asienta esto..."
Cada uno va armado con sus ponencias. Dialogan una hora para limar asperezas y reventar, primero, las concesiones al mejor postor. Acaban crispados, sin el gozo del que ejerce un poder supremo. Es que desechan el trabajo de otro poder, el Legislativo, por inconstitucional.
Entran a una revisión crítica, agria, de 55 minutos; exhiben rastros sucios de la operación en San Lázaro. Acaban 8 a 1 con las concesiones por 20 años. Margarita Luna, el voto solitario, pierde los recursos del encanto personal, y rebate al grupo: "con la pena, no veo que viole la Constitución".
A las 12:40, Genaro Góngora expone en favor de la rectoría del Estado en un artículo 28 que "prohija negocios de concesionarios". Y así empieza la cuenta regresiva a la demolición de la ley de medios.
Ocupan 45 minutos en un diferendo de enfoques, no en el sentido de la ponencia de Salvador Aguirre, a quien le han elogiado tanto el proyecto de sentencia, que suena a muelle de tensiones, a diplomacia judicial que a ratos se ha desgastado.
Parecen embebidos en los renglones de la Constitución. Revientan el corazón de la ley de medios; parecen ajenos a los intereses en juego y a los traviesos duendes que deambulan en los pasillos de la Corte.